Tragos amargos, mirada dulce

En 2006, tras la estimulante aunque irregular Entre copas (Sideways, 2004), Alexander Payne dirigió el último y mejor episodio de la película grupal Paris, je t’aime (2006). En 14e arrondissement.  Payne consigue una obra maestra en breves minutos al retratar con ironía una auténtica turista yanqui, que no sabe leer el código europeo y toma todo por auténtico, para, pocas secuencias más adelante, mimarla y conseguir que el espectador simpatice con el personaje. Después de poner en evidencia a la turista, que se pretende a sí misma connaisseuse de las bellezas de Paris y acaba comiendo hamburguesas, Payne nos revela su contexto y su entorno a través de unas notas escritas por ella, haciéndonos sentir incómodos si insistimos en burlarnos. A continuación, la turista vivirá una suerte de epifanía y Payne tiene el talento suficiente para que la compartamos con ella.

Sirva esta larga referencia a su obra anterior, y también el lapso transcurrido sin dirigir un largometraje, para, por una parte, revelar el interés con el que esperaba la nueva película de Alexander Payne como, por otro lado, para referir el talento de su autor para tratar a sus personajes, acèrcandoles al espectador con sus glorias y sus miserias. Porque Payne es un autor de personajes y, en el caso específico de Los descendientes, tiene la capacidad de recrearlos (la cinta es una adaptación de una novela escrita por una autora hawaiana) haciéndolos suyos, haciéndolos nuestros. Con un estilo que rehúye las estridencias, el director de Omaha va mirando de soslayo a Matt King (George Clooney) y va permitiéndonos apreciar diversos aspectos de su carácter.

It just happens, comenta un personaje a Matt King en una discusión. Las cosas suceden porque sí. No hay motivo aparente. Y, sin embargo, la película de Payne parece desmentir tal afirmación. Si más no, parcialmente. Pues si bien el accidente de la esposa de King no tiene motivo o razón, las consecuencias que tendrán lugar cambiarán el destino de Matt, de sus hijas y de muchas más personas. El azar interviene en la vida para obligarnos a tomar decisiones que no habríamos tomado en otras circunstancias. O, al menos, es lo que sucede a King, un personaje que inicialmente se revela como un cobarde retraído, que se revuelve contra las acusaciones de tacañería (“da suficiente dinero a tus hijos para que hagan algo, pero no tanto como para que no hagan nada”) reivindicando el trabajo como manera de vida cuando podría vivir de rentas. El terrateniente que no se ha preocupado de familia ni de propiedades deberá, por primera vez en su vida, interesarse por algo más allá de su cuerpo físico. Los descendientes adquiere por ello el tono de un cuento moral. La historia de un personaje neutro, más egocéntrico que egoísta, voluntariosamente ajeno a lo que a su alrededor sucede, que se ve abocado a mirar hacia fuera. Y que verá, en esta mirada, una serie de situaciones, una serie de verdades, que le desagradan pero que le obligan a reaccionar. Payne presenta a King como “un corazón en peligro”. Supuestamente más allá del bien y del mal gracias a sus riquezas, pero también por el intérprete que lo encarna. Payne y un inspiradísimo Clooney componen un tipo desorientado, zarandeado por sus irascibles hijas, por una suerte de yerno impresentable, por un suegro rudo y desagradable y por una situación que ignoraba y que ahora le supera. Rememorando más que nunca a los personajes encarnados por Cary Grant, Clooney se presenta en diversas secuencias como lo opuesto del galán esperable: desaliñado, desgarbado, dubitativo y blando. Su búsqueda del supuesto amante de su mujer, aun bordeando la farsa, se mantiene en el límite de lo verosímil y alcanza su clímax en el descubrimiento de varias verdades dolorosas. Los actos tienen consecuencias. Por ello, entre el dolido pero molesto monólogo inicial con su mujer comatosa y la última despedida, rebosante de ternura y comprensión, Matt King sigue un proceso de responsabilización. Una responsabilización que le permite adquirir dignidad para ser reconocido ante sus hijas y para tomar decisiones ante sus familiares. Payne (e, insisto, Clooney) lleva a King del pelele que corre carretera abajo, desmadejado, perdiendo las zapatillas, al terrateniente que toma una decisión plenamente asumida sobre la posesión de la cuál es máximo responsable. Del marido cornudo que espía al amante de su mujer desde detrás de un seto, al hombre sabio que puede escuchar y dar respuesta a dos adolescentes perdidas o a una mujer engañada. Y, todo ello, con elegancia. Con el estilo nada acomodaticio que utilizaran McCarey o Minnelli en algunas ocasiones, con la sonrisa ante las situaciones más duras y la distancia con aquellas situaciones que revelan nuestro ridículo. Más allá de la exquisita construcción del guion y los diálogos, la mirada de Payne hacia sus personajes en los momentos de dolor, nos revela la misma empatía que nos hizo sentir con la turista de París. El atisbo, a través de una puerta entreabierta, de cómo el suegro se despoja de su máscara de rudeza, el grito ahogado de la hija en la piscina al recibir la información sobre su madre, la mirada perdida de King ante la amiga que maquilla, con más estupidez que desconocimiento, un cuerpo próximo a la muerte. Con discreta elegancia en la puesta de escena, Payne nos revela, respetando personajes y facilitando la empatía, la futilidad de tantos y tantos actos de nuestra vida. Y, aun así, manteniendo el optimismo y aproximando la modernidad al clasicismo.