Horror en el hipermercado

1 Cada vez que una serie plantea una secuela, un reboot o cualquier clase de variación sobre sus códigos, se impone la cuestión económica como motivo para analizar la obra. No en vano, son producto directo de un tejido industrial preocupado fundamentalmente por el consumo, sobre todo, en lo que respecta al cine fantástico y de terror adolescente. Basta con acudir a Saw (2004-2010) para observar lo rápido que se cuece cada nuevo jalón, teniendo siempre en mente la fecha de estreno del año próximo. Esta clase de circunstancias contribuyen a diluir el potencial crítico —y también torpe y deslavazado, pero crítico— que, como objetos culturales de nuestro tiempo, puedan albergar, dejando en anecdóticas la curiosa diatriba contra la sociedad de crédito y caución, seguros de vida y techo de bienestar que emprende Saw 6 (Kevin Greutert, 2009), o el impacto que está tomando el gore en su ambición por traspasar cualquier límite de la imagen.

Destino final (2000-11) no es una excepción. De hecho, sus cuatro secuelas han difuminado la hábil relectura original del slasher —cuando, tras la reflexión posmoderna impulsada por Kevin Williamson, empezaba a dar señales de agotamiento—, a partir de la sustitución del característico psicópata por algo tan abstracto como la muerte, el destino y la causalidad, haciendo de la serie iniciada por James Wong y Glen Morgan un desfile de atrocidades que, especialmente en sus dos últimos filmes, linda con la parodia. Sin embargo, esa deriva final hacia la parodia y, por tanto, hacia la autoconsciencia no está exenta de interés, en tanto subraya una de las claves para entender la mecánica del horror teen contemporáneo: la complicidad entre creadores y público.

2 En un período en el que hay que buscar la fuerza de los monstruos clásicos en su animalización —el Michael Myers según Rob Zombie— o en nuestro interior, a raíz de la fragilidad con la que asumimos conceptos como los de identidad, comunidad, familia o estabilidad, de nada sirve conservar la fórmula del original a través de sus secuelas. El horror pierde capacidad de subversión y es la parodia, sobre todo, cuando se entremezcla con el exceso, el único espacio del que puede surgir la incomodidad. Cada nueva secuela de Saw, Destino final, Viernes 13, Piraña, etc. juega con la resistencia del espectador —sin ir más lejos, en cada secuencia de apertura— planteándole una nueva imagen, más brutal y absurda, de lo que ha visto con anterioridad, pasada por el tamiz de una historia que repite el mismo esquema. De nuevo, basta con remitirse a la espectacular carnicería que ocupa el centro de Piraña 3-D (Alexandre Aja, 2010) para entender los objetivos de este otro cine de horror.

Hay algo en las imágenes, a pesar de la vacuidad de su discurso, que produce un shock primario: no tienen medida, se atropellan unas a otras en nuestra memoria —cualquiera puede recordar con nitidez una escena de cada serie o película— y desaparecen justo cuando se anuncia el rodaje del siguiente episodio. Pero la realidad es que, lo queramos o no, apelan a un sentimiento de goce que demandamos con mayor frecuencia. Y es curioso constatar hasta qué punto es esta corriente del horror la que barre, digámoslo así, a fenómenos más eventuales como Insidious (James Wan, 2011), sobre todo, a partir de su alianza con las 3-D.

3 No creo que haya mejor forma de definir a un filme como Destino final 5 (Steven Quale, 2011) si no es a partir del puro goce. La película es un continuo tour de force en busca del efecto gore más rocambolesco, el juego con la puesta en escena de cada muerte, la delectación en cada detalle, gesto u objeto que pueda conducir al peor final imaginable para sus protagonistas, etc. Todo ello revestido de una autoreferencialidad que, por si el metacinematográfico final de Destino final 4 (The Final Destination, David R. Ellis, 2009) no había dejado claro —pues tenía lugar en una sala de cine que proyectaba un filme en 3-D—, parece delegar en nosotros, espectadores, la responsabilidad creativa de lo que se está narrando.

A falta de una variación todavía más radical —en forma de musical, involuntaria comedia romántica o película de animación—, Destino final ha cubierto todas las etapas posibles, retorciendo en este último episodio la mecánica de los twists finales que redefinen el sentido de la película. Sin embargo, y como sucedía con Saw 6, de una película tan anodina se pueden extraer interesantes lecturas: hasta qué punto el gore operará un efecto similar al del porno, abriéndose a formatos bastardos como el gonzo; cuánto tiempo durará la moda de las grandes carnicerías cuyos rasgos paródicos enmascara su relieve; y, sobre todo, cuándo empezaremos a analizar en serio el factor moral del cine de horror preparado por y para nosotros. Es, tal vez, la única reflexión de la que puede sentirse orgulloso un producto de consumo rápido como Destino final.