Tristeza não tem fim, felicidade sim

Dice el psicoanalista Cecilio Paniagua que la nostalgia es un fenómeno psicológico que nos retrotrae a «épocas, lugares y personas que suelen añorarse de modo distorsionado porque su finalidad no es la fidelidad histórica, sino la inducción de autoestima y de unos sentimientos de seguridad que contrarresten la angustia provocada por la amenazante toma de conciencia del desamor, la indefensión y nuestra finitud». Quizá alguno de nuestros lectores haya participado en una de esas reuniones de exalumnos que, especialmente desde que Facebook ha facilitado el reencuentro con todo tipo de gente procedente de nuestro pasado, se producen a imagen y semejanza de las comedias teen americanas —yo no, pero he estado muy cerca de ello—, y se haya encontrado reconciliándose con el imbécil que le hacía la vida imposible en parvulitos, o incluso tomándose una caña con la guapa de la clase, por la que todos babeaban cuando se ponía en biquini durante el viaje de fin de curso a Mallorca. Y no es solamente porque los años, y sobre todo la experiencia, y la adquisición de seguridad y autoestima que ésta conlleva, nos haya permitido marcar distancia respecto a los sentimientos (primitivos, inocentes) de aquella época. Sobre todo es debido a que ahora el grupo comparte la pertenencia a un recuerdo común que, mediante la interacción y el recuerdo de anécdotas y chascarrillos, nos permite evadirnos de nuestra realidad cotidiana y, aunque solamente sea por unos instantes, retrotraerse a una época idealizada de su vida, en la que todo era más sencillo —o, al menos, así lo parece desde la distancia—, y en la que todavía pervivía la esperanza de mejorar, de poder cambiar las cosas que nos rodeaban. Claro que, en general, eso es lo único que, a esas alturas de la vida, se tiene en común, y el entusiasmo inicial por el reencuentro —con los habituales «tenemos que quedar más a menudo», «esto tiene que repetirse» y similares— se va apagando hasta volver, prácticamente, a la casilla inicial: un contacto medio muerto de Facebook al que, de vez en cuando, le pones algún «Me gusta» para no sentir que has perdido del todo la conexión.

Sobre el papel, American Pie: El reencuentro (American Reunion; Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg, 2012) quiere ser una especie de versión cinematográfica de esas reuniones nostálgicas, recuperando a todos los actores que saltaran a la fama con la primera American Pie (Id.; Paul Weitz, Chris Weitz, 1999) y permitiéndoles rememorar a los mismos personajes, pero con trece años más que la primera vez que aparecieron en una pantalla de cine. Una idea que podría haber resultado una oportunidad interesantísima para explorar el peterpanismo de nuestra generación —y de las colindantes—, planteando un choque frontal entre la necesidad de no perder ni el espíritu jovial ni la capacidad de divertirse, y la obligación de madurar y de asumir responsabilidades a la que nos arrastra la sociedad. Algo parecido a lo que hizo, con mucha más gracia y más cinismo de lo que se dijo en su momento, Judd Apatow —quizá uno de los directores que mejor ha entendido el mencionado peterpanismo, y de qué manera condiciona nuestra percepción del mundo— con su muy reivindicable Lío embarazoso (Knocked Up, 2007), y que sin embargo se queda en agua de borrajas porque sus directores están obligados, al fin y al cabo, a firmar otra American Pie más, con todo lo que ello implica: es decir, otra comedia guarra que pretende ser provocadora y se queda en ronquido de minino —hay películas de Alvaro Vitali sexualmente mucho más estimulantes que la que nos ocupa—, y en la que sus actores se dedican, de forma un poco peripatética, a intentar demostrar que, pese a los kilos de más y los cabellos de menos, todavía pueden asumir el mismo tipo de chistes escatológicos, y conquistar asimismo todo tipo de corazones jóvenes (ugh)…

Aun así, lo peor de la película son los esfuerzos de Hurwitz y Schlossberg, también guionistas, de meter con auténtico calzador apariciones de personajes anteriores de la saga. Da la impresión, que no creo que sea tan alejada de la realidad, de que el libreto tuvo que ir modificándose a medida que los actores iban firmando sus respectivos contratos, ya que, más allá de algunos (irrelevantes) cameos, hay personajes, como los de Tara Reid o Mena Suvari, que parecen diseñados simplemente para que las mencionadas actrices hagan acto de aparición… Y poco más. Cierto es que no se le puede pedir gran cosa a una saga como American Pie, que, más allá de los sentimientos nostálgicos que cada uno pueda haber desarrollado hacia la misma, no es más que un derivado nineties —con la carga de conservadurismo y de mediocridad que ello conlleva: no hay más que ver los intentos de imitar a un filme tan posmoderno y ocurrente de esa misma época como Scream: Vigila quién llama (Scream; Wes Craven, 1996)— del tipo de comedia teen picante a la que dio forma definitiva el añorado Bob Clark con la mítica Porky’s (Id., 1982). Pero la torpeza con la que está construida parece destinarla a ser, como esas reuniones de exalumnos a las que antes me refería, un simple vistazo melancólico al pasado que se olvida tan rápido como se recupera. Aunque, sí, quizás haya quien le ponga un «Me gusta» en Facebook para convencerse a sí mismo de lo importante que ha sido para su vida.