Atrapados por su pasado

Sin duda una de las figuras más importantes, si no la más, surgida en el cine francés de la última década, Olivier Marchal ha irrumpido como un maestro del género negro que bebe tanto de la larga tradición del polar como de los grandes del thriller universal, plasmando en el proceso una fuerte personalidad. La impronta en el género de este ex-policía debió comenzar a marcarse con su participación como asesor, guionista y/o actor en diversas teleseries policíacas en su país. Desde 2002, cuatro largometrajes y dos series— que se pueden apreciar como sendas películas de muy larga duración—, excelentes en el peor de los casos, suponen el actual legado de un autor cuya sombra pesa sobre casi todos los que hoy se acercan al thriller en Francia. Así se aprecia en las muestras de gente como Frédéric Schoendoerffer o Fred Cavayé, con los que Marchal ha trabajado directamente, o en un film tan curioso como La horda (La horde, Yannick Dahan y Benjamin Rocher, 2009), en el que los policías que se enfrentan a la invasión zombie de un edifico franco parecen salidos de la misma Asuntos pendientes (36 Quai des Orfèvres, Marchal, 2004).

Decantado hasta el momento hacia el lado del flic, que es el que conoce de primera mano, el autor de MR 73 (2008) lanza ahora su mirada hacia los criminales, aunque cierto es que los policías del creador de Flics (2008) y Braquo (2009) nunca han sido personajes de una sola pieza en términos legales. Su última obra es la crónica en dos tiempos del auge, caída y redención de Edmond “Momon” Vidal, un gitano lionés que operó en los años de plomo europeos, cuando la Guerra Fría sumaba grados positivos en el asfalto del viejo continente. Una pieza más en el puzzle, sobre una época y un lugar, que conforman propuestas tan estimulantes como Romanzo Criminale (Michele Placido, 2005), el díptico sobre Jacques Mesrine realizado por Jean François Richet en 2008, Vallanzasca: Gli angeli del male (Placido, 2010) o Carlos (Olivier Assayas, 2010). Unos años en que guerrilleros, quinquis, maderos y terroristas de Estado se confundían y conjugaban en todas sus posibles variantes.

Les Lyonnais es también un relato sobre la lealtad, tema presente en la práctica totalidad de la obra marchaliana, con juicios morales pero sin empañar el respeto y el cariño a los personajes. En ese sentido, el firmante de Gangsters (2002) entrega una joya a la altura de dos de sus casi seguros maestros: Sergio Leone y José Giovanni. Aquí Marchal esculpe unos sujetos que se definen por sus acciones, sus concisos y contundentes diálogos y por unos rostros tallados en piedra. Esa concisión se contagia al montaje, aligerado a última hora en una acertada decisión que da al conjunto una brillante parquedad narrativa, salpicada por las mejores secuencias de acción que se puedan filmar en el cine europeo actual. Solo Michael Mann en Estados Unidos, y únicamente cuando está inspirado, compite en este terreno con Marchal.

Memorable de nuevo el reparto, con incorporaciones a la colección de rostros habituales en el cine del girondino. Entre los reincidentes, el estoico Gerard Lanvin (aunque anteriormente solo habían coincidido como intérpretes), un inmenso Daniel Duval, un solvente Francis Renaud y el siempre espeluznante Fraçois Levantal. Entre los nuevos fichajes, unos Laurent Fernandez, Patrick Catalifo y Lionnel Astier que se han ganado un lugar en la banda y un inquietante Tchéky Karyo que parece el fantasma apaciguado del mejor Klaus Kinski (demostrando lo mucho que en el uso de los rostros se parece Marchal a Leone).