Mi mundo no es de este Reino

Se dice que las últimas palabras de Luis Candelas (1804-1837) fueron “¡Patria mía, sé feliz!” De inmediato le aplicaron, con intención moralizante y saña inmoral, garrote vil. Lo que solo vino a constatar cuán necesaria era la exhortación postrera del bandolero. Por sorda que fuese a ella la disoluta Corona borbónica, cuya enseña presidió aquel aciago seis de noviembre la madrileña Plaza de la Cebada.

El día anterior. Ciento setenta y cuatro años más tarde. Attack the Block. Moses y sus colegas suburbiales de juegos y fechorías celebran a su modo la Noche de Guy Fawkes: una festividad británica de ambiguas resonancias que permite al común de los mortales conjurar sus miserias haciendo arder efigies no ya del conspirador católico ejecutado en 1606, sino de quien la coyuntura histórica haya etiquetado como enemigo del pueblo.

Los jóvenes empiezan por atracar a Sam, enfermera adscrita a una clase media en decadencia, atrapada con sus agresores en esa Grimey London cuya necrosis nos venían anunciando títulos como Heartless (Philip Ridley, 2009), Harry Brown (Daniel Barber, 2009) y Blitz (Elliott Lester, 2011). Después, hacen de una fea criatura caída del cielo un chivo expiatorio más. Grave error. La bicha era una extraterrestre en celo. Sus feromonas incitan una invasión alienígena tan cutre, amorfa, proletaria como el microcosmos en el que aunan fuerzas para resistir Sam y Moses.

En un momento decisivo del film, perseguido por los asaltantes y una lengua de fuego, Moses salva la vida agarrándose a la Union Jack. ¿Afea el director debutante y guionista Joe Cornish a los chavs que convirtieron Londres en una gran hoguera con Attack the Block todavía en cartel, que lo único entre ellos y el abismo es el orden social que están contribuyendo a degradar? ¿O señala a los perros guardianes de un statu quo en quiebra que la única esperanza reside a estas alturas en acoger a escoria como Moses bajo los pliegues de la bandera? Según un reciente artículo publicado en The Guardian, entre los cada vez menos británicos que se sienten todavía tales, se cuentan muchos descendientes de inmigrantes africanos y caribeños. Black britons como Moses.

La película insinúa que quizá sea tarde para sacar provecho de ellos. Las autoridades, invisibles o ineficaces a la hora de resolver el problema real que asolaba el bloque, detienen sin más al chaval. Justo cuando, sin comerlo ni beberlo, acaba de mutar en héroe. Cuando los vecinos corean eufóricos su nombre. No cuesta imaginar una secuela de Attack the Block con Moses convertido en el César de El origen del planeta de los simios (The rise of the planet of the apes. Rupert Wyatt, 2011). O en un sosias de su homónimo bíblico, capaz de llevar a sus pares a una Tierra Prometida en una galaxia muy lejana, donde creciesen en los árboles iPhones sin límite de crédito y sudaderas de marca. Al fin y al cabo, tanto él como sus represores se han empeñado en dejar claro que su reino no es de este mundo. O, mejor dicho: que su mundo no es de este Reino [Unido].

Las excelencias de Attack the Block no radican solo en que haya logrado articular una reflexión tan fértil y oportuna sobre el panorama descrito en apenas noventa minutos, sin que el relato exude pedagogía en ningún momento, con la libertad ideológica que se echaba a faltar en Fish Tank (íd. Andrea Arnold, 2009). Se deben sobre todo al talento con que Joe Cornish imbrica ese discurso en una producción que hace de la modestia rigor; una producción cuyos engranajes genéricos oscilan sin fricción entre lo fantástico, el humor y la acción gracias a un ejercicio de realización y montaje en apariencia diáfano del que debieran aprender cosas como Route Irish (íd. Ken Loach, 2010). Un solo ejemplo: la recogida de armas por parte de los chicos en sus casas conjuga en pocos segundos narración, gag, comentario, y hasta pertinente referencia extradiegética a los videojuegos cooperativos.

Además, Attack the Block es valiente: apuesta por la nostalgia solo en tanto Cornish ha querido reeditar el carácter verdaderamente popular que tuvo el cine comercial en los ochenta. Antes de que la presión mediática, el hype, el merchandising y los arcanos de la taquilla hiciesen casi prescindible al público. Pero no trata, lo que está irritando sintomáticamente a numerosos críticos y espectadores, de ennoblecernos a través de unos protagonistas y una estética susceptibles de remitirnos a una presunta Edad de Oro en sensibilidad y valores.

En definitiva: no es Super 8 (íd. J.J. Abrams, 2011). Aprender de los mayores no ha traído aparejado en el caso de Attack the Block ni engañarse ni engañar en cuanto al mundo y el tiempo en que ha sido gestada. Como La horde (Yannick Dahan y Benjamin Rocher, 2009), Verbo (Eduardo Chapero-Jackson, 2010) o The Raid (Gareth Evans, 2011), la película de Cornish hace de la fábula un instrumento de precisión para calar en los cochambrosos bastidores de nuestro urbanismo arquitectónico y socioeconómico.