Dignidad en la derrota

Complicada papeleta la que se presenta a los mandamases de Dreamworks Animation Studios, con Jeffrey Katzenberg a la cabeza, de cara a los años venideros. Si a principios de la década pasada los éxitos en taquilla —y el consecuente efecto halo— acercaban a la compañía al listón impuesto por esa fábrica de sueños digitales que responde al nombre de Pixar Animation Studios, hoy en día la consecución de tamaño logro se antoja una entelequia. ¿Razones de tal estado de cosas? Básicamente una, con nombre y apellidos: Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), esa incontestable obra maestra del cine de animación que, entre otras virtudes, ha conseguido desprenderse por sus propios méritos de la pesada losa del anclaje genérico para acceder al merecido reconocimiento crítico. Pocos dudamos a estas alturas que se trata de una de las mejores películas vistas en lo que llevamos de milenio, estatus al que no es ajena la exquisita depuración a que somete las constantes temáticas y estéticas de sus predecesoras —no sólo de la saga Toy Story— ofreciendo a niños y adultos una experiencia fílmico-emocional inolvidable.

Si bien los múltiples hallazgos de Toy Story 3 y, sin ir más lejos Los Increíbles (The Incredibles. Brad Bird, 2004) o Wall·E (Andrew Stanton, 2008) están llamados a pervivir, en el otro lado del cuadrilátero triunfa lo coyuntural; resulta evidente que el éxito comercial —que no creativo— de producciones como Shrek (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2000) o Madagascar (Eric Darnell y Tom McGrath, 2005) y sus respectivas secuelas se nutre de la apelación sistemática al acervo contemporáneo para ofrecer, convenientemente digeridos, una incontenible sucesión de guiños posmodernos que, con independencia de lo divertidos o estimulantes que puedan resultar, no consiguen sino restar significancia propia al conjunto. ¿Qué hubiera sido de Hormigaz (Antz. Eric Darnell y Tim Johnson, 1998) sin ese neurótico insecto con el gesto y voz de Woody Allen? ¿Tendría Shrek razón de ser sin la inclusión de unas cuantas canciones pop-rock y la proverbial mala baba contra los cuentos de hadas versión Walt Disney? No es que las producciones Pixar rehuyan la identificación cómplice con el espectador, por descontado, pero sus responsables creativos han sabido apostar igualmente por un ajustado diseño de personajes lo que, sumado a la milimétrica progresión narrativa, ha propiciado la aparición de una serie de títulos con entidad propia, más allá de la concatenación de chistes fáciles y estereotipos reconocibles por el gran público.

Haciendo de la necesidad virtud, Kung-Fu Panda (Mark Osborne y John Stevenson, 2008)  supone una cierta renovación del esquema Dreamworks, mirando de reojo los logros del rival: a la consabida sucesión de gags marca de la casa se añade una trama sencilla pero ciertamente eficaz, realzada por el esmero con que se homenajean las convenciones del cine de artes marciales a partir de las exitosas revisitaciones de Ang Lee y Zhang Yimou. La belleza de los escenarios chinos recreados, sumada a la evocadora B.S.O. de Hans Zimmer y John Powell terminaron de redondear una película correcta y bastante disfrutable sin necesidad de dejarse hasta la última neurona por el camino; si a ello sumamos los pingües beneficios en taquilla, no es de extrañar que transcurridos apenas tres años de su estreno nos llegue la segunda parte, partiendo de los mismos mimbres pero reduciendo a la mínima expresión lo poco de novedoso y fresco que pudiera aportar su predecesora. Pese al cambio a los mandos de la nave, Kung Fu Panda 2 (Jennifer Yuh Nelson, 2011) es más de lo mismo, pero considerablemente más autocomplaciente, y estruendoso.

A fin de cuentas, ¿para qué birlar en corral ajeno si tienes el tuyo bien nutrido? Plenamente conscientes de contar con un filón, los responsables del filme se afanan en profundizar en la mitología del personaje, abundando en sus orígenes de cara a propiciar la lagrimita del respetable y dejar la puerta abierta, como el que no quiere la cosa, a una más que probable tercera parte. El problema de esta decisión es que otorga excesivo protagonismo a Po (Jack Black) —cargante como el que más—, convirtiendo al resto de personajes en meros comparsas, con la relativa excepción de Lord Shen (Gary Oldman), el entonado villano de inevitable acento british. Por lo demás aceptación incondicional a las reglas no escritas de la secuela al uso: más personajes, más acción, más payasadas… todo ello cansinamente formulario e intrascendente. Por más que se agradezca el esfuerzo de dotar al conjunto de un tibio espesor dramático, así como de recuperar esa vena orientalista que insuflaba poesía a determinados pasajes del original, Kung Fu Panda 2 no trasciende a la postre su condición de fast-food veraniego, avance de los muchos que vendrán en los próximos meses; entretenidos —esperemos— de ver, fáciles de olvidar.