Evasiones posibles

Si allá por el año 1996 algún incauto hubiera aventurado que quince años después del estreno de Misión: Imposible (Missión: Impossible. Brian de Palma) la cuarta entrega de la serie se habría de convertir en agónica tabla de salvación para la fulgurante carrera de su estrella protagonista, se le habría prescrito una evaluación psicológica y a otra cosa. Pero la realidad tiene sus propios designios. Lo que está sucediendo con Tom Cruise —y Harrison Ford, Bruce Willis… la lista es larga— es la constatación de un ocaso similar al que lamentaba Norma Desmond (Gloria Swanson) al finalizar la inolvidable El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard. Billy Wilder, 1950): el de los astros de Hollywood surgidos al albur de las grandes superproducciones de los años 70 y 80, que con la llegada del nuevo milenio han ido perdiendo el favor del público —y por ende predicamento en el negociado—, viéndose obligados a reivindicarse de la única manera posible: volviendo cíclicamente, mientras el cuerpo aguante, a los arquetipos con los que las grandes audiencias más claramente les identifican, con la esperanza de que estos perpetúen su vigencia de padres a hijos, generación tras generación.

Así las cosas, Tom Cruise se encomienda nuevamente a su canónica encarnación del Action Hero, el infatigable Ethan Hunt, para tratar de mantener su precaria posición en el star system actual, toda una misión imposible atendiendo al daño causado por la rumorología acerca de determinados aspectos de su vida privada, que por privada, sólo debería interesarle al susodicho. Pero vaya, aceptando estoicamente la hediondez a que nos aboca esta corrala global en que vivimos, al menos sería justo reconocer, en contrapartida, el empeño mostrado como profesional del cine; en el caso concreto de la saga Misión: Imposible, compaginando las funciones de protagonista y productor en una compleja bicefalia que, pese a la clarísima intención de ganar cuanto más dinero mejor, no ha escatimado en riesgos creativos. Una vez establecidos los parámetros tipo de toda franquicia de entretenimiento que se precie, la decisión de otorgar la dirección de las dos primeras películas de la serie a Brian de Palma y John Woo —cineastas con nombre y apellidos— ha posibilitado que, para bien o para mal, ambos títulos estén inequívocamente impregnados de su sello personal: los ecos hitchcockianos del falso culpable y la mirada, entre irónica y nostálgica, al espionaje clásico del primero, el antagonismo primordial entre Héroe y Villano, con vínculo emocional amenazado de por medio, del segundo.

Precisamente los excesos del director de Hong-Kong, que convirtió Misión: Imposible-2 (M:I-2. 2000) en mera excusa para dar rienda suelta a sus característicos estilemas llevaron a un replanteamiento en profundidad de la serie, con la vista puesta en el medio televisivo. El que  J.J. Abrams se hiciera finalmente con las riendas de Misión: Imposible III (M:I-3. 2006) se explica por la notoriedad  alcanzada como factotum de Alias (íd. 2001-2006), cuyos espías de carne y hueso —tan resueltos a preservar el orden mundial como poco habilidosos cuando toca gestionar la difícil cotidianeidad— se trasmutan para la ocasión en un Ethan Hunt prometido y retirado del servicio activo, obligado a volver a la primera línea de fuego por motivos estrictamente personales. El epílogo de Misión: Imposible III parecía apuntar a un merecido retiro, pero contra todo pronóstico Misión: Imposible. Protocolo Fantasma (Mission: Impossible – Ghost Protolol. Brad Bird, 2011) nos devuelve al héroe talludito pero en plena forma, obligado a bregar por su cuenta —junto a unos cuantos desclasados del extinto IMF—  con la enésima reedición de la Guerra Fría.

Una trama tan poco novedosa como cabía esperar que en su modélica puesta en escena funciona como un preciso mecanismo de relojería, con una vibrante sucesión de hiperbólicas secuencias de acción concebidas para dejar con la boca abierta a la platea —lo que consigue de pleno— aderezadas de los consabidos diálogos explicativos entre medias, que no lo son en exceso y, además, resultan por lo general francamente divertidos. El gran mérito de Brad Bird es apelar al bagaje de la estupenda Los Increíbles (The Incredibles. 2004) para, en su estreno en imagen real, acercar las coordenadas de producción impuestas por el tándem Cruise-Abrams a las hechuras de la serie Bond —a la que se acerca sin quemarse— dotando de empaque visual a la entrega temáticamente más derivativa de la franquicia, que no es pequeño logro. Añadamos que este remedo familiar conformado por las circunstancias, con nuestro hombre obligado a adoptar maneras paternales por exigencias del guión, confiere el andamiaje emotivo suficiente a la propuesta para que nos interesemos por los seres humanos agazapados tras el profesional, ya sea colgando del edificio más alto del mundo o tomando unas cervezas una vez terminada la jornada. Todo muy codificado, de acuerdo, pero presente; y eso sólo se consigue optimizando al máximo el trabajo en equipo, personificado en la figura del alma mater responsable de cuatro interesantes, alguno excelente, paradigmas de la evasión cinematográfica. Esperemos, por el futuro del mejor cine de entretenimiento, que tengan continuidad.