La sombra de Tati es alargada

La nueva película del poco prolífico Sylvain Chomet no ha sabido (quizás no ha querido o no ha podido) zafarse de la alargada sombra de Jacques Tati. Todo lo que se puede ver en la nueva cinta del director francés ya estaba expuesto en la hasta ahora obra cumbre de su breve filmografía, aquí bautizada como Bienvenidos a Belleville (Les triplettes de Belleville, 2003). Sin embargo, la cosmovisión de Chomet y sus hechos diferenciales caen en saco roto ante la comparación (impropia e inmerecida) del universo del grandísimo Jacques Tati. Cierto es que el guión de Chomet está basado en otro inacabado de Tati; es indiscutible también que el personaje protagonista de la cinta es una versión colorista de Monsieur Hulot, para más inri llamado Tatischeff (verdadero apellido del cineasta francés);  o no menos evidente resulta el homenaje que ofrece Chomet a su antecesor cuando sumerge al protagonista de la película en una sala de cine en la que proyectan Jour de fête (Jacques Tati, 1949)… Sin embargo, Chomet ni mitifica ni se deja deslumbrar por el autor de Playtime. Chomet rinde tributo, sí; pero lo hace desde una narrativa y desde un firmamento claramente personales.

Pelicula de animación de corte clásico pero dirigida básicamente al público adulto, El ilusionista cuenta la historia de un mago francés extemporáneo que cada vez sufre más fracasos con sus espectáculos. Los años no pasan en balde, el music hall deja paso al rock’n’roll y el viejo Tatischeff no acaba de encontrar su acomodo a los nuevos tiempos. El mago acepta una propuesta de actuación en Escocia, lugar en el que acabará conociendo a una ingenua joven que verá como realidades sus cada vez más añejos juegos de ilusión.

Lo que para Tati hubiese sido un vehículo para hacer reir al espectador y un acto de reprobación hacia la sociedad en general y hacia el progreso en particular, en manos de Chomet se convierte en una disertación mucho más intelectualizada y, al contrario de lo que sucedía en Les triplettes de Belleville, probablemente con un discurso excesivamente obvio. El uso de la ilustración del progreso como fuente de miseria humana es cien por cien Tati pero también estaba presente en su anterior película (basta recordar, por poner un ejemplo, la vivienda de los protagonistas y su situación en relación a la ciudad años después). En esa misma línea, si en Les triplettes de Belleville los malvados de la función eran unos hampones de clara ascendencia neoyorquina; en El ilusionista lo perverso estará en las nuevas profesiones (publicistas a lo Donald Draper que no dudan en vejar y maltratar si eso asegura el buen funcionamiento de una campaña publicitaria).

Chomet, como ya hiciera en sus anteriores filmes de animación, se sirve de la caricatura para perfilar y caligrafiar a los personajes de la cinta. Así, deforma y exagera las situaciones, buscando más la ironía cómplice del espectador que su pronta carcajada.

Al igual que en Les triplettes de Belleville, el aspecto formal de la película es espléndido. El trazo clásico del dibujo y el delicioso uso de la luz y de una paleta de colores que va de los ocres a los grisáceos hace que en el resultado final prevalezca la sensación cierta de sus atractivos artísticos y expresivos. El estilo de la película parece obsoleto y olvidado; y es esa, precisamente, su mejor tarjeta de presentación. Casi privada de diálogos, la película de Chomet cuenta con una excelente banda sonora en la que no sólo la música, compuesta por el mismo director, tiene un papel preponderante sino que hay que resaltar el uso de los sonidos y onomatopeyas.

El ilusionista es una melancólica y taciturna alegoría de una sociedad cada vez más deshumanizada. Película nada inocente y de resultado imperfecto, recoge del guión original de Tati el pensamiento receloso hacia el desarrollo industrial y comercial. Sin embargo, Sylvain Chomet (dibujante y cineasta de formación) ni es Jacques Tati ni pretende serlo; simplemente asimila sus enseñanzas, como también lo hace de Buster Keaton o, ¿por qué no?, de Terry Gilliam o Federico Fellini…