Crisis en Matrix (o el Capitalismo ha muerto y nadie quiere admitirlo)

Hubo un tiempo en que al hojear el periódico, escuchar desinteresadamente la televisión o sintonizar las noticias en la radio, alguien comentaba (nos comentaba) que las cosas no iban bien. Pero la mayor parte de las veces no mirábamos, no poníamos interés, no oíamos las noticias. Y, en cualquier caso, lo olvidábamos pronto.  Ahora, prensa, televisión y radio vocean de modo irrefutable, ineludible, el gran problema que se nos ha venido encima. Y no recordamos, no sabemos, cómo.

Mercado de futuros trata, con cierto distanciamiento irónico que ya empieza en la referencia al futuro del título, de todo eso. De la crisis, de aquellos que no la padecen, de los que pretenden no padecerla. Y también de la memoria. Y del olvido que, como decía Chris Marker (Sans soleil, 1983), no es tanto lo contrario de la memoria sino una variación, una fabulación. Y Mercedes Álvarez se permite bordear este territorio tomando apuntes para que hagamos con ellos lo que más nos plazca. Es, sin duda, cine ensayo y no estamos ante un documental de tesis que analiza las causas de la crisis económica ni sus consecuencias directas. Se trata de cine reflexivo aunque no por ello deja de ser cine enérgico. Álvarez ha tenido entre manos una película que ha mutado mientras se elaboraba. Es por ello una película irregular, que parece moverse según una deriva autónoma pero que revela una observación atenta de la realidad  y culmina satisfactoriamente, con naturalidad, sin artificios teóricos, como un grito que surge de las entrañas.

Mercado de futuros nos lleva, en el paréntesis que hay entre una casa en derribo y la exhibición de los objetos sin domicilio en el mercadillo de Els Encants, a la preparación y funcionamiento de una feria inmobiliaria, a una sesión de Bolsa con el frenesí de los brókers y a un pequeño rincón dónde alguien se ha hecho un hueco de Naturaleza, entre autovías y ferrocarriles. Mezclado con todo ello, citas a la memoria, al rumbo de nuestra sociedad y a los espacios de ocio… Posiblemente demasiado, muchas propuestas para una sola obra. Y, tal vez, demasiado cine. Hay referencias claras a Jose Luis Guerin, tanto a Tren de Sombras (1997) como a En construcción (2001), aunque posiblemente no sean buscadas sino espontáneas. Como también puede serlo la estructura de rompecabezas en diferentes niveles semejante a Film Socialisme (J.L. Godard, 2010). Es cine que se hace a sí mismo, más allá de la pauta que marcan sus creadores. Es cine joven, con la rabia (¿con dolorida impotencia tal vez?) de una juventud que ve su futuro hipotecado, en el ámbito social, en el medio ambiente, a nivel económico. Y parece por ello que es un cúmulo de pensamientos que pugnan por expresarse, que precisan ser ordenados, tal vez. Sin embargo, si dejamos de lado comentarios en off tal vez innecesarios por redundantes (imágenes y edición ya bastarían) y si obviamos la secuencia de los brókers, Mercado de Futuros no sólo constituye una de las más arriesgadas apuestas del cine español de este año sino también una de las que se acerca más y mejor a su objetivo.

Ahora, cuando conceptos como “prima de riesgo”, “futuros”, “tensión financiera”, resultan tan familiares y a la vez tan incomprensibles, ahora cuando las cifras del paro superan lo comprensible, ahora cuando el Capitalismo se  hunde como sucedió con el Comunismo (pero sin que nadie lo escriba así en titulares), las secuencias recogidas y seleccionadas por Álvarez son plenamente significativas. La sola existencia de un mercado inmobiliario dónde se plantea la compra de terrenos, fincas o apartamentos de lujo para alquiler posterior resulta como mínimo chocante para la mayoría de espectadores. La preparación de la misma, como si de una función se tratara, la hace todavía más irreal. Y los diálogos  que tienen lugar en ella, hablando de espacios de lujo a precios astronómicos, revelan que un mundo de ficción está instalado en el centro de nuestra sociedad… o que vivimos, desde hace mucho, en una ficción. Tal vez sea eso. Matrix se ha estropeado y revela la oscura realidad. Y Mercedes Álvarez, en un golpe de efecto genial (y posiblemente con la ayuda del azar, como siempre sucede a todo buen creador, a todo buen pensador) revela la falsedad del sistema en la secuencia final. Porque nuestro mundo no es el de los brókers ni el de los futuros inmobiliarios. Nuestro mundo es lo que queda en los intersticios, entre el tráfico automatizado y se diría que automático. Nuestro mundo son las casas que se vacían. Nuestro mundo es el conjunto de objetos que se exponen en Els Encants y que un impagable personaje custodia sin vender. Objetos que no están a la venta sino que permanecen para conservar la Memoria de lo que fuimos y lo que somos. Una memoria, una consciencia, que debemos recuperar si, nosotros también, queremos tener algún futuro.