Demasiados tachones

Antonio Chavarrías, autor de films como Una sombra en el jardín, Manila o Volverás, es una de las figuras más interesantes surgidas durante los años 90, diluida en el corrosivo líquido en que se ha convertido el cine español, ente compuesto por una heterogénea serie de componentes entre los que no se encuentra demasiado a menudo algo que tenga que ver con el cine. Así les va a los genuinos cineastas como el que nos ocupa, intentando poner buenas manos sobre el tapete cuando parece que ganar de farol tiene más atractivo entre el público, los medios y demás fauna. Lo del maestro Urbizu es caso aparte y ya veremos si le vuelve a pasar. Difícilmente veo a Chavarrías llegar a ocupar una posición como la que ahora ostenta el autor de La vida mancha. Y no todo es culpa de lo obtuso que es el patio.

Chavarrías arrancó su carrera con un fuerte vínculo al thriller, muy marcado por cierta influencia francesa, que fue derivando hacia el drama sin perder jamás el componente negro. Con Las vidas de Celia tocó cierto fondo (que ya quisieran muchos para sí), en una propuesta en la que no acababa de encajar el mecanismo entre drama y relato criminal, aunque sin perder el estilo visual que había empezado a depurar a partir de Susanna: cierta búsqueda de un naturalismo en los movimientos de cámara y en los encuadres de los personajes y sus puntos de vista.

 

Es el estilo que mantiene en este nuevo giro a medias que le acerca al terror, sin abandonar su apego a los personajes marcados por un trauma pasado o un deseo vetado por su obligada vulgaridad. Y pese a ello, el realizador no consigue escapar al dictado de muchos de los lugares comunes del horror psicológico, aunque sale airoso al destaparse como el excelente narrador que siempre ha sido y que quizá no acabábamos de apreciar al estar más atentos a su personalidad artística. Porque Chavarrías logra crear una tensión que funciona hasta llegar a los pasajes finales y construye al tiempo una agobiante atmósfera. Esos son los elementos que salvan en parte a la película del mar de tópicos por el que navega y de lo previsible de su trama. Tampoco ayudará demasiado en su devenir comercial la equívoca promoción que la está vendiendo como una suerte de J-Horror castizo. 

Partiendo de una trama, que en sus saltos a un pasado aciago y traumático tiene la leve reminiscencia de algunos gialli, el cineasta cataloga una serie de miedos ancestrales del Hombre y del hombre, aunque no logra llegar a las cotas que en el mismo terreno han alcanzado otros anteriormente (como Lars Von Trier). Cierto es que no ayuda demasiado el protagonismo de un muy insuficiente Juan Diego Botto. Al lado del actor hispano-argentino, una notable Bárbara Lennie le saca un gran partido a un personaje que no acaba de ser bien explotado por el autor, mientras la debutante Mágica Pérez cumple con bastante solvencia en su papel de niña tierna pero inquietante. Es la antes mencionada pericia narrativa del realizador la que hace avanzar con solvencia el conjunto pese a todos sus defectos hasta llegar a un desenlace insalvable, un clímax enclenque y en extremo previsible.