El viaje a ninguna parte

El título de esta crítica, más que referirse a la huída sin fin de los protagonistas de In Time (que también), define los pasos dados por el director, productor y guionista neozelandés Andrew Niccol en la industria de Hollywood. O cómo un tipo que comenzó su carrera con la deslumbrante elegancia de Gattaca (Gattaca, 1997) y firmando el consistente guión de El show de Truman (Truman’s Show, 1998), acaba facturando un producto sin alma como este pastiche posmoderno que no funciona ni cómo cinta de acción ni como film de ciencia ficción distópica con pretensiones de crítica social.

El punto de partida de la película nos traslada a 2161, año en el que los avances genéticos han conseguido identificar los genes del envejecimiento y toda la población deja de marchitarse a la edad de 25 años. A partir de ese momento, como medida demográfica radical, un reloj digital insertado en el antebrazo de cada persona comienza una cuenta atrás de un año. El dinero ya no existe y el tiempo es la única moneda de cambio, así que cada individuo se juega su propia supervivencia día a día, intercambiando 4 minutos de su vida por un café o varios años por una comida en un restaurante de lujo. Así, las ciudades están divididas en zonas horarias, cada vez más restrictivas; mientras los ricos han conquistado la inmortalidad y viven rodeados de lujos, los pobres mueren en las calles de los guetos o en sus puestos de trabajo, sin que a nadie parezca importarle mucho, sufriendo una constante inflación de los precios orquestada por una malvada e impersonal corporación que todo lo ve y tiene a la policía —o timekeepers— a su servicio. Un honrado chico del extrarradio (Justin Timberlake)  y una niña bien con ganas de aventuras (Amanda Seyfried) desafían el poder establecido y comienzan una carrera contrarreloj para salvar sus vidas y acabar con la desigualdad reinante.

Oportunista y naïf a más no poder en sus planteamientos y conclusiones socioeconómicas, las referencias y guiños del guion escrito por Niccol son abrumadores: 1984, La fuga de Logan, Matrix, Bonnie & Clyde, Robin Hood… Las referencias no son malas de por sí, pero cuando detrás se vislumbra una carencia total de imaginación o ideas propias la cosa comienza a resultar más que sospechosa. Y lo que es peor: una acusación de plagio del novelista Harlan Ellison, autor del relato ¡Arrepiéntete, Arlequín!, dijo el señor Tic-tac (Repent, Harlequin! Said the Ticktockman, 1956) que coincide en gran parte con el planteamiento de In Time. Al final, los productores y distribuidores de la película han llegado a un acuerdo secreto —un cheque con muchos ceros— con Ellison para poder estrenarla.

A partir de los diez primeros mintuos de metraje, una vez planteada la interesante idea del reloj y la injusticia social, Niccol se dedica a boicotear su propia criatura, provocando contínuas incongruencias en el guion y cayendo en una simplificación tal que acaba siendo insultante para la inteligencia del espectador. Los diálogos quedan lastrados por el empeño constante de hacer juegos de palabras tan pueriles como: “No gastes mi tiempo”, “Tómate tu tiempo” o  “Viene de una familia con tiempo”. Según avanzan sus aparentemente inagotables 110 minutos, la película va naufragando en todos sus aspectos, en ciertos momentos hasta provocar la risa involuntaria. ¿Dejadez, torpeza, impericia? Las tres a la vez. La puesta en escena y el montaje carecen de fuerza y pulso, incluso de ritmo interno, y quizá lo único salvable sean el impecable trabajo del director de fotografía Roger Deakins y la banda sonora compuesta por Craig Armstrong.

La idea de los productores y de Niccol parece reducirse a juntar unas cuantas caras guapas, con tirón entre la muchachada, como Justin Timberlake, Amanda Seyfried, Olivia Wilde o Alex Pettyfer, darle un toque retrofuturista y aprovechar la situación de crisis para colar alguna referencia insustancial al movimiento Occupy Wall Street. La supuesta receta de un taquillazo a medida que, probablemente, cope la recaudación durante un par de semanas y luego pase al olvido. Agotados todos los adjetivos y descalificaciones imaginables, sólo queda lamentarse por algo que ya se ha convertido en un terrible síntoma que aqueja a la industria cinematográfica norteamericana: la progresiva conversión de talentos con estilo propio y algo nuevo que decir en meros comparsas intercambiables.