Telas de araña

En un mundo perfecto, nuestro hogar junto a nuestro cuerpo serían las últimas fronteras a traspasar por parte del terror externo, del invasor que desea perturbar el status quo de la cotidianeidad habitual que desempeñamos. No es de extrañar que en los convulsos tiempos que vivimos,con hipotecas predestinadas a atar nuestras vidas con cadenas de cemento, el cine de género haya tratado de acrecentar nuestros miedos atávicos hacia la violación de las distintas barreras artificiales creadas contra el invasor. Películas como Mother´s day  (Darren Lynn Bousman, 2010), Secuestrados (Miguel Ángel Vivas, 2010) o incluso La cuarta fase (The fourth kind, Olatunde Osunsanmi, 2009) clarifican una tendencia del fantástico hacia la profanación de lo más sagrado dentro del núcleo familiar. El mal que nos acecha ya no se oculta entre las sombras del bosque de las afueras, sino que espera agazapado deleitándose con los recuerdos de nuestro último viaje familiar a Disneyland París.

Seguramente en ese mismo mundo perfecto imaginario, la obra de Marcus Dunstan y Patrick Melton merecería algo más que un pie de página o una nota para reseñar su filmografía. Regeneradores de las nuevas formas de terror americanas post generación Splat Pack y criados en las catacumbas de aquel Project Greenlight auspiciado a ocho manos entre los Weinstein,Matt Damon y Ben Affleck, fueron capaces en la trilogía Feast (John Gulaguer, 2005-2009) de subvertir los términos de los habituales productos Dimension derivados del éxito de producciones recientes y convertir en la aproximación occidental más cercana al surrealismo miikeano o de comprender que el agotamiento narrativo de la saga Saw no dejaba otra que explorar nuevos caminos narrativos ya sea a través de las exploraciones del espacio-tiempo, — Saw IV (Darren Lynn Bousmann, 2007) — la crítica hacia la administración Obama, — Saw VI (Kevin Greutert, 2009) — o la reflexión introspectiva hacia los propios fundamentos de la franquicia — Saw VII 3D (Saw 3D, Kevin Greutert, 2010). Indispensables para conocer los mecanismos del ultimísimo cine de terror americano, que sin embargo, permanecen en el anonimato en un panorama actual donde las máscaras autorales y las selecciones de festivales acaban decidiendo de lo que se tiene que hablar y de lo que no, por eso no es de extrañar que The Collector se estrene entre nosotros con más de dos años de retraso. Definitivamente vivimos en un mundo imperfecto.

Conociendo los precedentes, lo extraordinario es que el debut de Dunstan en la dirección hubiese sido una obra convencional dentro del fantástico. Asesino y director tejen una tela de araña donde tanto espectador como el protagonista Arkin convergen en un escenario imposible del que escapar. Durante prácticamente los primeros 40 minutos de metraje, el sonido diegético actúa como narrador principal en lo que supone ya no sólo una rotura con los preceptos principalmente visuales del torture porn, sino un avance de lo que sería su siguiente trabajo, el muy serlingniano cortometraje The Candidate (David Karlak, 2010) donde la palabra es el motor transmisor del miedo. La violentación de las reglas del género por parte de realizador y guionista llega a tales extremos que la introducción de un gato doméstico o el descubrimiento de una de las víctimas del coleccionista rememoran más a una bizarra y pesadillesca versión del Solo en casa (Home Alone, Chris Columbus, 1990) con gatos que son despellejados y partidos por la mitad y cuerpos inertes que son utilizados como arietes para abrir puertas. Ni siquiera el retrato del psycho killer es convencional dentro del entramado creado por el binomio responsable de las 4 últimas entregas de Saw, es el mal en estado puro, sin explicación razonable o pausible, no sólo ya busca aniquilarnos, sino si somos los suficientemente interesantes, coleccionarnos, desposeernos de cualquier rasgo de identidad propia, negarnos como personas y pasar a convertirnos en objeto de placer para el ajeno. Si no es la encarnación total del mal absoluto, se le parece bastante. Quizás incluso haya algún valiente que se haya atrevido a ver The Collector como la fábula inmobiliaria definitiva siendo esa casa llena de trampas nuestra propia tela de araña con un depredador presto a coleccionarlos y pasar a por la siguiente familia.