Europa, patio de recreo

Guy Ritchie, como Krzysztof Kieslowski, Robert Rodríguez, James Gray o Nicolas Winding Refn, es  un cineasta sobrevalorado e infravalorado a partes iguales. Retoño socarrón y algo pedante de la posmodernidad cinematográfica tarantinizada, en su carrera audiovisual se ha entregado al persistente diseño de artefactos que, con más arrogancia que desenfado, ostentan su filiación con múltiples formulaciones de la cultura popular británica. Nada hay de extraño en que la responsabilidad de dar continuidad a la vida cinematográfica del personaje más célebre de entre los concebidos por Arthur Conan Doyle terminara por recaer en sus manos. Ya el ritmo frenético y eléctrico anunciado en el primer teaser sirvió para que un número considerable de cinéfilos de pro y presuntos admiradores y expertos en las andanzas de la singular pareja de investigadores se llevaran las manos a sus cráneos privilegiados. Desde las trincheras de la Alta Cultura, miopes francotiradores trataban vanamente de acertar a un blanco móvil que, visto tras el espeso vidrio de sus lentes no era sino un subproducto para masas adocenadas y adictas a la cultura kleenex, olvidando que Estudio en escarlata, El sabueso de los Baskerville, El problema finalEl anillo de Toth y todos los relatos y novelas que recogen las pesquisas de Sherlock Holmes no son sino elaborados objetos de entretenimiento, de irregular calidad literaria —pocos se animarán a negar que los cuentos están bastante peor escritos que las novelas— y ajenos, en principio, a cualquier pretensión sociopolítica o psicológica.

En realidad, prácticamente todos los ingredientes que conforman Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009) y Sherlock Holmes: Juego de sombras preexisten en el original literario, desde la particular metodología deductiva de Holmes hasta la tramposa resolución de los casos, siempre efectuada a través de una revelación final a partir de detalles inalcanzables tanto para el lector como para el pobre Watson, narrador de (casi) todas las historias. En la relectura que propone Lionel Wigram, adaptada al cine por Anthony Peckham, Mike Johnson y Guy Ritchie, el ingenio no reside tanto en convertir a Holmes y Watson en protagonistas de una canónica y disparatada buddy movie, sino en proponer una aproximación feroz e iconoclasta a los personajes acudiendo a elementos que ya se encontraban implícitos en las fuentes. Yo siempre he imaginado que el mismo Sherlock relataba sus aventuras, firmándolas con el nombre de John Watson para alivianar su desmedida egolatría; el punto de partida de las dos películas de Ritchie no anda muy lejos: el cineasta disocia manifiestamente al Watson narrador —entregado hagiógrafo encargado de adornar las hazañas de su amigo— del Watson personaje —que debe lidiar con el carácter insoportablemente neurótico de su acompañante—; la cámara, de esta forma, se erige en narradora indiscreta, objetiva y omnisciente, anulando la parcialidad del punto de vista del doctor. Así pues, los resultados de una perversa lectura entre líneas emergen a la superficie en las imágenes de la primera entrega: el sentido amoralmente lúdico de la actividad detectivesca de Holmes, su pueril concepción de las relaciones humanas —incapaz de tolerar que una mujer perturbe la estabilidad de ese cuarto de juegos cuya puerta reza: ¡Prohibido chicas!— y la insociabilidad derivada de una irritable e irritante personalidad.

 

El primer acercamiento de Ritchie al universo de Conan Doyle había logrado integrar la heterodoxia de la mirada —cariñosa y respetuosa a la par que salvaje y venenosa— en una desconcertante doble trama policial narrada con indudable pulso, alternando brillantes estallidos de acción y deliciosas secuencias de deducción holmesiana. El implacable racionalismo positivista del héroe echaba por tierra una maléfica trama de ecos masónicos urdida por un falso profeta, invocando así la posibilidad de lecturas nada inocentes sobre nuestra contemporaneidad. Esta segunda parte toma como épico punto de partida la colisión entre las prodigiosas mentes de Sherlock Holmes y de su archienemigo, el diabólico James Moriarty. En esta ocasión asistimos a la internacionalización de una trama que atiende a un ejercicio de revisionismo, entre cómico y siniestro, de los acontecimientos que precedieron a la Primera Guerra Mundial. No nos encontramos con una batalla del Bien contra el Mal, sino ante la pugna de dos inteligencias igualmente voraces, turbulentas e insaciables, sólo que una de ellas aspira a alcanzar el Poder Absoluto y la otra simplemente a demostrarse superior a su adversario.

Desgraciadamente, los resultados no están a la altura del estimulante planteamiento. Pese a la notoria acentuación de la vis cómica del dúo protagonista, el director británico se limita a confiar perezosamente en la efectividad de la receta previamente utilizada; el libreto, a cargo del matrimonio de guionistas Kieran y Michele Mulroney, es una clara muestra de ineptitud narrativa y de una lamentable indefinición de intenciones, problemas que no llegan a ser subsanados ni siquiera en un desenlace pretendidamente intenso —cataratas mediante—, pero tan  insustancial como el resto del conjunto. Si Sherlock Holmes (2009) fue el digno fruto de un habilidoso ejercicio de malabarismo con el legado de Conan Doyle,  los responsables de la película han optado, en esta ocasión, por desligarse manifiestamente de la obra del escocés, hiriendo de muerte un producto vacuamente referencial, acomodaticio y conformista.