Agujeros

Voy a ser franco de entrada: mi nivel de comprensión de la trama de esta película no alcanzó el 100%. Debí quedarme por el setenta y cinco, o en el setenta y nueve, año en el que la BBC emitió la celebrada adaptación previa de la novela de John Le Carré de la que Tomas Alfredson se ha servido para dar el salto al cine yanqui. En El topo hay personajes que creían saber cosas y luego resulta que han sido timados, así que no me preocupa en exceso el no saberlo todo. El espionaje no sólo es un oficio y un género de ficción. Es, ante todo, un estado mental. Uno particularmente dado a la esquizofrenia y a los agujeros, no sólo los de bala, que son empíricos, sino también los agujeros en nuestra capacidad de comprensión y en las intrincadas llanuras del conocimiento. El espionaje es la incomodidad de saberse poseedor de un secreto y también la incomodidad de verse privado del mismo y sospechar que es crucial. En otro orden de cosas, George Smiley, el protagonista de la película, tiene también un agujero en el corazón, pero eso será mejor que ustedes mismos lo descubran.

Para llegar, paulatinamente, a la conclusión de que El topo me gustaba mucho tuve que enamorarme de los agujeros. Mejor será que hablemos con propiedad: de las zonas oscuras de la narración, y del uso que de ellas hace su director. Al cineasta sueco le pone eso de ofrecernos metáforas y relaciones de significado entre objetos y personajes que en algún momento pueden rozar lo obvio, pero sin llegar nunca a quemarse. No es uno de esos criminales del subrayado. Nos deja las cosas ahí, para que luego unamos los puntos. Ya demostró en Déjame entrar (Låt den rätte komma in, 2008) que le gusta el lenguaje cinematográfico clásico y las posibilidades de hilar que éste ofrece, en el sentido más académico del término, aunque lo cortés no quita lo valiente ni lo bello. Me impresionó que haya dos personajes en la película que, sin apenas aparecer en escena, asuman una importancia agobiante y cuasi sobrenatural. Y no me saco de la manga el adjetivo: creo que la palabra sobrenatural es bastante adecuada para definir a ese ente omnipotente (¿ser humano?) llamado Karla que, como si de un brujo se tratara, ha capturado el alma de Smiley y la guarda, encapsulada, en un encendedor. Si uno se deja atrapar y confundir lo suficiente por las máscaras y la hipnótica pared de la sala de reuniones del Circus, llega un momento en el que la película orilla en los márgenes del fantástico. El topo es una fábula sin moraleja en la que distintas morales pugnan por tomar el mando, por escribir la Historia; es un cuento de fantasmas y espectros que conspiran para romper el hielo; es una batalla entre el Bien y el Mal en la que no acertamos a saber en qué bando deberíamos estar. Al fin y al cabo, como dice uno de los personajes en la película, “elegir bando era una cuestión estética y moral”. Las claves parecen estar en el interior de ciertas carpetas, pero la función la urden manos invisibles que podrían estar más allí que aquí, en habitaciones sin puertas a las que solo se puede acceder mediante resortes ocultos. O eso estamos obligados a creer los que no tenemos toda la información.

La nota promocional de Dispongo de barcos (Juan Cavestany, 2010), una de las mejores películas españolas del año pasado, la definía como “una comedia de acción mental”. También es menos física que mental la acción en El topo, un filme del que se podrá decir que es sobrio y elegante pero que en ningún momento se revela desganado o carente de ambición. Como la mejor literatura, exige al lector cierta atención y un esfuerzo para penetrar en su atmósfera y conocer a los personajes. Yo, que a menudo soy prejuicioso, confieso que me daba una pereza tremenda leer la novela en la que se basa Déjame entrar, aunque más de una persona me ha hablado bien de ella. También tenía a John Le Carré como un escritor de novelas de aeropuerto y no sé si llegaré a leer en mi vida un libro suyo, pero, si lo que quieren es una garantía de calidad, puedo asegurarles que la película de Tomas Alfredson no es precisamente adecuada para ser proyectada, por ejemplo, en una ridícula pantalla de autobús. Hace más de diez años que no veo una película en un autobús, no sé si en ese tiempo las condiciones han mejorado mucho. Pero tendrían ustedes que forzar el cuello y la vista, y callar constantemente al compañero de al lado, para no perder detalle de lo que dicen y hacen Gary Oldman, Colin Firth y compañía. Mucho mejor, para esas circunstancias, la última entrega de las aventuras de Ethan Hunt, una nadería competente para tenerla de fondo mientras uno piensa en otras cosas.