De puertas adentro

Decía un antiguo profesor que la política es el aire de la cultura y la cultura la base de la política. Si no intervenimos en los asuntos públicos, aportando nuestro conocimiento y experiencia, ¿qué transformación social pretendemos llevar a cabo? Si confiamos en que otros nos guiarán (social, económica o espiritualmente), ¿qué podemos esperar de nosotros mismos? Durante más de tres décadas Nanni Moretti ha reflexionado sobre la marcha de Italia desde todos los ángulos posibles, empezando por la falta de objetivos reales de su generación para acabar narrando la metástasis de los poderes fácticos. La mayoría de sus conclusiones han sido tan descorazonadoras como su gusto por terminar abruptamente cada una de sus películas. La imagen que sintetizaría tantos años de descontento la encontramos en un pasaje de Abril (Aprile, 1998), en el que la televisión muestra un debate entre aspirantes políticos. Massimo D’Alema, Secretario General de los Demócratas de izquierda, está al borde del KO, mientras Moretti, desde su sillón, no para de gritarle: “¡Reacciona, D’Alema, reacciona!”.

La falta de reacción obliga a cambiar las formas del discurso para que se oiga más claramente. Mientras Sabina Guzzanti ha tenido que contaminar sus invectivas contra Berlusconi de la misma retórica populista de la que hacen gala los partidarios de Il cavaliere (vía la tosquedad formal y discursiva de Draquila. L’Italia che trema [2010]); Matteo Garrone ha optado por fabular en torno a las pequeñas miserias en cuyo reflejo hallamos el fracaso de la política interior (como sugiere su extraordinaria L’imbalsamatore [2002]); y Pippo Delbono ha expuesto la herida abierta con toda la violencia y la frontalidad que sus maneras teatrales le permiten. En Moretti, cuyo activismo en la izquierda nunca ha pasado desapercibido, los años han amargado sus esperanzas, prolongando una de sus conclusiones más demoledoras: poco se puede hacer por los demás, así que conviene retirarse a algún lugar donde no molestemos. 

Cuando la realidad está tan jodida que no podemos dar cuenta de sus problemas en nuestros propios términos, necesitamos de algún disfraz para adaptar el discurso a las circunstancias. En Habemus Papam, Moretti regresa a un terreno que había aparcado desde La misa ha terminado (La messa è finita, 1985), es decir, el de los avatares del poder eclesial y su papel en la sociedad italiana. Sin embargo, en esta ocasión el protagonista es el posible sucesor del Papa y su ataque de pánico ante la obligación de aceptar una identidad en la que no se reconoce. Melville (Michel Piccoli) es elegido como sucesor y nuevo Santo Padre, pero de camino al balcón del Vaticano siente que no es ese su papel cayendo en una pequeña depresión. En el fondo, Moretti desvela cómo la trascendencia de una elección divina se resuelve a través de votaciones (poco secretas) entre hombres. Dios lo quiere, pero no vota. 

A fin de zanjar la crisis vital del nuevo Papa, el Vaticano requiere de los servicios de un psicoanalista (Moretti himself) que diagnostique y dé respuesta a un problema que, ante todo, debe ser solucionable. Con grandes dosis de ironía, Moretti dibuja a la iglesia como un organismo fundamentalmente práctico, a su manera una empresa que necesita agilizar los trámites sin reparar en gastos, olvidando que a veces el qué es más importante que el cómo. Desprovistos del relieve y la solemnidad que atribuimos a todo intermediario (sea eclesiástico, cultural o político), Moretti hace dela Iglesia una sociedad cerrada, impermeable a los cambios y transformaciones, cuya repetitiva mecánica interna ha abierto una crisis de identidad en su seno. Por eso, resulta elocuente que la primera vez que le piden a Melville una autodefinición se describa como actor. Actor, sí, porque desempeña un rol que no le pertenece ni deseaba y que, además, se le ha otorgado invitándole a representarlo, como quien, a fuerza de memorizar, aprende a recitar una poesía o a tocar un instrumento. 

La Italia que pinta Moretti alberga un fuerte poder coercitivo, a base de órdenes y mandatos que no podemos desobedecer y de restricciones y libertades limitadas que hemos de aceptar. Así, en una de las mejores escenas del filme, Melville se topa con una compañía teatral cuyo actor principal, en pleno delirio, recita absolutamente todas las líneas de una obra de Chéjov, impidiendo incluso al pobre Melville la posibilidad de replicarle. El actor, la Iglesia, Italia representa todos los papeles de la obra, y a nosotros, que vivimos la situación de puertas afuera, nos queda encogernos de hombros y contemplar el espectáculo resignados. Podemos entender la crisis interior de Melville, porque es la nuestra cada vez que nos reconocemos aceptando con indulgencia los cambios impuestos por una esfera que no nos representa.

Con toda su amargura, Moretti dinamita el poder de la curia presentándolos como un grupo de policías a la caza del Papa perdido (por si había alguna duda de la fuerza metafórica del discurso) en mitad de una representación teatral. Todo lo que queda de trascendente en la Iglesia(como Iglesia, no como religión ni fe; esta es una historia política) se reviste de coerción y represión; mientras que lo que queda de humano, como muestra Moretti en ese insólito mundial de voleibol que organiza en los jardines del Vaticano, se plasma en un sentimiento de desilusión y de brazos caídos que no recuperarán con una nueva carta pastoral. Cuando llega el final de la película, tan trágico y brutal como sus imágenes pronosticaban, la mejor forma de describir el último filme de Moretti es completando la frase de aquel viejo profesor. Porque cuando la política no es el aire de la cultura y la cultura la base de la política, tenemos lo que tenemos. O sea, échate a temblar.