Sin

Hace unos años Terry Gilliam nos hizo sentir mareo y agobio en el cine. Miedo y asco en las vegas  (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998) era una experiencia saturadora. No quiero ni pensar cómo podría ser una versión en 3D aunque lo más seguro sería que nos haría participes de otra cinta, Resacón en Las Vegas (The Hangover,2009). La obra de Gilliam era la trasposición al cine de una narración de Hunter S. Thompson, periodista dipsómano y politoxicómano, que vertió de modo condensado sobre el papel todas las substancias que antes se había vertido en su cuerpo. La película resultante procedía tanto de las experiencias psicotrónicas del escritor como de los delirios visuales de Gilliam con los que se emparentaba directamente por la via del exceso. Desmesurada (esencia del cine de Gilliam) y nauseabunda (por el vértigo visual de unas lentes deformantes en continuo movimiento), los defectos de Miedo y asco en las Vegas tenían su origen en sus mismos méritos. Gilliam tenía, tiene aun, la capacidad de transmitir al espectador el vértigo, el agobio y la locura. Aquella película hiperbólica, más o menos apreciada, más o menos apreciable, retrataba a la perfección la locura drogadicta de Hunter S. Thompson y su compañero de juergas (en la cinta, Raoul Duke y el Dr. Gonzo, unos desbordados e inigualables Johnny Depp y Benicio del Toro) enfrentadas a la locura hipócrita, oculta y mal reprimida, del gran parque temático de los Estados Unidos. Y, además, tenía el mérito mayúsculo de efectuar el retrato con los mismos recursos, la misma rabia y la misma fuerza con que Thompson escribiera su obra. Si en ocasiones se discute (¡una vez más!) sobre la validez de las versiones cinematográficas de obras literarias, la cinta de Gilliam debería ser un modelo de fidelidad al espíritu… aunque al salir de su visionado se precise una dosis doble de metoclopramida y almagato, para digerir bien.

Me permito alargarme tanto en la crónica de la cinta de Gilliam por que es lo que me habría gustado decir, palabra más, palabra menos, de la película a la que debería referirme en primer término. Los diarios del ron (The Rum Diary, B. Robinson, 2011) da, sin embargo, poco de sí. Y no sólo por comparación con Miedo y asco en las Vegas, sino en comparación con lo que inicialmente promete. La película de Gilliam necesita un espectador que, por coherencia, debería fumarse unos cuantos porros antes de verla (¿durante?). O unas pastillas. Y alcohol. Y, tal vez, se disfrutaría más de su locura, integrándose en ella. Sin embargo, ninguna cantidad de ron o alucinógenos favorecerían el visionado de la cinta de Robinson. O nos quedamos cortos o nos dormimos. Los diarios del ron narra otra serie de peripecias del periodista (de otro alter ego, Paul Kemp) en Puerto Rico dónde los efluvios del alcohol en supuesta retirada le permiten (intentar) subvertir las páginas de un periódico políticamente correcto al que ha llegado en caída libre. Thompson tiene tiempo de beber, beber, beber, conocer a alguien, enamorarse, seguir bebiendo, ver la realidad social y política (no parece que cueste gran esfuerzo) y tratar de denunciarla mientras sigue bebiendo. Al final, una derrota narrada como si fuera una victoria pírrica se diluye en alcohol. La película, sin embargo, no transmite nada de lo que he comentado. Vemos a Johnny Depp haciendo el borracho, más próximo a un pirata de vacaciones en el Caribe que al delirante personaje de Gilliam, vemos bonitas imágenes aéreas y panorámicas de las playas y contemplamos en breves (y pulidas) secuencias la pobreza de un país con dos caras, una para los afortunados (wasp, evidentemente), otra para los locales. Robinson no sabe, lamentablemente,  recuperar si no el estilo, el tono de Gilliam. Pero, aun peor, carece del mordiente que tuvo su primera obra, la lamentablemente olvidada, Withnail y yo (Withnail and Me, 1987), otra historia de perdedores que ocultaban sus miserias entre porros y tragos. El humor corrosivo y la imaginación que lucía aquella obra primeriza está diluido, casi ausente, en estos Diarios del ron. Robinson consigue buenas descripciones de interior, del piso cutre dónde los periodistas se refugian, del vehiculo en el que recorren la isla, incluso del local dónde se produce la rotura dramática. Pero sus peripecias no tienen mordiente. Parece que a medida que alarga las escenas la intensidad se desvanece y la denuncia política es tan tópica como esperable. Depp, por su parte, parece limitarse a una autoparodia y es sobrepasado ampliamente por un desbordado Giovanni Ribisi que le bate tanto en el consumo de drogas alucinógenas en cuanto personaje como en su caracterización de un neonazi absolutamente depassé. Posiblemente lo mejor de esta cinta es que nos de razones para recuperar Withnail y yo. Y que cada uno sacie la sed que provoca con el líquido que más le apetezca.