Fuego

Concluido el pase para los medios de esta nueva aproximación a la obra magna de Robert E. Howard, un asistente le recriminaba a otro insatisfecho con lo que habíamos visto: “¿Qué te esperabas? Conan es… Conan”.

El razonamiento, por así llamarlo, es indicativo de la pereza con que suelen analizarse las creaciones de apariencia sencilla. Un personaje que acumula setenta años de aventuras comercializadas por la industria cultural en todas las expresiones imaginables —literatura, cine, cómic, televisión, juegos de rol y consola— nunca ha sido el mismo. Si algo ha demostrado el guerrero cimmerio es su flexibilidad adaptativa. Por mucho que los prejuicios o la simple ignorancia hayan hecho de él caricatura: un gorila con el espadón fálico en ristre.

Quien haya leído los relatos originales, estará de acuerdo con L. Sprague de Camp cuando definía al Conan de Howard como «una combinación de Hércules, Simbad y Agente de la Continental», que, en las páginas de Weird Tales, adquirió un aire fauve merced a las ilustraciones de Hugh Rankin. Un bárbaro muy diferente al protagonista de la monolítica epopeya audiovisual orquestada en 1982 por John Milius, Arnold Schwarzenegger y Basil Poledouris con El crepúsculo de los ídolos y El anillo del nibelungo como referentes; o al guerrero pueril perfilado dos años después también para la gran pantalla por Richard Fleischer y por los guionistas Gerry Conway y Roy Thomas, incapaces de reeditar su magnífica labor previa en Marvel Comics.

Adentrarnos en las viñetas nos obligaría a distinguir entre el Conan clásico y primario dibujado para la Casa de las Ideas por Ernie Chan, el ornamental a cargo de Barry Windsor Smith o el realista de John Buscema. Y a este último debemos remitirnos para comprender lo que ha tratado de hacer en la película que nos ocupa el director Marcus Nispel.

El libreto de Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer y Sean Hood —orfebres juntos o por separado de bisutería genérica como Halloween: Resurrection (íd. Rick Rosenthal, 2002), El sonido del trueno (A Sound of Thunder. Peter Hyams, 2005) y Dylan Dog: Los muertos de la noche (Dylan Dog: Dead of Night. Kevin Munroe, 2010)— está poco interesado de por sí en trazar una narración fluida, lineal. Prefiere articular una serie de estampas desenvueltas y comprensivas de la Era Hiboria soñada por Howard, que habitan sin fanfarrias un Conan que se da por satisfecho con «vivir, amar y matar» y un maléfico señor de la guerra cuyas hechicerías tienen por objetivo no tanto el dominio del mundo como la resurrección de la mujer amada.

Es una visión hasta cierto punto naturalista, que sigue la estela de otros reboots recientes y que Nispel subraya con una puesta en escena a ras del suelo, literal y metafóricamente: el pictorialismo romántico queda limitado a los planos generales y de transición; las setpieces (el asalto al carruaje, la lucha contra el guardián tentacular de las mazmorras) están lejos de propiciar un hálito aventurero debido a su pedestre concreción formal; se renuncia casi por completo a los argumentos mitológicos y sobrenaturales y a los efectos digitales ostentosos…

Como heroic fantasy, registro que sobrevive en el Hollywood de hoy camuflado bajo los ropajes más sofisticados de la épica histórica o mitológica, la película puede llegar a decepcionar. Y más teniendo en cuenta que Nispel —como señalaron en su momento Antonio José Navarro y Roberto Alcover Oti— hizo profesión de fe estética en el género con El guía del desfiladero (Pathfinder. 2007); su realización más inspirada y, probablemente, la causa de su elección a la hora de resucitar a un Conan que, sin embargo, ha resultado tener demasiado en común con productos insípidos y políticamente correctos como El rey escorpión (The Scorpion King. Chuck Russell, 2002) o Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Prince of Persia: The Sands of Time. Mike Newell, 2010).

Pese a todo, no estamos ante una lectura desechable del personaje. El actor Jason Momoa presta al bárbaro una mirada maliciosa y al tiempo melancólica con la que se identificarán espectadores asfixiados por la cotidianeidad: aunque su padre señale a Conan que para forjar una espada —un carácter— indestructible son precisos tanto el fuego como el hielo, el coraje como el cálculo, si algo caracteriza al joven es su recurso espontáneo, impetuoso, al fuego; su propensión a abordar el peligro de frente, delatando con sus actos decididos la inconsistencia ética e ideológica de los escenarios colectivos que transita.

En una época como la nuestra, que asiste a su podredumbre con cada cual atrincherado en la pose que más conviene a su beatificación y a la demonización de quien no comparte las imposturas intelectuales y materiales de su tribu, este último Conan confirma la vigencia subversiva del arquetipo individualista, tan caro a su creador: «No sé si mis logros pueden considerarse pocos o muchos. Pero no deben nada a nadie. Son el fruto único y exclusivo de mi esfuerzo» (Robert E. Howard).