Un funcionario para la eternidad

La tensión entre las dos corrientes salvajes que campan en la China de hoy, nacionalismo y capitalismo, afloró en verano de 2007, cuando el Starbucks de la Ciudad Prohibida fue sustituido por un café tradicional como consecuencia de las protestas populares en contra. Nada nuevo en el horizonte identitario chino: el ideal nacionalista ya había vivido su primera contradicción en el instante de su nacimiento, un 1919 en que el Movimiento del 4 de Mayo, opuesto al tradicionalismo, encendió las calles de Pekín reclamando la devolución de Shandong, provincia cedida por Alemania a Japón —por mor del Tratado de Versalles— a la cual pertenecía Qufu… la ciudad natal de Confucio.

A diferencia de entonces, la actual amortización de las raíces culturales se integra en un esquema sociopolítico en matrioska que comienza en el tablero de poderes globales, donde Occidente ha hincado una rodilla en Asia y aún está por postrarse o quedarse en estatua de Rodin. Para sostener el statu quo, a nivel económico se despliegan las reformas liberales que China requiere para competir en los mercados, provocando a su vez un centrifugado ideológico a escala local basado en un nacionalismo de vocación vertebradora, tanto en el tiempo —extender un puente entre Deng y los Juegos Olímpicos sin pasar por Tiananmen— como en el espacio —la diáspora china, incluidos Taiwán y la cabeza de puente africana. Por último, sustentando esta capa se hallan manifestaciones culturales, una vez más, tradicionalistas y contradictorias, entre las cuales no es una excepción la película que nos ocupa, nueva exaltación meramente icónica del confucianismo.

Por todo ello no es azarosa la analogía entre la reivindicación en nuestra coyuntura del más influyente pensador chino y la que se relata en la propia Confucio, en la cual las autoridades de Lu reclaman la vuelta del maestro desde su exilio con el fin de proteger al reino de sus enemigos. La primera trata de zanjar la deriva identitaria reflejada por un corpus cinematográfico que, exceptuando una versión de Fei Mu de 1940 desaparecida hasta hace unos años, no gozaba de una actualización iconográfica del personaje comparable a la que Hollywood ha brindado a Cristo; el comeback en la ficción, por otro lado, detrae de su figura el pensamiento para quedarse con el símbolo, en pos de la victoria de la imagen que persigue todo nacionalismo. Pero ¿qué puede aportar al imaginario moderno, cimentado sobre píxeles, un hombre que ni murió ni resucitó por sus ideas?

El ostracismo de la indiferencia al que fue sometido el sabio por sus coetáneos incomoda claramente a la directora Hu Mei, deviniendo un lastre mal calculado para el espectáculo de aventuras e intrigas en que pretende engarzarlo. Formada en la televisión, explicita su incapacidad para la síntesis en los recurrentes fundidos en negro o el abuso de rótulos explicativos, intentos de compresión de una historia cuyo héroe central, paradójicamente, parece no merecerle tanta atención, descartando el biopic en favor de un panegírico inspirado en dudosas conquistas. El pensamiento de Confucio ha calado en la humanidad y moldeado sociedades enteras hasta nuestros días; sin embargo, se ha documentado inoperante en los albores de la era de Reinos Combatientes, en los que el maestro ejerció diferentes cargos públicos sin brillo comparable a su legado. Un lustre que ahora tampoco imprimen panorámicas de multitudes, ciberpaisajes tolkienianos o estrellas como Zhou Xun, desaparecida entre los pliegues de la trama.

Únicamente un entregado Chow Yun-fat se apercibe de la desconexión entre su personaje y las convenciones visuales articuladas en torno a él, o en otras palabras, de que ni el inabarcable pensamiento ni la modesta andadura vital de Confucio constituyen una materia cinematográfica adecuada. Pese al empeño en mostrar la vida interior que acuñó el rén y otros bellos principios, sus esfuerzos interpretativos son boicoteados por una cámara orgullosa, empeñada en distanciarse del hombre para inscribir una Leyenda imprimible en DVDs piratas. La escena en que comparte un cuenco de caldo para caballos con sus discípulos hambrientos, donde la emoción de los primeros planos cede abruptamente al discurso del encuadre cenital, ilustra la visión del Hombre Superior con cabida en la China de hoy: un funcionario ejemplar dispuesto a significar cada uno de sus actos al servicio de la patria, movido por unas creencias respetables en tanto que inefables.

Tal imagen, como decíamos, no puede equipararse a un triunfo, sino a la reafirmación —ya perceptible en Red Cliff (John Woo, 2008) o Assembly (Feng Xiaogang, 2007)— de un nacionalismo cada vez más independiente del PCC y asumible a ambos lados del Estrecho de Taiwán, acaso dique de contención de la xenofobia implícita en las recientes andanzas de Chen Zhen y otras miserias cinematográficas. Un metabolismo ideológico que concluirá el día en que los 1300 millones de ciudadanos chinos alcancen el nivel de renta suficiente para ver Avatar en 3D.

