Crónica de un partido

Primera entrada: Vencedores en la derrota

Pan y circo, aquel plan que con tanta sabiduría supo ejecutar Julio Cesar y que en la actualidad ha sido perfeccionado hasta unos niveles donde el pan nos ha sido sustraído de la mesa y hemos pasado a dejar de observar lo que sucede en la arena para contemplar obnubilados las gradas. A riesgo que Juvenal se atreva a contradecirme, los deportistas como gladiadores modernos se han convertido en las únicas muescas de opio que se nos permite fumar para evadirnos.

Seguramente ninguna crónica o documental ha recogido tan bien las pulsiones actuales de Estados Unidos como nación como lo ha hecho el recopilatorio ESPN 30 for 30, donde en su gran mayoría y salvo excepciones de carácter localista, se recogen las muestras de un país en descomposición donde los vencedores son desposeídos de cualquier halo de invulnerabilidad y observados desde el prisma de sus días más oscuros y los derrotados son elevados al altar de los pioneros que se sacrificaron por un ideal. Por cuestiones meramente empáticas con el baloncesto me gustaría resaltar el díptico sobre la victoria y la derrota que supondrían las piezas Guru of Go (Bill Couturié, 2010) y Jordan Rides the Bus (Ron Shelton, 2010) sobre Paul Westhead y Michael Jordan, reflejos sin quererlo de los modelos de perdedor y triunfador del American way of life.

Segunda entrada: Underdogs y Americana

El cine americano ha cambiado su manera de enfocar las adaptaciones de relatos deportivos. Si bien es cierto que la figura del underdog sigue siendo una constante, también esa misma figura empática se ha ido desplazando hacia periferias no sólo de la sociedad, sino fílmicas. El perdedor ha pasado a ser utilizado en relatos de la América profunda y exhausta repleta de deportes donde la violencia es un ente catártico. Películas como El luchador (The Wrestler, Darren Aronofsky, 2008), Warrior (Gavin Hood, 2011) o incluso Acero puro (Real Steel, Shawn Levy, 2011) han utilizado la figura del deportista de contacto de élite para trazar un retrato de una nación rota por desunión familiar y el fracaso.

Deportes puramente americanos como el fútbol o sobretodo el béisbol, encarnado como la representación pura de los valores fundacionales norteamericanos en novelas como Cualquier otro día de Dennis Lehane, han sido apartados hacia las sombras del pasado. Que el béisbol haya pasado de estar representado por Gary Cooper, Robert Reford o James Stewart a Danny McBride da buena muestra de los territorios a los que se enfrenta la actual representación catódica del deporte.

Tercera entrada: Generación perdida

Nos prometieron el cielo. Si éramos listos, aplicados y permanecíamos dentro del sistema, todas las puertas se nos abrirían a nuestro paso. La realidad ha sido bien distinta, somos la generación Billy Beane. Nos traicionaron, pero sobretodo nos traicionamos a nosotros mismos creyéndonos primera ronda, cuando en el fondo no fuimos más que relleno en el draft. Nuestro pasado determina quienes somos y aquella traición inconsciente nos obliga a reinventarnos o morir en el intento.

Cuarta entrada: Lidiar con la derrota

De la misma manera que deportes que ayudaron a la fundación de la cultura norteamericana han acabado siendo eliminados de la representación cinematográfica, la concepción de la victoria ha acabado por ser borrada de nuestro presente. El triunfo resulta demasiado lejano para ser llamativo, el nuevo paradigma consiste en la representación de la derrota como sinónimo de la subsistencia diaria. Es necesario ser pioneros en el fracaso contra el sistema para crear ejemplo, lanzarse continuamente contra una pared para poder realizar un agujero sobre el que otros puedan continuar perforando.

Quinta entrada: La pantalla digital

Bennett Miller como Fincher y otros cineastas contemporáneos entienden que la realidad no puede ser filtrada de una manera tradicional. La única realidad que actualmente conocemos es aquella que nos llega a través de una pantalla. Nunca una imagen fue tan precursora como aquella en Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves, 2008) donde los protagonistas acudían a la televisión para averiguar lo que estaba ocurriendo en vez de encauzar sus pasos hacia la calle donde acontecían los hechos. No es de extrañar entonces, que una película que apuesta por la extrapolaridad del pasado hacia la actualidad ofrezca el momento clave de una película a través de un ordenador. Somos tan perdedores que nunca sabremos cuando hemos ganado realmente.

Sexta entrada: El creador contra su obra

Billy Beane y Truman Capote, dos figuras en la soledad que acabaron siendo devorados por la sombra abismal que proyectaron. Los protagonistas de las dos únicas películas de Bennett Miller, son seres que vagan en la indefinición, personajes que buscan constantemente una fuga de su pasado y acaban siendo absorbidos por el mismo una vez finalizadas sus obras. Si Capote nunca fue capaz de superar A sangre fría, Beane acabó siendo sepultado por su propio legado estadístico. Sí, aún sigue intentando ganar el último partido de la temporada como indica la película, lo que se oculta, deliberadamente o no, es que en un cruel giro del destino su política de contrataciones ha estado basada en el reclutamiento de jugadores de instituto, sin previo paso por las universidad, tal y como él hiciera en su fracasada carrera como jugador. Trayectoria de obra y creador paralela a la del propio Miller, quien ha acabado siendo engullido por sus dos películas y por sus dos actores protagonistas y al que no sólo se le reniega cualquier capacidad discursiva sino que se le reprocha haber dirigido publicidad para una conocida marca de café. Nuestro pasado siempre aparece para golpearnos con fuerza.

Ya lo dice la sensacional coda final en forma de canción cantada por la hija de Willy Beane con la que se cierra la película… somos tan perdedores que somos incapaces de disfrutar del espectáculo. Moneyball: Rompiendo las reglas (Moneyball, Bennet Miller 2011) es mucho más que un relato deportivo, es la crónica de una sociedad incapaz de quererse a sí misma, que sin embargo no se entrega a morir aplastada sin tener una última oportunidad para luchar.