La fragilidad de un mito

Existieron muchas Marilyn, pero el estereotipo que triunfó fue el de rubia tonta; una muchacha ingenua de buen corazón, a menudo inconsciente de su abrasador atractivo sexual. Cuando los productores, guionistas y directores de Hollywood encontraron aquel filón de oro puro y curvas de infarto prefirieron aprovechar su lado más frívolo, hasta convertirlo en un icono inalterado por el tiempo y transmutado en mito del siglo XX gracias a su trágica y prematura muerte en 1962, aún envuelta en el más oscuro de los misterios. Desde entonces, decenas de libros y películas han intentado hallar respuesta a la persistente incógnita que aún queda por desvelar: ¿quién era verdaderamente Marilyn Monroe? ¿Era la promiscua y superficial actriz o poseía un alma atormentada en busca de consuelo? ¿Era una intérprete dotada de un inmenso talento natural o una preciosa y caprichosa muñeca con la que los directores jugaban a su antojo?

A estas preguntas pretende responder Mi semana con Marilyn sin llegar a encontrar la inasible verdad. Sin dejar de lado su tono de entretenimiento ligero, el filme esconde en sus nítidas trazas de edulcorada comedia romántica unas cuantas dosis de ese mismo magnetismo que Marilyn desprendía, gracias en gran parte al trabajo superlativo de Michelle Williams. La acción se sitúa en 1957, cuando Laurence Olivier (Keneth Branagh) invita a Monroe a Inglaterra para que actúe a sus órdenes en El príncipe y la corista (The Prince and the Showgirl). La película adopta el ingenuo punto de vista del veinteañero Colin Clark (Eddie Redmayne), por aquel entonces tercer ayudante de dirección de Olivier, cuyas memorias son la fuente de inspiración de esta tranche de vie. Por aquel entonces, Marilyn, recién casada con Arthur Miller y permanentemente vampirizada por una cohorte de agentes, asesores y aduladores profesionales, es una bomba de relojería a punto de estallar: enfrentada a sus propias limitaciones como actriz y a su patológica inseguridad, chocará con las distinguidas formas del disciplinado Sir Laurence Olivier, incapaz de comprender los resortes necesarios para conseguir que la actriz acuda puntual al rodaje y dé lo mejor de sí misma. La película es también testigo de la confrontación entre dos estilos de interpretación, por un lado el Método Stanislavski popularizado en Hollywood por Lee y Paula Strasberg, en los que Marilyn confiaba a ciegas para aprovechar su turbulento pasado, y por otro la escuela teatral de Olivier, curtido en mil y una representaciones de Shakespeare. Quizá lo que más diferencia a ambos personajes son sus intenciones con respecto a lo que debía suponer El príncipe y la corista, cuestión a la que da respuesta uno de los diálogos más brillantes de la película: “Es una agonía porque él es un gran actor que quiere ser una estrella del cine y tú eres una estrella de cine que quiere ser una gran actriz. Esta película no os ayudará a ninguno de los dos”, le dice Colin Clark a una desesperada Marilyn Monroe, incapaz de sobreponerse a las severas reprimendas del actor inglés.

El director Simon Curtis, responsable de varias series y películas de televisión, y el equipo técnico en su mayoría procedente de la BBC, dotan a la película de un ritmo y unas cualidades técnicas cuasi-televisivas en el buen sentido, sobre todo teniendo en cuenta la apuesta de la cadena inglesa por las series de calidad. Mi semana con Marilyn, después de un innecesario y algo hortera número musical previo a los créditos, tarda un poco en coger el ritmo adecuado, pero cuando lo consigue, cada secuencia responde de forma orgánica al conjunto y, lo que en principio parece una luminosa y superficial sucesión de anécdotas de rodaje va tornándose, a medida que descubrimos la fragilidad del mito, en un melancólico retrato de la estrella del cine más famosa de todos los tiempos. También es la crónica del primer amor del muchacho, de la candidez que le lleva a pensarse imprescindible en medio de un traumático rodaje y a creerse capaz de curar con su sola presencia a la diosa del celuloide de sus innumerables traumas, neurosis e inseguridades.

Michelle Williams logra superar el gran escollo que toda interpretación de un icono conlleva, esa irreprimible tentación de llegar al personaje por medio de la mera imitación o cayendo en la caricatura. Para eso y para llevarse el Oscar ya está Meryl Streep. Williams, que ya había dado muestras de su talento en Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) y Blue Valentine (Dereck Cianfrance, 2010)  es la que consigue que en Mi semana con Marilyn sintamos a la vez lástima y atracción por la desvalida rubia platino, ella es la que consigue transir la pantalla para hacer llegar la emoción al patio de butacas. Para explicar el singular hechizo que producía su presencia frente a la cámara, nada mejor que la penúltima secuencia de la película, cuando Olivier y Clark observan, fascinados, una toma de la película en la que Monroe/Williams baila, todo inocencia y seducción. Sin embargo, para (re)descubrir de verdad a Marilyn y saber quién fue esa actriz que conmocionó a la sociedad de los años 50 con su arrebatadora presencia, el mejor consejo posible es volver a ver (o descubrir por primera vez, ¡quién pudiera!) algunas de las grandes películas en las que participó. Porque, a pesar de su pertinaz encasillamiento, Norma Jean consiguió labrarse una carrera extraordinaria, desde sus inicios en La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, John Huston, 1950) o Eva al desnudo (All About Eve, Joseph L. Mankiewicz, 1950) hasta su consagración en la comedia de la mano de Howard Hawks y, sobre todo, Billy Wilder con La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955) y Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959).