Caballerete sin espada

Hay algo de ingenuo y emocionante en una propuesta del Hollywood contemporáneo, orquestada por uno de sus astros más reconocibles y queridos, que intenta elaborar una fábula a partir de un puñado de personajes, a priori reconocibles, que están sufriendo en sus carnes los avatares de la terribles crisis económica que por desgracia está siendo protagonista de los últimos años. De alguna forma, parece crearse un estrecho vínculo con aquellas maravillosas piezas de Frank Capra, en las que a partir de un tono propio de cuento, se ilustraban terribles realidades sociales, desde un punto de vista lúcido, próximo y honesto. No por casualidad no han sido pocas la voces que han pretendido, con cierta precipitación, convertir a Tom Hanks en una suerte de heredero de James Stewart, con su imagen de perfecto  norteamericano. Así, para su segunda película como realizador, el célebre Forrest Gump, ha recuperado el tono naïf de su deliciosa ópera prima, The Wonders (That Thing You Do!, 1996), para erigir una de esas reconocibles cintas, tan del gusto estadounidense, sobre el espíritu de superación, a partir de las hazañas de un espíritu noble e inocentón.

Sería absurdo, por supuesto, pedirle a un divo de la gran industria que imitara para hablar de la crisis y sus secuelas a Ken Loach o Mike Leigh,  por citar dos autores reconocibles que transitan por estos delicados terrenos. Ningún inconveniente en que el realizador explote su imagen cercana o directamente de bobo para conectar con las máximas audiencias, satisfaciendo además a sus más acólitos fans, que están deseando verle interpretar de nuevo al lelo de la insulsa película de Zemeckis o a los gamberros, pero completamente inofensivos, personajes de los ochenta, antes de un endiosamiento, que todavía nadie comprende, habida cuenta de sus irregularidades como intérprete. Lo que resulta intolerable es pretender sostener todo un film en base a un rol. En Larry Crowne, nunca es tarde (Larry Crowne, 2011) no funciona nada porque no existe nada. Ni siquiera los espectadores menos exigentes, o que al menos comulguen con la estrella y sus mohines podrán soportar más de diez minutos de una oda a la autocomplacencia y  los lugares comunes más molestos.

La nueva cinta de Tom Hanks es un perfecto ejemplo de los caminos por los que transita buena parte de la comedia con intenciones coetánea. No existe conflicto, y si lo hay es tan sumamente estúpido que no vale la pena detenerse a contemplarlo. Debemos sumar a la ausencia de alma un desarrollo de guión y personajes vergonzoso, propio del más inoperante escritor amateur, que pretende llegar a una duración estándar sumando tópicos que puedan hacer gracia (empezando por el insoportable vecino negro del protagonista, encarnado por el que tal vez sea el peor actor de todos los tiempos: Cedric the Entertainer)  mezclando además en el revoltijo conflictos que no se sostienen (como el del marido de Julia Roberts que ve porno en el ordenador) con historietas de amor latosas. En todo este batiburrillo, lógicamente, Hanks no puede perdonar un previsible tono de comedia mema, repleta de bromas mala pata, explotadas hasta la saciedad (como la del profesor que interpreta George Takei, mítico actor gracias a Sulu, su personaje en la serie Star Trek, y el móvil).

No obstante, una de las cuestiones más preocupantes de la película reside en su verdaderamente nefasta puesta en escena. Es cierto que The Wonders a estos niveles no era precisamente una obra genial, pero sí poseía un swing sorprendente que conseguía que todas las piezas de tan delicada empresa cuajaran sin resquebrajarse víctima de la buena carga de ñoñería y trivialidad que incluía. Larry Crowne por el contrario es amorfa y decir que cae en un lenguaje televisivo es alabarla. Y es que ni siquiera es un juguete ególatra, a la manera de los shows de Kevin Costner, que ensalce a sus protagonistas, pues hacía mucho tiempo que no estaban tan rematadamente mal ni fotografiados con tan poco cuidado. A nadie debe asombrarle pues la desganada colaboración de una star como Julia Roberts, que jamás se hubiera apuntado a semejante majadería de no haber estado al frente su compañero de  La guerra de Charlie Wilson (Charlie Wilson’s War, Mike Nichols, 2007); en efecto, hay favores a amigos que salen muy caros…

Larry Crowne, despertaría cierta simpatía si fuera el proyecto final de carrera de un grupo de estudiantes de cine enamorados de las miradas cándidas de algunos cineastas del periodo clásico (si es que verdaderamente en las escuelas de cine contemporáneas puede existir algún alumno que le interesen las etapas anteriores a los ochenta); firmada por presuntos profesionales con un estatus estratosférico en su profesión es sencillamente abominable.