Parcelas de libertad

Una de las razones por las que El orígen del planeta de los Simios (Rise of the planet of the Apes. Rupert Wyatt, 2011) acabó convirtiéndose en una de las películas más interesantes de la temporada estival es que su protagonista César no organiza una revolución por venganza como en pretéritas encarnaciones, sino que es la búsqueda de la libertad individual  lo que le lleva a alzar a su raza contra los seres humanos. Un bosque alejado de la urbe como símbolo de nuestro Yo más puro. Nuestra vida diaria está rodeada de condicionantes que nos impiden realmente ser nosotros mismos. Nuestro entorno laboral nos exige que seamos una persona diferente a las que nos pide nuestra pareja, nuestra familia espera de nosotros un rol muy diferente del que nosotros entregamos cada vez que nos reunimos con amigos, nuestro estatus social y cultural acaba determinando lo que en realidad somos. Al final del día son pocas las oportunidades que se nos presentan para escapar de los condicionantes que nos aprisionan. Internet, cine, música… la búsqueda de pequeños oasis de emancipación personal se ha convertido en un imperante en estos días extraños que vivimos.

El panorama cinematográfico actual ofrece cárceles de oro en forma de remakes a directores de discurso y posición difíciles de descifrar, demasiado autorales para los gustos del espectador mainstream y demasiado comerciales para el anquilosado gusto crítico. La realización de nuevas versiones de clásicos de mayor o menor calado es una medida perfecta para el reclutamiento de talento al servicio de una industria que garantiza un lugar privilegiado en las carteleras de los cineplex, algo, que a día de hoy, ya no puede garantizar el panorama independiente, ni siquiera en su versión major, tras el cierre de las firmas de distribución indies de las distribuidoras principales. Incomoda zona invisible donde cada día se ven más atrapados más cineastas y que sólo encuentran en la televisión o remakes una salida viable para una generación con visos de perderse.

El Footloose versión 2011 que crea Craig Brewer no escapa de la dicotomía de tener una doble identidad, si por un lado se entrega con total conformismo a seguir las líneas narrativas maestras de su antecesora, por otro es capaz de entroncar formalmente con la filmografía de su director y ofrecer ciertos detalles únicos que la separan de la cotidianeidad de la cartelera. Al igual que Djay, el proxeneta que encarnaba Terrence Howard en Hustle & Flow (2005), Brewer huye del encasillamiento narrativo e incluso cultural a través de la música. Historias sobre choques generacionales o pequeñas comunidades encerradas en sí mismas son derribadas de una patada en cuanto el ritmo de la música se eleva por encima de las palabras, pequeños orgasmos de libertad que se resumen en cuerpos sudorosos en constante movimiento donde se elimina la represión sexual para dar rienda suelta a los instintos más básicos y primarios. Si para los jóvenes de Bomont, el baile significa una liberación del yugo opresor de sus padres; para el realizador de Black Snake Moan (2006) es su particular Angry dance contra la película original que lo está esclavizando. La América de Brewer al contrario que la de Herbert Ross, no es una contextualización de los felices años 50 en el cuerpo de un adolescente de los 80, es el mismo paisaje musical árido y seco donde se crean los monstruos de Rob Zombie o Sobrenatural (2005), la necesidad nos obliga  versionar a Bonnie Tyler pero el cuerpo lo que realmente quiere es Lynyrd Skynyrd.

La libertad o privación de ella nos obliga a realizar auténticas locuras, personas casadas que cuando se liberan de su pareja son capaces de comportarse como auténticos hooligans, personas aplastadas por su vida, capaces de crearse dopplegangers virtuales con los que poder desarrollar una idiosincracia inimaginable en su vida cotidiana… El entorno social nos aplasta e intenta engullirnos hasta que perdemos cualquier atisbo de personalidad diferencial, quizás para un crítico de cine escribir sobre una película sin ningún tipo de atadura cultural como Footloose (2011) sea su auténtica parcela de libertad.