Atmósferas

Los aficionados al cine de terror echábamos de menos un título de las características de La mujer de negro (The Woman in Black. James Watkins, 2012), que sin descubrir precisamente la pólvora sí atesora todas y cada una de las bondades que posibilitaron en el pasado, y siguen haciéndolo en el presente, el anhelado escalofrío. Asumiendo que al grueso de los mortales nos atraen las emociones límite, con el miedo en primer término, parece claro que el confortable marco de una sala de cine —o la intimidad de nuestros hogares— resulta de lo más adecuado para propiciar toda suerte de experiencias vicarias terroríficas, esas que, a priori, pocos desearían vivenciar en primera persona. Él éxito que ha acompañado al género desde las primeras obras de época silente se explica así por ese vértigo a lo desconocido que impele a los atribulados héroes y heroínas de estas historias a subir la angosta escalera para averiguar, so pena de renunciar a su mermada cordura, quien o que emite esos prolongados lamentos; y a nosotros, acongojados espectadores, a no apartar la mirada de la pantalla.

Si un mérito atesora esta producción Hammer Films —la primera desde su reciente refundación que se propone con acierto revalorizar el legado de sus títulos más señeros— es su esmerada consecución de una atmósfera enrarecida, desasosegante y malsana, que a sotto voce termina por enseñorearse del relato, enturbiando el espíritu del apesadumbrado Arthur Kipps (Daniel Radcliffe), a la sazón prototípico extraño de pasado trágico que llega a un pueblo de grises perpetuos donde la aparente calma esconde, por descontado, un sin fin de oscuros secretos. Pese a que la sensación de déjà vu está presente en todo momento, el habilidoso uso de las convenciones narrativas que la guionista Jane Goldman rescata de la novela homónima de Susan Hill posibilita un progresivo deslizamiento hacia el horror, que desde los primeros compases de la película —un bellísimo prólogo tan poético como terrible, la llegada del protagonista a una desolada localidad donde todo son actitudes hoscas y miradas aviesas— hasta los estallidos de terror puro, circunscritos en su mayoría al enorme casón victoriano de rigor, se articulan en un logrado crescendo de cualidades sinfónicas.

Siguiendo con la metáfora musical, El realizador James Watkins se erige en inspiradísimo director de orquesta, sacando el máximo partido a los diferentes apartados artísticos y técnicos mediante el recurso a una puesta en escena clásica, de deliberada filiación añeja, que en todo caso no renuncia al montaje corto y el primer plano en los momentos más potentes, dosificando sabiamente los inevitables golpes de efecto visuales y sonoros, más un producto de la tensión acumulada que acomodaticio fin en sí mismo. Lo que consigue así el cineasta británico es insuflar en el espectador un estado de ánimo, entre melancólico y terminal, parejo al que refleja el cerúleo rostro de Daniel Radcliffe, trasmutado su personaje en espectro vivo, doliente, sin más motivación vital aparente que averiguar los secretos que esconden las sobrecargadas estancias de una mansión literalmente impregnada de maldad. Férreamente adscrita a las coordenadas del terror gótico, el aparato estético de La mujer de negro remite con acierto a todas aquellas obras anteriores —de Suspense (The Innocents. Jack Clayton, 1961) a Alien el octavo pasajero (Alien. Ridley Scott, 1979), sin ir más lejos— en las que el tratamiento perturbador del espacio arquitectónico nos confronta, inevitablemente, con nuestros temores más ancestrales.

Hablamos del terror atávico ante aquello que se oculta tras el velo de la oscuridad y la muerte, y que al manifestarse entre nosotros avoca al que lo padece a la locura y el sufrimiento: la plasmación visual de la vengadora de ultratumba que da título al filme, en abierta oposición a la blancura de su condenada cohorte de almas infantiles alude a la consabida dialéctica Bien-Mal, convertida la pérdida de la descendencia en súmmum de todos los males. Una interesante relectura de esta temática-matriz cuyas resonancias estilísticas se dejan sentir a lo largo de todo el metraje, contribuyendo a dotar del mayor interés a esta excelente pieza de género, sobrada de talento para atemorizar al respetable sin tomarle por imbécil.