Historia de un policía

Hay muchas formas de dar cuenta de la madurez del thriller español. Una de ellas pasaría por hacer notar que, a la manera de otras cinematografías, hemos logrado construir una geografía propia, reconocible y, sobre todo, valiosa por la que pululan unos arquetipos propios que utilizamos para reflexionar sobre el malestar de nuestra sociedad. Otra, cuyo mejor ejemplo se encuentra en No habrá paz para los malvados, pasaría por certificar esa definitiva pérdida de la inocencia —es decir, respeto por los códigos y personajes del cine clásico norteamericano—, que nos ha obligado a convivir, a través de los mecanismos de la ficción, con los traumas más recientes de la historia de España. Y todavía quedaría una última, complementaria de las dos anteriores, que plantearía, en clave moral,  la deriva hacia una insatisfacción crónica que ha fomentado el culto al estado de bienestar, que en el cine se traduce en el sacrificio/inmolación que el policía, como referente más cercano de lo que puede constituir el perfil clásico de héroe, debe llevar a cabo para mantener intacto el velo de ignorancia que atraviesa lo cotidiano.

Como surgido de un thriller en caída libre dirigido por Phil Karlson, Urbizu presenta a Santos Trinidad como un policía al que le incomoda su disfraz. Noche cerrada en un Madrid fantasmal —lo que casi es una contradicción en los términos—, Santos camina hacia una última copa mientras Urbizu construye otro argumento en el que lo casual se confunde con lo causal. Un tiroteo, varios muertos, una pista para empezar a atar cabos y un hombre instalado en el dilema de no saber si es tan vulnerable como se piensa o tan invencible como su oficio le obliga a ser. Santos es otro personaje que vive en el claroscuro, es decir, atrapado entre el arquetipo del que el cine de Urbizu ha bebido a lo largo de los años y el personaje que empieza a expresarse en sus propios términos, entrando en contacto con su entorno, cargando sobre sus espaldas con la angustia de la sociedad a la que protege.

La historia de No habrá paz para los malvados comprende ese tránsito entre un punto y otro. Desde aquella coda repleta de cinismo e ironía que clausuraba Todo por la pasta (1991), el paisaje del thriller ha ido ennegreciéndose hasta aunar, en un mismo camino, a (anti)héroes y villanos. En La caja 507 (2002), su protagonista convierte un asunto de honor, llevar ante la ley a los culpables de la muerte de su hija, en el camino de una venganza que acaba por integrarle en ese mismo tejido de corrupción. De esta manera, lo que en 1991 todavía podía diferenciarse, apelando a la sordidez de las estructuras policiales y políticas con la que no estábamos completamente familiarizados; en la actualidad convive con nosotros.

Si hay un factor clave en géneros como el relato policial o el western, ese es la toma de decisiones que sus personajes nunca pueden eludir, porque forma parte de su naturaleza. El denominador común de los personajes secundarios de No habrá paz para los malvados reside en su habilidad para pasarse de unos a otros esa responsabilidad, como si se tratase de la estrella del Sheriff huérfana de un pecho al que engancharse. Policías judiciales, inspectores de inteligencia o antiterrorismo, todos ellos intentan aislar o minimizar el contacto con una realidad en la que, a poco que nos zambullimos, revela su aspecto más decadente. Y lo intentan porque, a diferencia de Santos, no están dispuestos a caminar por ese lado salvaje, a ver su existencia alterada para siempre, obligándoles/obligándose a desempeñar una tarea que, tarde o temprano, acabará con ellos.

En No habrá paz para los malvados, esa realidad no rehuye mostrar los signos de nuestra tragedia más reciente, esto es, los atentados del 11 de marzo cuya sombra planea alrededor de su trama. Pero hay un matiz que diferencia su tratamiento de otros enfoques llevados a cabo dentro del cine de consumo. Donde la mayoría de filmes se enfrentan frontalmente con el terror, ensayando estrategias narrativas que lo pongan eficazmente en escena; Urbizu apuesta por reflexionar sobre el miedo, sobre las transgresiones morales que nos exhorta a ejecutar, fundamentalmente, porque la mayoría de nuestros miedos primarios están conectados con nuestro instinto de supervivencia. De alguna manera, el policía al margen de la ley se ha convertido en la otra cara de nuestro instinto, es decir, en la figura que asume las responsabilidades cuando no estamos dispuestos a hacernos cargo de ellas. Santos Trinidad es esa figura temblorosa, renqueante, vulnerable, desagradable y profundamente humana a la que eternamente veremos en posición de disparo —en una extraordinaria imagen-síntesis repetida por Urbizu en dos momentos clave del filme—, de defensa, de sobrevivir (y proteger) a pesar de todo.

Junto a Crematorio (Jorge Sánchez-Cabezudo, 2011), No habrá paz para los malvados se encarga de echar cal sobre esas prometidas utopías sociales que, aunque perseveremos, siempre vemos alejarse. Ambas utilizan el cuerpo, la presencia de sus personajes principales para deconstruir el malestar de la familia y de la sociedad, respectivamente. Pero, en el caso de Urbizu, la lección más valiosa hay que localizarla en su estremecedor cierre, que manifiesta, como fiel reflejo de nuestro presente, otra de esas cláusulas que también nos gustaría eludir: nuestra convivencia con el miedo. Porque, y este es el verdadero apunte sombrío, lo terrible no sólo está en comprobar, una y otra vez, los efectos de una tragedia, sino en aceptar silenciosamente ese miedo que nos ha recordado nuestra vulnerabilidad, que nos ha robado nuestra inocencia. La clase de miedo para el que necesitamos a un héroe que nos proteja. La clase de héroe que, en su camino de autoconocimiento, nos muestra cómo están las cosas, cómo cada vez es más difícil mantener intacto el velo de la ignorancia.