Ser (o parecer ser), esa es la cuestión

La última y esperada película de Rodrigo Cortés tras Buried tiene una factura formal correcta, pero le falta bastante para ser redonda. Es evidente que la entrada al mundo comercial le ha supuesto a Cortés hacer alguna que otra concesión a su autoría. Autoría que, hasta la fecha, era reconocible por su espíritu crítico, su voz discordante, su ironía sagaz y políticamente incorrecta, en una palabra: como uno de los más inquietos directores del panorama patrio. Su pasión por remover lo que creemos realidad, pero que tan solo pertenece al mundo de las apariencias, y por sacar a la luz la más pura aunque incómoda verdad, ya estaba presente en sus primeros cortos, donde también presenciábamos la huella del absurdo del universo kafkiano que le acompañará hasta Luces Rojas.

En su corta pero personal obra (varios cortos y tres largometrajes) vemos ya la persistencia por examinar las dicotomías creencia-verdad, apariencia-verdad, falsedad-verdad, y como la creencia en la apariencia convierte la falsedad en verdad. Pero también manifiesta que no solo son culpables de esta mentira los falsificadores de la realidad (llámense magos, mentalistas, gobiernos, banqueros) sino que utilizan como cómplices a los adormecidos espectadores/ciudadanos/usuarios que, con el aturdimiento, condescienden/mos como verdad lo que no es. Así, Concursante, su primer largometraje, supuso un atrevido acercamiento a toda la farsa que suponen los programas televisivos y el endeudamiento progresivo que sufre Martín Circo Martín (un magnífico Leonardo Sbaraglia) al pedir un préstamo al banco para poder mantener los bienes regalados, ¿absurdo, verdad? En Buried, un acorralado Paul Conroy (Ryan Reynolds) no entiende el por qué de su enterramiento, pues no cree merecer estar en el punto de mira de los terroristas, ¿Injusto? Por supuesto, pero no más que el ataque americano… Y es que Cortés, desde sus comienzos, ha estado empeñado en descubrir cómo las apariencias son más reales e importan más a la gente que la propia verdad. ¿Y a quién le importa la verdad? ¿A alguien le importa? A los valientes, a los raros, a los inconformistas, en definitiva: a sus personajes. 

En Luces Rojas las notas discordantes no se ven a simple vista debido a que la tensión narrativa está bien llevada a través de una puesta en escena turbadora y bien defendida por su elenco de actores encabezados por Cillian Murphy, De Niro, Sigourney Weaver, y Leonardo Sbaraglia (y es que Rodrigo Cortés también se caracteriza por ser un gran director de actores). Pues bien, si la función de la crítica es analizar un filme y descubrir si existen o no incongruencias que resten credibilidad a la trama, debemos estudiar por qué no consigue empatizar con el espectador más allá de su visionado. Quizás tenga que ver con el excesivo hincapié de volcar todo el sentido del filme en su final. Quizás juegue un gran papel la presencia americana en la producción, paradoja del mercantilismo y del mundo de las apariencias que siempre ha obsesionado al director y que ha conllevado una mayor importancia al suspense frente al entramado filosófico sobre el sentido del ser frente al parecer ser. Quizás ambas. Pero ¿Por qué ha querido jugar esta vez a hacer una super-producción? ¿Por qué ha querido aparentar ser un director comercial? Una película es en cierto modo lo que el director pretende mostrarnos, pero también lo que  ponemos de nosotros al verla, es como un espectáculo de magia. Pero para disfrutar deben existir dos premisas: el mago/cineasta debe infundir a su espectáculo de verosimilitud, y el espectador debe creer en la obra. Porque, al fin y al cabo, el cine es espectáculo mágico donde el creyente-espectador se mete en la historia que el mago-director le ofrece. Y esta premisa es la que le ha llevado a Rodrigo Cortés a la hora de rodar esta película sobre dos científicos que investigan el posible fraude de todo aquél que cree tener (o nos hace creer tener) un poder sobrenatural. Según palabras de la científica Matheson “Hay dos grupos de dotados con un don especial: los que realmente creen tener algún poder, y los que creen que no podemos detectar sus trucos. Ambos se equivocan”. Pues bien, me temo que en esta última cinta Rodrigo Cortés está más en el segundo caso. 

Como en El Truco Final (Christopher Nolan), basa su efectismo en el sorprendente final (por otro lado un final abierto y enigmático) por alcanzar el prestigio, pero a diferencia de otros thrillers en los que no se agota el interés con el conocimiento de tan anhelado final, esta película sí se resiente. Sesgada la impactante presencia en la película de la doctora Matheson (sin duda lo mejor tanto por el personaje como por la recreación por parte de Sigourney Weaver) y con ella, fragmentado el planteamiento meta-crítico entre el escepticismo y la credibilidad, tras la apabullante presencia del mentalista Simon Silver (un Robert de Niro estremecedor) va perdiendo interés la dualidad verdad-ilusión al incidirse demasiado en la falsedad o no del propio prestidigitador, para luego volver a retomarla tan solo en la escena final, una escena, por otro lado, atropellada y un tanto inverosímil.