 

 

 

 

 

 

a tensión entre las dos corrientes salvajes que campan en la China de hoy, nacionalismo y capitalismo, afloró en verano de 2007, cuando el Starbucks de la Ciudad Prohibida fue sustituido por un café tradicional como consecuencia de las protestas populares en contra. Nada nuevo en el horizonte identitario chino: el ideal nacionalista ya había vivido su primera contradicción en el instante de su nacimiento, un 1919 en que el Movimiento del 4 de Mayo, opuesto al tradicionalismo, encendió las calles de Pekín reclamando la devolución de Shandong, provincia cedida por Alemania a Japón —por mor del Tratado de Versalles— a la cual pertenecía Qufu… la ciudad natal de Confucio.

A diferencia de entonces, la actual amortización de las raíces culturales se integra en un esquema sociopolítico en matrioska que comienza en el tablero de poderes globales, donde Occidente ha hincado una rodilla en Asia y aún está por postrarse o quedarse en estatua de Rodin. Para sostener el statu quo, a nivel económico se despliegan las reformas liberales que China requiere para competir en los mercados, provocando a su vez un centrifugado ideológico a escala local basado en un nacionalismo de vocación vertebradora, tanto en el tiempo —extender un puente entre Deng y los Juegos Olímpicos sin pasar por Tiananmen— como en el espacio —la diáspora china, incluidos Taiwán y la cabeza de puente africana. Por último, sustentando esta capa se hallan manifestaciones culturales, una vez más, tradicionalistas y contradictorias, entre las cuales no es una excepción la película que nos ocupa, nueva exaltación meramente icónica del confucianismo.

Por todo ello no es azarosa la analogía entre la reivindicación en nuestra coyuntura del más influyente pensador chino y la que se relata en la propia Confucio, en la cual las autoridades de Lu reclaman la vuelta del maestro desde su exilio con el fin de proteger al reino de sus enemigos. La primera trata de zanjar la deriva identitaria reflejada por un corpus cinematográfico que, exceptuando una versión de Fei Mu de 1940 desaparecida hasta hace unos años, no gozaba de una actualización iconográfica del personaje comparable a la que Hollywood ha brindado a Cristo; el comeback en la ficción, por otro lado, detrae de su figura el pensamiento para quedarse con el símbolo, en pos de la victoria de la imagen que persigue todo nacionalismo. Pero ¿qué puede aportar al imaginario moderno, cimentado sobre píxeles, un hombre que ni murió ni resucitó por sus ideas?

El ostracismo de la indiferencia al que fue sometido el sabio por sus coetáneos incomoda claramente a la directora Hu Mei, deviniendo un lastre mal calculado para el espectáculo de aventuras e intrigas en que pretende engarzarlo. Formada en la televisión, explicita su incapacidad para la síntesis en los recurrentes fundidos en negro o el abuso de rótulos explicativos, intentos de compresión de una historia cuyo héroe central, paradójicamente, parece no merecerle tanta atención, descartando el biopic en favor de un panegírico inspirado en dudosas conquistas. El pensamiento de Confucio ha calado en la humanidad y moldeado sociedades enteras hasta nuestros días; sin embargo, se ha documentado inoperante en los albores de la era de Reinos Combatientes, en los que el maestro ejerció diferentes cargos públicos sin brillo comparable a su legado. Un lustre que ahora tampoco imprimen panorámicas de multitudes, ciberpaisajes tolkienianos o estrellas como Zhou Xun, desaparecida entre los pliegues de la trama.

Únicamente un entregado Chow Yun-fat se apercibe de la desconexión entre su personaje y las convenciones visuales articuladas en torno a él, o en otras palabras, de que ni el inabarcable pensamiento ni la modesta andadura vital de Confucio constituyen una materia cinematográfica adecuada. Pese al empeño en mostrar la vida interior que acuñó el rén y otros bellos principios, sus esfuerzos interpretativos son boicoteados por una cámara orgullosa, empeñada en distanciarse del hombre para inscribir una Leyenda imprimible en DVDs piratas. La escena en que comparte un cuenco de caldo para caballos con sus discípulos hambrientos, donde la emoción de los primeros planos cede abruptamente al discurso del encuadre cenital, ilustra la visión del Hombre Superior con cabida en la China de hoy: un funcionario ejemplar dispuesto a significar cada uno de sus actos al servicio de la patria, movido por unas creencias respetables en tanto que inefables.

Tal imagen, como decíamos, no puede equipararse a un triunfo, sino a la reafirmación —ya perceptible en Red Cliff (John Woo, 2008) o Assembly (Feng Xiaogang, 2007)— de un nacionalismo cada vez más independiente del PCC y asumible a ambos lados del Estrecho de Taiwán, acaso dique de contención de la xenofobia implícita en las recientes andanzas de Chen Zhen y otras miserias cinematográficas. Un metabolismo ideológico que concluirá el día en que los 1300 millones de ciudadanos chinos alcancen el nivel de renta suficiente para ver Avatar en 3D.