Círculos en el agua

No importa si reinas o sirves. Que desees ver reconocido tu talento o prefieras medrar. No importa si tu visión de lo humano es idealista o mezquina. Que optes por el sentimiento trágico de la existencia o por el hedonismo. A la postre, como medita Hamlet, desembocarás en ese «morir, dormir, tal vez soñar» que hermana a todos los individuos pero solo sublima «la expresión del aliento impersonal de la vida; la plasmación de lo absoluto, del mundo entero, con las formas, las figuras y los símiles» (Friedrich Nietzsche). La obra de arte.

Pudiese parecer que la intención de Anonymous ha sido discutirle a la tradición académica la identidad consensuada del esquivo William Shakespeare, cuyas treinta y siete obras de teatro y ciento cincuenta y cuatro sonetos tanto han contribuido, en palabras de Harold Bloom, a «configurar lo que llamamos humano» en Occidente.

Pero, a través de una ambiciosa y puntillosa representación coral que prologa y despide en nuestro presente Derek Jacobi y que fabula menos acerca de Shakespeare que en torno a la trastienda sociopolítica del reinado de Isabel I (1533-1603), el guionista John Orloff y el director Roland Emmerich van más allá: diluyen la relevancia histórica y moral de tal identidad concreta (correspondiese a quien correspondiese) en una marejada de infelicidad e insatisfacción colectivas; poniendo en solfa el relato oficial sobre el escritor inglés y su coyuntura, las directrices culturales que ha inspirado, y las proclamas sobre el valor edificante de sus textos.

El anonimato que da título al film pasa a referirse al connatural a la creación, al menos en el caso de genios como Shakespeare: «La escritura es ese lugar neutro, oblicuo, en blanco y negro, donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la del cuerpo que escribe» (Roland Barthes). Anonymous nos recuerda que crear no salva ni acredita ni perfecciona la vida de nadie, no permite comprender el porqué de las cosas, apenas testimonia nuestros errores y limitaciones como especie. Que, como suscribió Unamuno, se debería escribir como se debería vivir: «no porque se haya encontrado asunto, sino para encontrarlo».

En definitiva, nos dicen Orloff y Emmerich, las aserciones pragmáticas sobre el sentido del arte, la aprehensión interesada de su necesidad, solo ayudan a la manifestación más coyuntural y superficial de la vida, condenada a la ruina: «Círculos en el agua / que cesan de agrandarse / para disiparse en la nada» (William Shakespeare).

En ese aspecto, como ilustran los equiparables planos aéreos de la Nueva York actual y de la Londres que habitó el dramaturgo isabelino, así como una incesante alternancia de tiempos, espacios y personajes que exige un interés activo del espectador, no hay tanta diferencia entre la mirada que Anonymous deposita sobre las miserias del siglo XVI y aquella con la que Emmerich ha escrutado las de nuestros tiempos en sus disaster movies y, en especial, en 2012 (íd. 2009), película que tratamos de reivindicar hace un par de años.

Merced a sus recursos folletinescos, su tratamiento desinhibido de lo político y lo histórico, una puesta en escena tan esforzada como plúmbea que cabe remitir al neoclasicismo pictórico del XIX, Anonymous y 2012 participan de ese «posmodernismo de resistencia» definido por Hal Foster como «contra-práctica tanto al discurso oficial de la modernidad como al pastiche instrumental característico del posmodernismo de reacción; una contra-práctica que aspira a deconstruir críticamente la convención, a cuestionar sus códigos culturales y de conciencia».

Esa deconstrucción propicia en ambos films reflexiones de no poco calado sobre lo arduo que resulta para el común de los mortales sobrevivir a la catástrofe del paso de la vida sobre las ilusiones y las ambiciones marcadas; sobre cuán intrincado conocerse a uno mismo, inmersos como estamos en órdenes emocionales y sociales de aparente solidez cuyo derrumbe deja en evidencia nuestros innumerables errores; sobre cuán difícil tener la grandeza de espíritu como para obviar por un momento la simple supervivencia y reconocer el talento de quien nos ha dado voz, de quien ha dignificado nuestra existencia carente de atributos.

Si a propósito de Jackson Curtis (John Cusack), el escritor sin éxito protagonista de 2012, escribíamos que Emmerich aspiraba a cubrir diversas etapas de perfección personal y a gestionar sus insuficiencias e intereses creativos a base de ejercicio y paciencia, Anonymous da un paso más en la buena dirección. Préstese especial atención al desenlace del encuentro en la sala de torturas entre el envidioso dramaturgo Ben Jonson (Sebastian Armesto) y el acomplejado valido Robert Cecil (Edward Hogg). Su reconocimiento mutuo como fracasados, la altura de miras de la que ambos hacen finalmente gala, la conciencia de su papel respectivo en la pervivencia de una obra que hará de sus naturalezas algo más que círculos en el agua, tienen resonancias casi casi… shakesperianas.