Mientras buscaba los horarios del cine en internet vi un título que se refería a Capitán América como “Tremendo entretenimiento”. Creo que fue el impacto de la palabra tremendo el que me perturbó cuando empecé a repasar la película. Capitán América tiene apenas la grandilocuencia de lo tremendo, pero no es digna del respeto ni el temor que esa palabra implica. Al primer vengador, lo de vengador no le pega. Tan solo es un buen tipo que siente una imperiosa necesidad de entrar al ejército norteamericano. Es un relato de superhéroes donde el protagonista no tiene ninguna de las contradicciones que caracterizan a los mejores héroes de Marvel: el Capitán no se mueve ni en la oscuridad ni en la luz de esa contradicciones, no se debate entre el desafío o la vocación de ser un héroe, no tiene ninguna de las dudas que han convertido a los cómic de héroes en la mitología de nuestro tiempo.

La historieta de superhéroes es desde hace más de medio siglo el lugar donde se concentran y se expresan los miedos, los valores, la incerteza de las certezas humanas.

En este sentido Capitán América queda lejos de Thor (Kenneth Branagh, 2011). Prolija y ambiciosa, en la aventura de Thor —el héroe cuyo ego le impedía suceder a su padre—  la lucha contra uno mismo es el más duro de los obstáculos.

Thor —dirigida por un británico—, no tiene esa moral patriótica que hace que a Capitán América no sólo le falte vida —más allá del suero mágico que engrosa al protagonista— sino que también le sobre la dosis edulcorada de estrellitas y rayas rojas y blancas.

Lineal, aburrida. Estéticamente impecable, pero, ¿qué es la estética sin ética? O mejor dicho ¿cuál es el valor de la estética cuando enmascara una ética particular y la muestra como si fuera universal?

La relación de los héroes de Marvel con las instituciones, con los mortales, con el mundo en general es interesante porque es compleja. Porque asume que el bien no tiene una sola cara, que las sombras no son siempre oscuras.

Capitán América es un personaje bueno y nada más. Thor, aprende las dificultades de la compasión como una poderosa herramienta para cuestionar nuestro propio modo de mirar. Y si el cine, y sobre todo aquel que reescribe el cómic, no bucea siquiera en las dualidades de esta apertura, se termina pareciendo a un juego estético del que te olvidás con tan sólo evocarlo.