Bienvenido Mr. Curro

A fuego lento, el sevillano Alberto Rodríguez se ha ido ganando un lugar, sólido antes que fastuoso, en el cine español. De su obra anterior sólo he visto 7 vírgenes (2005) y la película que ahora nos ocupa. Le intuyo, no obstante, una tremenda honestidad y la consciencia suficiente de cómo está el panorama como para participar en la teleserie Hispania. Es decir, consolidarse profesionalmente de la forma menos indigna posible (aun cuando creo que la creatividad en la ficción televisiva española está incluso más prostituida de lo que pueda estarlo en el cine) para continuar en la dinámica de trabajo que le permita abordar proyectos más personales.

A Grupo 7, en su crónica de la limpieza policial de la Sevilla pre-Expo, le podemos sacar mil referentes que han trazado rutas parejas con anterioridad, desde Brigada 21 (Detective Story, William Wyler, 1951) a Tropa de élite (Tropa de Elite, José padilha, 2007), pasando por The Shield (Shawn Ryan, 2002-2008, FX Network), por no extendernos demasiado. Lo que realmente da valor a la propuesta es su fuertísima personalidad, tanto en lo contextual como en lo artístico. No conozco la situación específica sevillana, aunque me puedo imaginar algo similar a lo sucedido en la Barcelona enfebrecida por los Juegos, cuya mutación tan bien han retratado los grandes de la novela negra barcelonesa. Del mismo modo que en 7 vírgenes, que ya colindaba con el relato criminal, la nueva historia de Rodríguez respira realidad por los cuatro costados. A ello ayudan unos muy atinados diálogos, una dirección artística brillante, un inspiradísimo reparto (con tacha) y unas secuencias de acción llevadas con un pulso digno de un director “propio” del género, mas sin abandonar ese hiperrealismo que Rodríguez busca casi con obsesión. Posee además la cinta dos grandes virtudes: concisión y claridad expositiva. No necesita perder el tiempo subrayando aquello que la acción ya se encarga de exponer.

Destacable es también la labor de Rodríguez como director de actores. De Antonio de la Torre obtiene el máximo partido con una clásica y sencilla táctica que mucha gente del cine español no parece tener nunca en cuenta: basar su trabajo en la interpretación física, aprovechando la fuerte presencia del actor. No intenta hacer lo mismo, ni lo hubiera conseguido, con Mario Casas, siendo además su personaje un contrapunto del anterior. El problema viene cuando Casas ni siquiera recita, practica la ventriloquía. Lástima que Rodríguez no haya contado— si la cuestión era meter a un joven para que fluyeran la taquilla y las teenagers— con un actor de prestaciones aparentemente similares pero mucha más autenticidad y con el que ya había trabajado anteriormente: Juan José Ballesta.  Los para mí absolutamente desconocidos José Manuel Poga y Joaquín Núñez completan con solvencia esta escuadra de “intocables” a los que el cineasta, en su empeño por hacerlos vulnerables, acerca peligrosamente a la falta de respeto como personajes en determinado momento. De ese instante surge, no obstante, uno de los descubrimientos de la película: un villano que aún no sé si valorar como desaprovechado o sabiamente dosificado.