Expiación

El mes pasado escribía acerca de las bondades de La mujer de negro (The Woman in Black. James Watkins, 2012), un título que recupera con acierto las viejas esencias del horror sin por ello renunciar a las nuevas formas de plasmarlo. No abandonamos el género, pues Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin. Lynne Ramsay, 2011) es ante todo una película de terror, protagonizada por un monstruo temible y su víctima propiciatoria, e impregnada de un sufrimiento insidioso y malsano que alcanza por momentos, y no es una boutade, la categoría de insoportable. Esta, digámoslo claro, sensacional obra de la directora británica Lynne Ramsay —a la que, visto lo visto, conviene seguir de cerca— interpela al espectador valiente a bajar la barrera protectora y mirar frontalmente lo que acontece ante sus ojos, haciéndole copartícipe de una tragedia en tres actos donde todos y cada uno de sus determinantes, causas y consecuencias, están presentes. Dolorosamente presentes; si bien el temor ante lo desconocido, ya se oculte en la oscuridad de la noche o en una estancia tenuemente iluminada, puede y suele desestabilizarnos profundamente, hay otros horrores quizá menos atávicos pero no por ello menos enraizados en nuestra psique colectiva, dadas sus inasumibles repercusiones morales: parir un depredador. Asistir impotente a su desarrollo. Vivir con la culpabilidad de la inacción una vez acontecido lo inevitable.

Ante lo escabroso de tal punto de partida, los responsables de Tenemos que hablar de Kevin podían haber optado por despachar el consabido docudrama tendencioso y adoptar un punto de vista tan conmiserativo como finalmente reprobatorio. El primer gran acierto de la película lo constituye, a este respecto, el arriesgar con una narración en dos tiempos donde lo primero que averiguamos, pese a sólo atisbarlo parcialmente, es que algo horrible le ha ocurrido a Eva (Tilda Swinton) hasta el punto de instalarla en una vía muerta de su existencia, y que tiene que ver con su hijo adolescente Kevin (Ezra Miller). Sea o no un mérito atribuible a la novela homónima de Lionel Shriver, el excelente guión escrito por la propia Ramsay contribuye poderosamente a generar el limbo temporal que aprisiona a la despersonalizada protagonista en esa cárcel sin barrotes que es la depresión, incapaz de superar la culpabilidad ante lo sucedido, necesitada de conocer la razón última de tanto sufrimiento. Es desde este presente traumático que Eva va rememorando, a base de recuerdos sesgados y/o fugas oníricas, los pormenores de su vida pasada: el noviazgo con Franklin (John C. Reilly), la consolidación de su relación, la complicada vivencia de la maternidad en una profesional de éxito, autosuficiente y perfeccionista. Estas idas y venidas del presente al pasado y viceversa, filmadas con elegantes transiciones visuales que suturan las dos tramas en un único tempo narrativo, posibilitan que sea el propio espectador quien reconstruya a su vez lo sucedido, toda vez que el terrible desencadenante queda claro a los pocos minutos de metraje; la clave es empatizar —o no— con el drama de la doliente Eva, pues todo lo que vemos, escuchamos y sentimos es filtrado por su punto de vista.

Un empeño ambicioso que si resulta finalmente un éxito, más allá de la solidez del texto de partida, es por la brillantez de su puesta en escena y un excelso apartado interpretativo. En lo que respecta al discurso visual de la película, la definición estética diverge claramente entre la sordidez, espacial y cromática, de los entornos retratados del presente y la luminosidad de los espacios, sobre todo domésticos, en que se desarrolla la vida familiar del pasado. Se establece así una continuidad plástica entre el estado mental de Eva y su propia apariencia física —demacrada y asexuada en el hoy, vital y atractiva en el ayer— que condiciona la percepción del entorno, ahora amenazante e inculpatorio —esas miradas inquisitivas, la perpetua condena social apenas aliviada por el perdón de una de las víctimas—, antes neutro, normalizado. La excepción a este antagonismo tan marcado, que deviene tanto cromática como finalmente emocional, es el uso del color rojo sangre, presente por igual en ambos tiempos, y cuya utilización expresiva no deja lugar a dudas ya desde la sensacional secuencia inicial, vía travelling cenital que nos conduce, alucinados, al éxtasis de la Tomatina de Buñol, de inequívocas connotaciones catárticas. ¿Sueño, recuerdo o deseo insatisfecho? Roja es la pintura que cubre las paredes de la casa donde Eva sobrevive a duras penas, recuerdo permanente del escarnio de la comunidad. Roja es la mermelada que Kevin esparce por las pulidas superficies de la cocina, afirmación contestataria de quien se sabe, desde bien pequeño, el que manda realmente en el hogar.

Decir que Tilda Swinton hace un trabajo extraordinario se queda corto; la magnífica intérprete británica nos tiene felizmente acostumbrados a papeles arriesgados, pero el salto sin red que supone encarnar al alma mater de la película desde el interior, apelando a su registro inagotable de recursos expresivos para sugerir el tormento interno padecido sin apenas explicitarlo, resulta merecedor de todos los reconocimientos habidos y por haber. A su lado, pero a considerable distancia emocional, un John C. Reilly que vuelve a bordar su consabido registro de tipo amable, buen marido y padre ausente para la ocasión. Y en cuanto a Ezra Miller —y Rock Duer/Jasper Newell, que encarnan con espeluznante credibilidad al Kevin niño— resulta difícil describir con palabras el poder desestabilizador de su andrógino rostro, el de un frío e insensible psicópata adolescente que atrae y repele a partes iguales. Los cara a cara entre madre e hijo, de una carga malsana y autodestructiva que hiela la sangre en las venas, perviven en la memoria como una de las manifestaciones más cruentas, tal es su verosimilitud, de la maldad pura y dura. Sin coartadas ni subrayados; es esa lacerante franqueza, pese a la carga abstracta, en ocasiones simbólica, de las imágenes lo que convierte el visionado de Tenemos que hablar de Kevin en una experiencia límite, no apta para espíritus sensibles. Y que lega para la posteridad una serie de demoledoras certezas: los monstruos existen, y están más cerca de nosotros de lo que nos gustaría aceptar. La anhelada expiación es imposible cuando uno se culpabiliza de una tragedia que le sobrepasa, moral y éticamente. Madre, pese a todo, no hay más que una.