Marvel Zombies Assemble!

I

Para cuando este texto se publique, calculo que el internauta medio habrá tenido acceso ya a quince millones de críticas sobre Los Vengadores. Le habrá dado tiempo también a retuitear las que coincidan con sus impresiones y a hackear las opuestas a su parecer. Incluso habrá publicado sus propias reflexiones y hecho asimismo propaganda de ellas a través de las redes sociales.

Pero nadie se hará eco de las mismas. Mientras escribo estas líneas, ha pasado a ser objeto de debate el trailer de El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace (The Dark Knight Rises. Christopher Nolan, 2012). Aprovechad al menos el segundo que tardaréis en barrer esta página de arriba abajo y marcharos, para apostillar en la sección de comentarios cuál es el trending topic de ese preciso instante.

O, mejor, para leer los artículos que, en esta misma publicación, Javier Pulido y Tonio L. Alarcón han dedicado respectivamente a la historia, el trasfondo y las mejores aventuras de Los Vengadores sobre el papel, y a las adaptaciones cinematográficas últimas de las cabeceras Marvel. Como sentenció Harry Callahan, las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una. Y ahora que todos competimos en enseñárselas a los demás por la ventana, cada vez en mayor medida lo provechoso es la información rigurosa.

II

¿Por qué escribir entonces una crítica de Los Vengadores? Para colmo, lo que piensa uno de ella se ha escrito con toda claridad por ejemplo aquí, redundando en lo que el propio Kevin Feige, cabeza visible de Marvel Studios, ha manifestado con honestidad: para bien y para mal, la película ha sido diseñada precisa, quirúrgica, expresamente para inducir un orgasmo brutal y autista en los Marvel Zombies, entre los que me cuento.

El respeto de Joss Whedon para con los personajes y sus aventuras previas en las viñetas o la pantalla, ha sido máximo. Las relaciones entre ellos destilan confort dramático, esa visión esquemática de las motivaciones y las emociones humanas que solo sabe apreciar el connoisseur de la cultura popular. Una visión que Whedon articula con fórmulas menos deudoras del cine comercial contemporáneo que de los viejos seriales, los culebrones para adolescentes, y derivaciones pseudocinematográficas de estos últimos como las franquicias protagonizadas por Bella Swan y Harry Potter.

Con todo, el recurso a un triple MacGuffin —Loki, el Cubo Cósmico, la invasión de los Chitauri— permite amortizar la inversión realizada con la dosis justa de espectáculo exigida por el adolescente no tan fanático de los cómics de la Marvel como cabría desear. Los Vengadores es, en definitiva, el Annual perfecto: se vende como un gran acontecimiento superheroico, pero no modifica ni un ápice la dinámica creativa e industrial de cada cabecera individual; sirve con la misma efectividad al objeto de pasar un buen rato al fanático de los personajes y al lector casual.

Es en lo que dejan entrever las imágenes, en las grietas entre viñetas aplicadamente rotuladas y tintadas sobre dibujos no de Jack Kirby sino de Don Heck, donde reside lo que liga Los Vengadores al mundo en que ha sido producida, y no a aquel en que nos gusta escondernos sin rubor. Lo que permite vislumbrar la gran película que no es.

III

En primer lugar, es interesante comprobar que el desconcierto al respecto de su propio papel en la ficción manifestado durante gran parte del metraje por Tony Stark, Steve Rogers o Bruce Banner, es prácticamente idéntico al que nos atenaza a todos hoy por hoy, como ejemplifica también Michel (Jean-Pierre Darroussin) en Las nieves del Kilimanjaro (Les neiges du Kilimandjaro. Robert Guédiguian, 2011).

Pero mientras el sindicalista marsellés se atreve a deconstruir los cimientos ideológicos sobre los que había edificado una imagen heroica a su medida, de modo que puedan cobrar vida nueva referentes que habían devenido estatuarios, como Jean Jaurès y Spider-Man, los superhéroes de la Marvel se limitan a dar un suspiro de alivio en cuanto Loki les pone en bandeja cumplir una misión, y a servir a las imposiciones de su disfraz a la manera de funcionarios.

En sintonía con Las nieves del Kilimanjaro, películas tan estúpidas en apariencia como Battleship (íd. Peter Berg. 2012) y Goon (Michael Dowse. 2011) están siendo capaces de albergar unas cargas de profundidad sobre el heroísmo en la contemporaneidad que Los Vengadores desecha apenas planteadas.

IV

Otro atractivo frustrado de Los Vengadores atañe a la relación en pantalla entre los actores, los personajes que interpretan, y los alter ego superheroicos de estos. Al fin y al cabo, ver en vulgar plano medio a un Capitán América vestido de Cornejo y un Thor casado con Elsa Pataky, daba para cavilaciones sobre lo representativo como las que está propiciando la retrospectiva de James Coleman ofrecida estos días por el MNCARS. Otra vez será.

Sin duda, Whedon es más creativo, sutil y consciente del material que tiene entre manos cuando combina los registros tonales de cada superhéroe: Tony Stark charla con Pepper Potts y el agente Coulson, y parece que estuviésemos viendo a William Powell, Myrna Loy y Edward Everett Horton. La doblez intrigante de Natasha Romanoff, que simbolizan los espejos y que nos remite a films como Fatalidad (Dishonored. Josef Von Sternberg. 1931), se desvanece cuando en su primera aparición Hulk la sumerge en la oscuridad, en el terror pulp de un George Waggner. El diálogo cumbre entre Loki y Thor, como subraya al instante Iron Man, se asemeja a una función shakesperiana montada por Ed Wood…

V

Lo que nos lleva a si Los Vengadores es calificable o no de blockbuster. Lo simula porque está obligada a ello. Pero le falta scope literal y metafórico para serlo con convencimiento y hasta conocimiento de causa. Ni los efectos visuales ni la fotografía dan la talla. Ni esa única calle de Nueva York como escenario de guerra, que nos retrotrae a las aventuras del Superman encarnado por Christopher Reeve. El talante de Los Vengadores recoge más bien el testigo doméstico, manso, apenas melodramático, de Buffy, la cazavampiros (Buffy the Vampire Slayer. 1997-2003) y Serenity (íd. Joss Whedon, 2005).

Resulta curioso que cómics como The Ultimates o Némesis hayan sabido concretar con toda exactitud el espíritu inclemente y lúcido de las superproducciones en tanto espectáculos privilegiados de nuestra civilización, mientras numerosas películas de superhéroes (y numerosos críticos) abusan de la categoría sin razones objetivas para ello, o están demasiado pendientes de ser simpáticas como para poder etiquetarse de blockbusters. Es el caso de Los Vengadores.