Algo que recordar

El agradecimiento a Miranda July en los títulos finales no parece casual en absoluto. Beginners está emocional, estéticamente, emparentado con Tú, yo y todos los demás (Me and You and Everyone we Know, M. July, 2005). Como lo están ambas con (500) días juntos (500 Days of Summer, M. Webb, 2009). No se trata de películas al uso. No estamos ante comedias deplorablemente replicantes del clasicismo ni tampoco ante las comedias gamberras y juveniles de las dos últimas décadas. Las tres películas citadas se basan en un humor inteligente, sutil, que no renuncia al gag visual pero que tienen en su eje la mirada, entre cómplice y distante, entre complaciente e irónica, del autor para con sus personajes. Sería esta contradictoria mezcla de distanciamiento y proximidad un punto en común con otros dos autores que también cuidan sus personajes (aunque salpiquen más a menudo sus historias de humor visual y algo de sal gruesa) Michel Gondry y Wes Anderson.

Pero no es ésta la única conexión entre ellas. Las películas de July y Webb, como la de Mills, tienen su armazón en el montaje. Unas y otras saltan en el tiempo y en el espacio, no como un recurso de moda, sino para evidenciar la relación bidireccional y continua entre el pasado y el presente de los personajes. Oliver (Ewan McGregor) rememora continuamente su infancia porque ésta es la causa de su pesar. La soledad que vivió en casa de sus padres le sigue aprisionando y le impide consolidar las relaciones. El estatus sexual adquirido por su padre (Christopher Plummer) no es pues la causa de sus males. Al contrario, es el reflejo de que otros (¿todos?) pueden cambiar, algo que él no consigue, y, por ello, el detonante de su desazón. El septuagenario consigue un cambio vital del que él es incapaz. Consecuentemente, las imágenes de su infancia, las reflexiones sobre lo vivido en su familia, por su familia, no son meros flashbacks explicativos o coyunturales sino que constituyen la esencia misma de un pensamiento que oscila entre la melancolía, la autocompasión y una débil voluntad de cambio.

La cinta cuenta con un muy hábil montaje que recoge la sentida historia de Mills, utilizando postales, fotografías de época e imágenes cinematográficas (reportajes, documentales y algún largometraje de ficción) para establecer estos puentes y los correspondientes contrastes entre el mundo que fue y el que habita Oliver, entre aquello que no puede regresar y aquello que parece vivir todavía en él. Nada gratuíto y presentado con tanta brillantez como con naturalidad, integrando las aparentes digresiones en un todo que es la vida de Oliver, sus constantes vitales. Todo ello para contar una historia parcialmente inspirada en la realidad y de la cual no conoceremos el final. Si bien se nos repite que tiene lugar en 2003 no hay apostilla alguna o apéndice que permita saber cómo acabó la historia de Oliver, evitando un forzado final feliz o un forzado final infeliz y manteniendo, elegantemente, una distancia prudencial con la intimidad de sus personajes.

Un apunte final. Más allá del tono de buen humor sazonado de tristeza que baña la historia, Beginners incluye escenas francas de comedia, de la fiesta de disfraces dónde el deprimido Oliver asume su papel de Freud atendiendo pacientes diversos a sus conversaciones con Arthur, su perro y confidente. Llama la atención que haya quien la valore como melodrama fallido. Esta plausible dualidad genérica (aunque queda claro que me inclino por la opción de la comedia), definiría un género o subgénero específico. Género que incluiría títulos como Beginners y el conjunto de cintas citadas y cuyo referente sería un clásico, citado en antologías de ambos géneros, que no es otro que la segunda versión de Tú y yo (An Affair to Remember, L. McCarey, 1957), tal vez piedra de toque de un subgénero que ya trabajaran Lubitsch o Leisen… Aunque quizá esa sea otra historia y estamos yendo demasiado lejos.