Volver a empezar

La idea para reflotar los legendarios Muppets de Jim Henson, cuyos derechos pertenecen a Disney desde la pasada década, fue presentada al estudio por Nicholas Stoller y Jason Segel el mismo año en que estrenaron Paso de tí (Forgetting Sarah Marshall, 2008), dirigida por el primero, escrita y protagonizada por el segundo. En aquella comedia, una de las mejores muestras cinematográficas de la década dentro del género, el protagonista exorcizaba sus aflicciones poniendo en escena un apoteósico Drácula musical con títeres. Para estos Muppets versión 2011, la pareja de guionistas propone un ejercicio de nostalgia que reivindica el entretenimiento artesanal y la tradicional (en los Teleñecos y en la comedia estadounidense) combinación entre canciones y humor.

Walter, marioneta criada en el seno de una familia humana, emprenderá un viaje de la mano de su hermano Gary (Segel) y la novia Mary (Amy Adams), con la intención de llegar a conocer en persona a sus héroes televisivos, unos Muppets ya disgregados como grupo. Resulta particularmente loable el modo en que, a través de Walter (que no deja de ser un objeto, después de todo) el film logra transmitir la profunda emoción de quien ha logrado cumplir el sueño de verse rodeado de sus ídolos de la infancia, algo extrapolable a la situación del propio Segel, admirador confeso de los Muppets desde hace años y, al fin, parte activa de una de sus ficciones. El argumento, que se  fundamenta en el rescate de los célebres personajes de sus respectivos paraderos para reunirlos en un show final, remite al de su estimulante y muy reivindicable primer film, La película de los Teleñecos (The Muppet Movie, James Frawley, 1979), del que recupera a Kermit interpretando la canción Rainbow Connection, himno por excelencia al tiempo que declaración de intenciones del programa.

Sin duda la mayor aportación que la nueva versión trae consigo pasa por la reconquista de la autonomía argumental para la saga, emplazando de nuevo a los Muppets en el centro de la historia. En ese sentido, sucede algo similar a lo que acontecía con los hermanos Marx, que siempre brillaban a mucha mayor altura cuando acaparaban (llevándolas al delirio) las tramas principales del film, en lugar de servir de complemento cómico a mecánicos y previsibles guiones protagonizados por otros actores. Volviendo a The Muppets, consigue desmarcarse de productos como el anterior largo de su filmografía, producido para televisión, The Muppets’ Wizard of Oz (Kirk R. Thatcher, 2005), donde devenían poco más que comparsas de la cantante Ashanti, por mucho que contasen con la presencia de Quentin Tarantino como coartada invitada. Por otro lado, y aunque el mismísimo Frank Oz, que preparaba su propio proyecto para un nuevo Muppet-film, se haya desmarcado públicamente de la propuesta de Stoller-Segel-Bobin (negándose asimismo a prestar su voz a Miss Piggy o Fozzie Bear), lo cierto es que ésta logra reverdecer la querencia de la saga por el guiño autoconsciente, el cameo y el (auto)reciclaje. En definitiva, consigue reactivar todas las virtudes que han situado a los Muppets en un punto que equidista tanto de la melifluidad que abunda en los productos Disney, como de la irreverencia transgresora de los Looney Tunes de la Warner. Y este reseteo la sitúa por encima de otros títulos, incluso algunos producidos por el propio Oz, como Los Teleñecos en la isla del tesoro (Muppet Treasure Island, 1996), otra reformulación de un argumento ajeno, en este caso de la celebérrima novela de Robert Louis Stevenson, o The Great Muppet Caper (1981), una cinta estéticamente mal envejecida que en ningún momento logra alcanzar el tono chispeante de su predecesora.

Entre sketches y números de variedades enlazados a ritmo vertiginoso (ojo a las desopilantes versiones de Smells Like Teen Spirit de Nirvana y Fuck You/Forget You de Cee Lo Green), la película desliza agudos comentarios sobre los entresijos del mundo de la farándula, donde los artistas a menudo pierden el control sobre sus creaciones sin poder evitar ver cómo son exprimidas por mercaderes sin escrúpulos. Por otra parte, y a través de la relación de Gary con su hermano y su novia, el film también reflexiona sobre la dificultad para conciliar la vida familiar con las relaciones sentimentales. Todo ello rodeado de una atmósfera en la que el predominio de la luz y el optimismo es abrumador. ¿Sobredosis de felicidad, dados los tiempos que corren? Es posible, pero ¿acaso no se impostaban semblantes risueños en musicales añejos que hoy son considerados casi unánimemente como clásicos?