El primate perfecto

1 El pasado 1 de agosto, tras salir del pase de prensa de El origen del planeta de los simios decidí rastrear con precisión aquellas crónicas que en un periódico cualquiera recogiesen la existencia de conflictos relacionales, problemáticas sociales en torno al rencor proyectado hacia la figura del Otro. En el diario El País de aquella fecha, hallé no sin problemas que la gran mayoría de noticias, en particular las que revestían mayor gravedad, giraban alrededor de la dificultad del ser humano para controlar su angustia comunicacional. Desde lo habitual —«el régimen sirio mata a un centenar de civiles en Hana (portada)»— pasando por lo ajeno —«brotes de violencia en la región de Xinjiang» (pág. 7) —, y terminando en lo propio —«la izquierda abertzale contagia su radicalidad a los integrantes de Bildu» (pág. 9); «la pedanía almeriense (…) se mantiene en vilo tras el triple asesinato de una misma familia.» (pág. 14)—, dichas crónicas resumen la impotencia generada en el ser humano para sanar su herida narcisista, una neurosis que ha encontrado en la expansión de la diversidad cultural el caldo de cultivo idóneo para su radicalización.

De algún modo, El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) plantea la toma de conciencia del ser humano de sus propias limitaciones, así como entronca con ese sentimiento de fracaso ante la sensación de que no somos únicos, simplemente estamos ahí, completando algo mayor. En efecto, el horror del narcisista cuando es desplazado desde su posición falocéntrica. Como buena obra distópica, es el recorrido desde el rencor, el orgullo desmedido, la arrogancia y la vanidad, hacia el dolor, la tristeza, el desengaño, la pérdida por el exceso. Así fue tomando forma toda una saga que se permitió el lujo de desplazar al ser humano a los márgenes sociales, señalándolo como culpable y castigándolo por ello, siendo superado por el ser que más se le asemeja, el mono. La saga de los simios destacó por la iniciativa a la hora de explorar una tímida segunda oportunidad tras el fracaso evolutivo de la raza humana.

2 El origen del planeta de los simios es también una obra que se sustenta sobre el concepto de fracaso. Y se hace mayor con más dignidad de lo esperado, pese a su concepción de humilde reboot parido desde el sótano de los estudios. Como señaló Tonio L. Alarcón desde las páginas de Imágenes de Actualidad, el remake orquestado en 2001 por Tim Burton era tan sumamente personal que solo cabía ofrecerle al propio Burton la secuela del mismo. Así, los ejecutivos de la Fox prefirieron devolver el material al trastero para insuflarle nuevamente de vida y asegurarse otra resurrección. En este sentido, la película dirigida por Rupert Wyatt cumple a la perfección dicho cometido. Es un artefacto mainstream que se mueve, como es habitual, en la tensión entre lo que es, lo que quiere ser, y lo que tiene que ser. Pero siempre sabe ocupar su lugar alcanzando un esforzado equilibrio entre dichas variables, aunque sea a costa de disimular sus apuntes más subversivos.

Podría decirse que nos encontramos ante la síntesis del buen cine comercial, aquel que sabe desplazarse entre lo íntimo y lo público, entre lo minimalista y lo maximalista; que se conduce desde la revolución interior a la catarsis exterior; que sabe emocionar y al mismo tiempo provocar el impacto. Durante su primera hora, El origen del planeta de los simios podría definirse como una obra de cámara, pequeña, emotiva, cotidiana, donde tres generaciones de hombres (abuelo-padre-hijo) convergen en un espacio común e intentan estrechar los lazos afectivos que les unen. Argumentalmente gira alrededor de otra figura trágica, un científico que arranca mad doctor y termina en activista concienciado, y el film bascula entre la epopeya íntima y la rebelión social orquestada por un primate que quiere ocupar el sitio que su intelecto le concede. La película maneja ingredientes de gran potencial —los peligros de la ingeniería genética, los límites del ser humano, el fin evolutivo de una raza que se ve reflejada en su versión anterior, su bifurcación narrativa que es ocupada por un ser virtual—, pero parece empeñarse en no exigirse demasiado a sí misma, si bien su realizador organiza el material con eficacia ofreciendo un espectáculo muy bien urdido.

3 A diferencia de los largometrajes que conformaron el resto de la saga de los primates, a El origen del planeta de los simios le cuesta supurar la bilis que sus meandros argumentales parecen sugerir. Sus imágenes son tan concretas que no dejan hueco para más lecturas que las que aquellas poseen por sí mismas: un drama familiar con ecos del mito de Frankenstein —la creación de una criatura, potenciada artificialmente, que reclama su lugar en el mundo y se rebela contra su creador—, guiños al cine carcelario insuflado de épica a lo Espartaco —el mono César erigiéndose como portavoz de la contienda libertaria— ; y las fantasías apocalípticas de destrucción de una comunidad —la ciudad de San Francisco y el Golden Gate convertidos en improvisados escenarios de batalla que enfrenta a simios y a humanos—. No es tan rematadamente pulp como Regreso al planeta de los simios (Beneath the Planet of the Apes, Ted Post, 1970), ni tan transgresora como Huida del planeta de los simios (Escape from the Planet of the Apes, Don Taylor, 1971) o La rebelión de los simios (Conquest of the Planet of the Apes, J. Lee Thompson, 1972) —con la que posee más puntos en común—, pero tampoco tan trash como Batalla por el planeta de los simios (Battle for the Planet of the Apes, J. Lee Thompson, 1973). Ni siquiera (y se agradece) pretende convocar de forma persistente la autoría como lo hacía El planeta de los simios (Planet of the Apes, Tim Burton, 2001), lo que la convierte contrapronóstico en la película más equilibrada de la saga. Pero tampoco conviene reclamarle demasiado, quizás porque El origen del planeta de los simios puede traducirse, simple y llanamente, en el apañado resurgir de una saga del que lo mejor que se puede decir es que no hay nada precisamente negativo que destacar.