It’s my party and I’ll cry if I want to

En apenas una década, el subgénero de zombis ha vivido un auge de popularidad que nos ha llevado a ver muertos vivientes hasta en la sopa: novelas y relatos sobre el tema –incluso de autores españoles–, ensayos reflexivos acerca de sus mensajes intrínsecos, videojuegos, series de televisión, anuncios… e incluso un acercamiento romántico, aunque sea en tono de humor negro, como el que desarrolla la próxima Warm Bodies (Jonathan Levine, 2013). Lo que me lleva a planteame una cuestión: ¿por qué esa popularidad? ¿Qué nos resulta tan fascinante de ver en pantalla cadáveres andantes en diversos estados de putrefacción? Más allá de la metáfora que podemos ver aquéllos a los que nos gusta profundizar en el fantástico –sigue pareciéndome sorprendente cuántos aficionados se niegan, incluso con agresividad, a leer en el género más allá de su capacidad de diversión–, ¿qué es lo que hace resonar en nuestro interior para que sintamos esa atracción colectiva por el mito? La clave está, creo, en que retuerce las clasificaciones fantásticas que tan bien definió en su momentos Gérard Lenne: el muerto viviente es una amenaza exterior, y al mismo tiempo interior, al ser un reflejo deformado de la sociedad aburguesada, anestesiada, en que nos hemos convertido –no hay más que ver hasta qué punto los brutales recortes económicos que está llevando a cabo el Gobierno apenas han provocado respuesta popular–; integra, pues, los miedos más idiosincrásicos de un entorno que ha desarrollado tanto su identidad individual que parece haber quebrado, como consecuencia, su capacidad de actuar como colectivo, como grupo. Proyectamos sobre el zombi lo que no queremos ser –pero no somos capaces de evitar por pura programación social– y nos sentimos mejores al verlos en pantalla perecer bajo las manos de los protagonistas humanos de sus respectivas historias.

 

No me parece casualidad, en ese sentido, que Paco Plaza y su coguionista, Luis Berdejo, hayan ambientado [Rec]3: Génesis en una boda. Pocos acontecimientos sociales dejan tan en evidencia nuestra hipocresía hacia los demás, nuestra necesidad de proyectar una buena imagen, siguiendo para ello esquemas de comportamiento determinados por unas costumbres pasadísimas de fecha, como los enlaces matrimoniales… Y que conste que lo digo con conocimiento de causa, porque no hace tantos años que me casé, y mi mujer y yo tuvimos que enfrentar muchas cosas, y discurrir muchas alternativas imaginativas, para evitar lugares comunes y posturas arcaicas que nos hacían sentir de lo más incómodos. El problema está en que no todo el mundo quiere molestarse en buscar ese tipo de desvíos, y eso nos arrastra colectivamente a una serie de esquemas que se repiten y se repiten, y que están pensado para anular nuestra personalidad y obligarnos a comulgar con ruedas de molino: nos zombifican, en otras palabras. Por eso la ocurrencia de los responsables de la película, que puede parecer anecdótica a primer golpe de vista, adquiere un nuevo sentido, una lectura más sarcástica y más radical, cuando los dos protagonistas, Koldo (Diego Martín) y Clara (Leticia Dolera), ven cómo el salón de banquetes donde se celebraba su boda se ha transformado en una carnicería repleta de muertos vivientes pululantes –«¡Es nuestra familia!» exclama ella, para más retranca–. Lo que se enriquece con una magnífica idea visual, que resume, de forma escalofriantemente precisa, el terror a lo que nos estamos convirtiendo que intentaba precisar en las primeras líneas de este texto: el hecho de que, ante los espejos, todos los zombis devuelvan la misma imagen… la de la ya mítica Niña Medeiros (Javier Botet).

 

Pero no me entienda mal el lector: eso no significa que la tercera entrega de la saga [Rec] sea un giro hacia la circunspección. En absoluto. La mejor referencia que les puedo dar hacia el tono de la película está en la primera colaboración en formato largometraje de Plaza y Berdejo, la deliciosa Películas para no dormir: Cuento de Navidad (2005), y más concretamente en la cutrepelícula exploitation que allí protagonizaban Loquillo y Elsa Pataky: a esos niveles de desenfreno, diversión y metarreferencialidad han sido capaces de llevar una franquicia que, ya en su primera secuela, daba unos evidentes síntomas de agotamiento. Por eso, tras rodar prácticamente un cuarto de hora de metraje estilo found footage, Plaza, a través del personaje de Martín, le da una sonora patada a dicho formato y recupera una puesta en escena convencional… y creedme, no echaréis de manos la cámara en mano. El director valenciano ha abandonado definitivamente el estilo frío y distante de sus inicios, y es capaz de darle a la narración un ritmo y un humor subterráneo espléndidos, dignos del mejor cine de género. Cierto es que, por momentos, le pesan un tanto los modestos 3 millones de euros con los que se ha llevado a cabo la producción –da la impresión de que algunas escenas no van más allá en lo gore, precisamente, por una imposibilidad económica–, pero el resultado final es tan desprejuiciado, tan entretenido, que no importa en absoluto. De hecho, lo maravilloso de [Rec]3: Génesis es que, incluso obviando sus lecturas sociales y ese subtexto sarcástico que tan bien han sabido integrar sus dos máximos responsables, ésta puede disfrutarse, simplemente, como un guilty pleasure: como tal, también funciona como la seda, y ofrece algunos momentos de antología –dos conceptos a retener: SGAE y Johnny Esponja–.