¿Quién quiere enrollarse con mi hijo?

Uno de los signos inequívocos de que te estás haciendo mucho más mayor de lo que te gustaría es lo absolutamente irritante que empieza a resultarte el comportamiento de los adolescentes que te rodean. Porque, desengañémonos, aunque nos quedemos a gusto soltando sentencias lapidarias como «En mi época no nos comportábamos así» o «Si es que no sé dónde vamos a llegar», la realidad es que en esta etapa tan conflictiva de la vida humana –y que, como bien dijo, creo, George Bernard Shaw, se cura con los años–, ninguno de nosotros era tan diferente a esos jovenzuelos que pululan por la red de metro sosteniendo su móvil en el aire para que todos escuchemos su (en general, malísima) música. Creedme. A mí también me gustaba pensar que lo mío era diferente, que en nuestra generación vivíamos la adolescencia de otra manera, pero Francesc Escribano me tiró el mito por los suelos con una miniserie documental para Televisió de Catalunya llamada Generació D, y que os recomiendo fervientemente. Eso sí, preparad una silla y una botella de ginebra, porque la imagen (real) que da de la generación de los 70 es, tristemente, muy, muy parecida a todo aquello que criticamos en los jovenzuelos de la actualidad: superficialidad, desconocimiento de la historia del país, desinterés hacia la realidad política… Esa adolescencia idealizada, equilibrada y sana que hemos reconstruido en nuestra cabeza, amigos, está afectada por las teen movies de John Hughes y similares. Jamás llegó a existir.

Todo esto viene a colación —porque, sí, puede parecer mentira pero tiene una justificación— porque The French Kissers (Le beaux gosses, 2010) es una perfecta extensión cinematográfica de la obra comiquera de su director y guionista, Riad Sattouf, que con álbumes como Diario de un pajillero o La vida secreta de los jóvenes se había convertido en uno de los retratistas más certeros, y a la vez menos románticos, de los adolescentes franceses de la actualidad. De hecho, el dibujante de origen sirio se infiltró en un instituto de secundaria parisino para relatar la (traumática) experiencia en su Retour au collège, lo que seguramente le permitió acumular suficiente documentación, y observar bastantes comportamientos en vivo como para asumir su salto a la gran pantalla, precisamente, como una especie de antítesis a la idealización a lo Hughes que acostumbra a vendernos la industria hollywoodiense —a lo que, para qué negarlo, también contribuyó Papá Truffaut con su muy manipuladora, en el mejor de los sentidos, Los 400 golpes (Les quatre cent coups, 1959)—. Los adolescentes que aparecen en la ópera prima de Sattouf son tan desagradables y tan gilipollas como aquellos con los que nos cruzamos en la vida real, auténticos hervideros de hormonas que les hacen estar llenos de granos —de ahí que optara por intérpretes con poca o ninguna experiencia actoral, y de la misma edad que sus personajes, en lugar de los adonis veinteañeros de otro tipo de producciones— y a la vez de sueños, y que les empujan a perseguir las faldas y a matarse a pajas de igual manera que les dificulta compensar la necesidad de cariño y de comprensión que oculta su comportamiento hostil hacia los adultos.

Habrá quien se queje de que en The French Kissers no pasa gran cosa. Que sólo va de un adolescente que persigue a una chica (y la acaba encontrando), de sus relaciones de amistad, de su descubrimiento del amor y del sexo, y cómo a veces ambos no están relacionados… Nada excesivamente trascendental, es cierto, y ni mucho menos tan comprometido social y políticamente como, por poner un ejemplo más o menos cercano, el cine de los Hermanos Dardenne. Pero a ver, pongamos las cartas sobre la mesa: en realidad, ¿qué es la adolescencia para la mayoría de nosotros? ¿Un camino de trascendencia que nos hace descubrir los sinsabores de la vida a través de un trayecto de autoconocimiento? ¿O un montón de aventurillas de tres al cuarto a las que le damos una dimensión más importante de la que en realidad tienen, y que en general giran en torno al amor, al sexo… y al amor y al sexo? Pues eso es, literalmente, lo que Sattouf refleja en la gran pantalla, el día a día de unos adolescentes que, como todos, siguen pensando con sus partes (menos) nobles, y que cuando pasen unos cuantos años, como nos ha pasado a nosotros, olvidarán quienes fueron y se cagarán en los jóvenes de su propia época. Desde luego, hay que reconocerle al director francés que no cede a la tentación de reírse en exceso de sus personajes —y eso que le dan muchas posibilidades de ello—: aunque los retrata con notable retranca, también deja entrever un cierto cariño, una mínima dosis de comprensión hacia ellos que ayuda a humanizarlos, a que empaticemos con sus defectos y con sus limitaciones. En fin, un buen manual para padres de adolescentes incapaces de entender el (inevitable) cambio de comportamiento de sus retoños, así como para peterpanes que niegan alopecias galopantes y barrigas crecientes para seguir autojustificando una visión del mundo protoadolescente.