Superhéroes de banquillo

Asumiendo que la inapelable lógica del dólar determina concentrar en el verano cinematográfico el grueso de los blockbusters anuales —supone uno que por el convencimiento de las mentes pensantes de Hollywood de que es en estas calurosas fechas cuando los espectadores se muestran más proclives a pasar un par de horas agradables frente a una pantalla de cine— lo que ya no parece tan sensato es saturar al respetable con varios títulos de temática digamos equiparable, toda vez que la inversión económica de partida es, no ahorremos epítetos, descomunal, y descomunal por tanto, más unos cientos de millones de dólares añadidos, ha de ser la recaudación mundial para cuadrar la cuenta de resultados. Llegados a este punto conviene recordar a los más ingenuos que en la gran industria cinematográfica, que de fomento cultural tiene de poco a nada, lo que importa es ganar cuanto más dinero mejor, y si por estas cosas que pasan el producto resultante presenta además la cantidad justa de calidad artística, miel sobre hojuelas.

Linterna verde (Green Lantern. Martin Campbell, 2011) llega a nuestras multisalas precedida por los sucesivos estrenos de Thor (Kenneth Branagh, 2011) y X-Men: Primera generación (X-Men: First Class. Matthew Vaughn, 2011), circunstancia que sumada al hecho de ser una adaptación cinematográfica de un superhéroe clase B —opacado por el brillo de las dos radiantes luminarias de la editorial DC Comics, Batman y Superman— no ayuda, precisamente, a mitigar su condición de mero sparring para la inminente Capitán América: el primer Vengador (Captain America: The First Avenger. Joe Johnston, 2011), que según todos los pronósticos será la que termine con lo que queda del pastel. Así las cosas, ¿existe alguna razón que justifique pagar religiosamente el precio de la entrada para seguir las correrías interplanetarias del justiciero cósmico encarnado por Ryan Reynolds? Ante todo, que la película resulta moderadamente entretenida, posibilitando durante parte de su metraje generosas dosis de esa sana evasión tan difícil de disfrutar hoy día, pese a ser el objetivo principal de decenas de filmes que se valen de este anhelo tan humano  para (tratar de) arrasar en taquilla.

El principal acierto de Linterna Verde lo constituye, a este respecto, su convincente recreación de la cosmogonía desarrollada en el cómic original, convirtiendo al lejano planeta Oa en el centro mismo del Universo, morada de una demiurgica raza de inmortales denominados los Guardianes que son los que rigen los designios de los millones de planetas conocidos. Como ya pasara en Thor, la visualización de otros mundos imaginarios posibilita el lucimiento de los departamentos de efectos visuales y diseño de producción, devolviéndonos la verdadera significancia del CGI, que no es otra que la generación de esos entornos virtuales —así como de las criaturas que los habitan— que sólo existen en la mente y los sueños de sus creadores. Y permitiéndonos dejar volar nuestra imaginación mientras transitamos por escenarios de claro regusto psicodélico, pletóricos de colorido, mientras asistimos a la inevitable iniciación del Héroe, pues hay que presentarlo debidamente para que después surja un conflicto cuya resolución implique la consabida lección moral. Si el continente de Green Lantern resulta ciertamente estimulante, su contenido acumula todos y cada uno de los manidos tópicos del subgénero, con una autoindulgencia digna de mejor causa.

No me cebaré en el demencial guión escrito a x manos, que por lo demás se pliega totalmente a esa temible norma según la cual cuantas más tramas y subtramas se incluyan más fácil resulta captar la atención del espectador, pese a su nulo desarrollo dramático. Tampoco tiene mucho sentido extenderse en la poco estimulante pareja Reynolds-Lively, no precisamente sobrados de química y carisma, o en el escaso peso del nutrido plantel de secundarios de carácter. Todo ello forma parte del abc del producto de consumo masivo, y es lo que desgraciadamente cabe esperar. Menos mal que para paliar en lo posible tanto desatino la dirección recae en uno de esos profesionales que conoce perfectamente el terreno que pisa; Martin Campbell vuelve a demostrar que aun quedan cineastas que a la hora de rodar secuencias de acción no confunden velocidad con mareo, planificando durante el rodaje lo que luego otros arreglan, tarde y mal, en la mesa del montaje. Ni más ni menos que esa añorada figura antaño despachada con la (despectiva) etiqueta de artesano, y que el moderno cine del estruendo necesita imperiosamente para no colmar definitivamente nuestra paciencia.