Be Good Or Be Gone

I

Manifestaban los responsables de su distribución en España que habían retrasado el estreno de Chronicle (íd. Josh Trank, 2012) para que no coincidiese con el de Ghost Rider: Espíritu de Venganza (Ghost Rider: Spirit of Vengeance. Brian Taylor y Mark Neveldine, 2011).

Una decisión no tan lógica como parece.

Ambas películas tienen como destinatarios a los fans de los cómics de superhéroes y sus derivaciones cinematográficas y televisivas. Pero Espíritu de Venganza solo ha pretendido ser el equivalente a un arco argumental memorable en una de las tantas series más o menos regulares consagradas por grandes editoriales a sus personajes más vendidos; una de esas epopeyas capaces de suscitar en cuatro números la adhesión eterna de un chaval a un tipo con mallas determinado.

Mientras que esta ópera prima del director Josh Trank y el guionista Max Landis (hijo de John Landis) se asemeja a una novela gráfica. No de las que se codean en suplementos culturales con Jimmy Corrigan y Asterios Polyp. De las publicadas por filiales de Marvel y DC, cuyos trazos crispados le susurran al lector, ahora un adolescente en guerra contra el mundo, que un gran poder no conlleva únicamente, como sermoneaba Ben Parker, una gran responsabilidad. Un gran poder permite, además, cuestionarla: ¿Qué son nuestras responsabilidades individuales, sino cortapisas formuladas por los otros en beneficio de una irresponsabilidad colectiva?

Las desventuras en Chronicle del inadaptado Andrew, que obtiene poderes telequinésicos junto a sus camaradas de instituto Matt y Steve con calamitosos resultados, transmiten pues un agnst juvenil tan estereotipado como persuasivo. Concluye la película, y se experimenta vergüenza ajena ante el egoísmo y la ceguera de Andrew, ante su ineptitud para superar el extraño rito de paso a la madurez que se le ha brindado. Pero nos invade también una vergüenza íntima, al recordar el precio que pagamos nosotros mismos cuando firmamos la paz con el orden de las cosas; el precio que trajo aparejado sobrevivir a nuestra juventud de modo tan constructivo, tan falaz, como el impuesto a la fábula en su plano final por el autoproclamado superhéroe de Chronicle, Matt.

II

Andrew enciende por primera vez la cámara de vídeo que acaba de comprar. Solo entonces accedemos a Chronicle. ¿Qué vemos? El visor enfoca la puerta de su dormitorio. Escuchamos cómo su padre, un alcohólico insensible a la enfermedad terminal de su mujer y la alienación de su hijo, amenaza con entrar. Andrew le hace desistir: «Ahora tengo una cámara; y voy a grabarlo todo».

El chico acaba de adquirir superpoderes. El arma con la que reescribir un relato que había predeterminado para él el papel de perdedor: Su cámara. Y sus habilidades sobrehumanas posteriores servirán, ante todo, al propósito de incrementar la relevancia de su persona en la imagen, el peso de sus sentimientos en los innumerables dispositivos de grabación, emisión y reproducción que nos rodean actualmente.

En el cine narrativo, la cámara invisible y omnisciente es el ojo de un dios que dictase el sentido de cuanto refleja su pupila. Como indica su título, Chronicle simula ser otra cosa: una crónica, una ficción en directo vivida por Andrew y sus conocidos; una historia sin el lastre de la Historia, sin autoridad por tanto para dar voz a sus personajes, obligada más bien a escucharles para existir. Con lo que ello implica en términos de subversión moral y cultural: Andrew ejemplifica la presente rebelión demoníaca contra ciertos estatus paternalistas de la imagen.

Sin embargo, el plano inicial descrito de Chronicle evidencia el narcisismo y la inexperiencia que lastran las ambiciones de Andrew. La puerta de su dormitorio está cerrada y cubierta de arriba abajo con un espejo. Lo que está registrando la cámara es a sí misma y su separación del mundo. Nada más. No importa cuantas lentes pongamos a nuestros pies si solo van a constatar nuestra carencia de atributos. Parafraseando a Fionn Regan, Andrew aspiraba a convertirse «en la vista aérea / de la ciudad / que una vez conociste». Pero lo que nos lega es el primer plano de un fracaso, que Matt encarrila con las mejores intenciones en la dirección de siempre: Be Good or Be Gone.

A la postre, Chronicle es el fascinante retrato de una doble traición: a un personaje que creyó se le había otorgado el poder de escapar a su fatum dramático, a una apuesta formal.