Atrapado en el Callejón del Gato

A la vista de los discretos resultados artísticos del nuevo trabajo de Alex de la Iglesia se confirma que la deriva en que se encuentra sumida su carrera desde la estupenda La comunidad (2000) amenaza con perpetuarse sine die, lo que constituye una verdadera lastima. Y lo es porque el director bilbaíno es uno de los pocos cineastas realmente estimulantes del panorama cinematográfico nacional, o deberíamos decir más bien era, dado que la enérgica revisión de la España más carpetovetónica tamizada por los códigos genéricos del fantástico, suspense o terror que caracterizara sus primeras y mejores películas, convirtiéndole en una asilvestrada rara avis, ha devenido con el tiempo en mera formula —caso de las estimables aunque menores 800 balas (2002) y Crimen Ferpecto (2004)— o, lo que es peor, en reivindicación acrítica por la vía del exceso; el ajuste de cuentas con las negruras del tardofranquismo que constituye Balada triste de trompeta (2010) naufragaba por confundir profundidad de análisis con atropellamiento narrativo, pero precisamente por ello dejaba aflorar una indudable certeza: su condición de exorcismo personal contra todos y todo, incluida esa otra faceta de su filmografía, digamos más comercial, que tan bien ejemplifica Los crímenes de Oxford (2008), un filme bastante menos prestigiado que el posterior, pero considerablemente más coherente con su punto de partida, y mejor contado.

Perpetuando el diapasón, La chispa de la vida  es una película inesperadamente contenida en lo formal, carente de la garra que su planteamiento pide a gritos. Tras presentarnos con una encomiable economía de medios a Roberto (José Mota) y lanzarle a esa jauría de bestias que es la alta empresa —en una introducción que funciona de maravilla porque el despiadado retrato de tipos (in)humanos se deriva de la propia situación, sin subrayados— el cuerpo central del relato se traslada de Madrid a Cartagena, y a partir de ahí encalla irremediablemente. Se encuentre o no en el planteamiento original del guionista Randy Feldman, que De la Iglesia insiste en haber hecho suyo, lo cierto es que la obligada inmovilidad del protagonista aboca a la acción a un estatismo al que un director acostumbrado al dinamismo de cámara no logra sacar partido, por más que las rupturas con el escenario principal y el continuo ir y venir de secundarios de variado pelaje se sucedan a lo largo del metraje. En el centro de todas las miradas una situación terrible rayana en lo caricaturesco, coartada para sustentar la sesgada reflexión crítica acerca de todos esos males tan nuestros, agudizados por la crisis (de valores) que nos asola desde hace años. Nada que no estuviera ya en la base de esa trilogía sobre el absurdo patrio conformada, vistas con la perspectiva que dan los años, por El día de la bestia (1995), Muertos de risa (1999) y la citada La comunidad.

 

Pero Berlanga queda lejos, y por alusiones Valle-Inclán. Y en esa suerte de gran teatro del mundo erigido en torno a la desgracia de un pobre hombre anónimo los arquetipos más representativos de la sociedad del espectáculo quedan desdibujados, aquejados de un exceso de literalidad que les resta verdadera presencia fílmica. Y no es que no se agradezca la mala baba volcada contra la clase política, los medios de comunicación o el pueblo llano, pero al acaparar un primer plano inédito hasta el momento en el cine de su director se destapa irremediablemente su corto alcance. Se diría que Alex de la Iglesia ha dado rienda suelta a su visión más desencantada de la condición humana, enfatizando esa vena esperpéntica tan suya que le acerca a grandes creadores españoles —y de otras latitudes: la deuda contraída con Billy Wilder, sin ir más lejos, resulta evidente— pero quedándose en el titular, dejándose por el camino los tonos grises. De hecho, cuando el vitriolo pasa a un segundo plano es para ser sustituido por un indigesto alegato final, afortunadamente sin apenas palabras, que linda peligrosamente con la moralina. Todos sabemos a estas alturas quienes pagan el pato de la situación económica. Filmarlos como espectadores anónimos, sentados dócilmente asistiendo al termino de la representación, resulta de un didactismo irritante.

Al igual que la sonora patada con que la doliente Luisa (Salma Hayek) manda al traste un millonario porvenir, previa renuncia a su dignidad y la de sus hijos. La chispa de la vida termina por ser una película con mensaje, de denuncia si se quiere, cuando no le hace maldita la falta. Y que dilapida precisamente por ello todas sus posibilidades de ser un gran título, a la altura de la que esta cayendo; en el haber decir que el reparto coral, como siempre en De la Iglesia, resulta de lo más convincente, lo que tiene su mérito si atendemos a la unidimensionalidad del grueso de personajes; y que José Mota sale más que airoso del difícil reto de interpretar a un personaje tan detestable como finalmente entrañable, en la línea de otros cómicos tristes que le han precedido en el cine de su director. Pero en relación a la desmadejada puesta en escena, algún plano inspirado y poco más. Y esto es lo realmente preocupante en un cineasta que, si por algo ha destacado en el pasado, es por su nervio y contundencia visual. Si esta suerte de impasse creativo es consecuencia de la sucesión de proyectos internacionales finiquitados por la falta de financiación, esperemos que algún productor avispado sume dos más dos y le ofrezca un presupuesto solvente que saque de su ensimismamiento a uno de los más brillantes creadores de imágenes de nuestro cine, que a buen seguro sabrá llevarse a su terreno. Aunque sea para rodar una secuela/remake de El día de la bestia.