Ni biografía ni política

Convertir la apasionante biografía de una de las personalidades femeninas más fuertes y poderosas de la Historia en un desapasionado relato sobre una anciana lloriqueante y senil que extraña la presencia de su marido posee, sin duda, un mérito notable. Pero no la clase de mérito que algunos valoramos en un filme. Ni como biografía, ni como cine político, ni siquiera como drama o melodrama… la cinta no funciona de ninguno de los modos posibles. Pensará el lector que poco cabría esperar de Phyillida Lloyd (Bristol, 1957), la directora de una representación operística para televisión (Gloriana, 2000), y de un divertido pero pedestre musical (¡Mamma Mia! La película, 2008). Y es cierto, pero la presencia de Meryl Streep incorporando a Margaret Thatcher y la valiosa materia prima (histórica, ni siquiera había que inventársela), facilitaban pensar en una obra más presentable.

Es verdad que todo relato biográfico sobre una figura política controvertida puede aspirar a poca valentía: sencillamente, muchos de ellos jamás encontrarían financiación (ni permiso) si afrontaran de lleno la dolorosa verdad histórica. Es cierto también que un filme con aspiración mayoritaria (comercialmente hablando), está obligado a difuminar todas aquellas aristas políticas y éticas menos superficiales. Pero no es menos cierto que, además de haber excepciones en ambos casos, siempre es exigible, al menos, un mínimo sentido de la narración y un cierto compromiso con la verdad. Y más, en los tiempos que corren.

No es admisible, por ejemplo, firmar una película sobre Margaret Thatcher en 2011 y no dejar meridianamente claro —o, al menos, apuntado— que fue una de las constructoras más apasionadas y decididas del modelo político y económico neoliberal que ha conducido hasta la situación crítica en la que medio mundo vive hoy. Por otra parte, bajo la excusa de la tan manida humanización del personaje público, se reconvierte ridículamente una personalidad rocosa y férrea en la de una mujer frágil y emocional.

El primer error es querer abarcar prácticamente toda la vida de Thatcher (adolescencia —interpretada por una interesante y esforzada Alexandra Roach—, madurez y vejez). No sé si a alguien le importa la Thatcher anciana y si alguien quizá pueda encontrar algún interés histórico en la más joven, pero tratar de sintetizar en poco más de hora y media una narración sólida sobre todo eso, sin perder pie en la dramatización de la Thatcher política por la que la mayoría nos metemos en el cine, se antoja misión imposible. El segundo problema es que cada una de las partes está construida en torno a un leitmotiv narrativo sobre el que el filme gira de manera incesante, sin trabar un relato que, verdaderamente, avance y enriquezca el personaje principal (lo único, por supuesto, que existe en la película: olvidémonos de los secundarios o de las posibles subtramas). El guión se empeña en convencernos de la determinación e independencia de la Thatcher adolescente, de la beligerancia (introspectiva, eso sí, para justificarla) de la política adulta, y de la nostalgia enloquecida de la Thatcher anciana. El problema es que estamos convencidos desde el primer plano y diálogo en los que los conceptos se manifiestan y… todos los demás… sobran. Lo cual nos coloca ante una extraña paradoja, que habla terriblemente de guionista y directora: ante una historia que hubiera necesitado cuatro horas para ser bien contada, el resultado final arroja la triste realidad de que le sobra la mitad de los 105 minutos que dura. Podríamos seguir así varios párrafos más.

¿Qué podemos salvar de La dama de hierro que justifique pagar una entrada de cine? El lector se lo está imaginando y, aunque sea ya un tópico extendido, es indiscutible: el trabajo de Meryl Streep (y el de la caracterización correspondiente, ambos complementarios y necesarios). Streep navega con fiereza y precisión por entre la mediocridad de un guión que era una trampa mortal y por entre la complejidad de un personaje que, ella y sólo ella, había comprendido. El resultado es un perfil que aporta algunos de los matices que le faltan al relato (la crudeza, en su mirada, por ejemplo) y ayuda a hacer mínimamente creíble —mínimamente— que estamos presenciando la vida de una estadista. No es suficiente para que la película se dignifique, pero ayuda en la digestión.