Carne vs mente

El estreno consecutivo de los nuevos trabajos de Roman Polanski y David Cronenberg, además de una feliz coincidencia que ennoblece la cartelera española, ofrece la oportunidad de reflexionar acerca de la deriva actual de dos de los grandes directores del cine actual, aupados desde hace décadas a los altares de la autoría por la generalidad de la crítica especializada. Resulta de lo más ilustrativo a este respecto que tanto Un dios salvaje (Carnage, 2011) como Un método peligroso (A Dangerous Method, 2011) estén basadas en sendas obras de teatro —tanto Yasmina Reza como Christopher Hampton han colaborado, de hecho, en la escritura de sus respectivos guiones— cuyo prestigio habrá contribuido, sumado al que ya de por si atesoran los citados cineastas, para que ambas adaptaciones cinematográficas se hayan visto, y celebrado, en el pasado Festival de Venecia. Si se me permite el conato de disidencia, tal vez demasiado prestigio para dos personalidades poliédricas que en el pasado se labraron una merecida gama de polémicas, y rupturistas.

Centrándonos en Cronerberg, ¿Qué queda del fustigador de conciencias al que debemos títulos tan insobornablemente transgresores como Videodrome (íd, 1983), Inseparables (Dead Ringers, 1988) o Crash (íd, 1996)? Vista —y disfrutada— Un método peligroso digamos que lo fundamental del corpus temático que articula el grueso de la obra cronenbergiana convenientemente rebajado, eso si, por una puesta en escena que rehuye cualquier atisbo de radicalidad formal para abrazar, aún más que en el díptico noir precedente, un clasicismo visual que a algunos parecerá depurado y elegante, a otros conformista y superficial. La disyuntiva generada por la evolución que desde Spider (íd, 2002) ha experimentado la filmografía del director canadiense, y que no conviene desligar de condicionantes tales como las nuevas coordenadas de producción o su definitivo abandono del género fantástico, reside en que la renuncia a priori voluntaria de la tan manoseada estética de la carne ha pillado con el pie cambiado a muchos de sus seguidores, que no han sabido —o podido— asumir que, en el fondo, el gran tema permanece bajo cuerda, modélicamente preservado pese a su obligada adecuación a los nuevos estándares: el desvarío a que nos empuja ese abismo insondable que es la mente enferma.

La meticulosidad conque en la citada Spider era reflejada la convulsa realidad intra-psíquica de un esquizofrénico confiere a Un método peligroso su interesante cualidad de contraplano de aquella, conformando entre ambas una didáctica aproximación al abordaje de la psicopatología tanto desde el punto de vista del paciente como, desde una perspectiva más dialéctica, del terapeuta. Claro que, al recrear las vivencias que llevaron a un personaje tan relevante para la Historia del Pensamiento del Siglo XX como Carl Gustav Jung (Michael Fassbender) a romper con la monolítica égida de Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y su círculo psicoanalítico de Viena dando lugar a la primera gran revolución de la Psicología moderna, la película se ve abocada al drama de calado histórico, con todo lo que ello conlleva; básicamente que durante gran parte del metraje tanto el excelente guión de Christopher Hampton —que condensa de forma admirable unos años especialmente fecundos valiéndose de la carga conceptual de los abundantes diálogos— como la cuidada ambientación característica de las producciones de Jeremy Thomas se superpongan a la labor del propio David Cronenberg, relativizando de modo evidente su aportación.

En la que constituye con toda seguridad la obra menos representativa de su estilo, este se recicla en eficaz narrador en imágenes, reservándose eso si unos cuantos homenajes a si mismo que puntean la evolución de los protagonistas en base a la insana asimilación de su sexualidad: sin necesidad de mostrar fluidos viscosos o cuerpos corrompidos, las contorsiones que sacuden a la libidinosa Sabina Spielrein (Keira Knightley) al traer a su conciencia los recuerdos de abusos pasados aluden de manera inequívoca al conflicto cuerpo-mente, tan del gusto de Cronenberg, por no hablar de la sonrisa de satisfacción que sucede a la pérdida definitiva de la virginidad de la susodicha, tras un inserto malsanamente largo de su vestido manchado de sangre. Esta conceptualización de la pulsión erótica, impulso irresistible ante el que  el propio Jung claudicará como paso previo —¿rito de iniciación?— a la ruptura de la relación paterno-filial mantenida con su mentor, constituye el elemento más reconocible de una propuesta donde el autor ha optado por ser, simple y llanamente, meritorio director de orquesta.