Tim Burton en el laberinto

La crítica cultural en general —y la cinematográfica en particular— siempre ha necesitado recurrir a una lista renovable de blancos fáciles en los que atinar sin esfuerzos excesivos con sus torcidas escopetas de feria y su miopía irremediable. El caso de Sombras tenebrosas resulta tristemente significativo; y es que, quizás a partir de la recaudación record de la perezosa y despersonalizada Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, 2010), el estreno del último filme de Tim Burton ha obligado a los valerosos soldados de la crítica a desempolvar sus armas de guerra para fusilar a un cineasta cinematográficamente agonizante desde hace no pocos años. Muchos de ellos, en su momento, aplaudieron el salvajismo falaz y aparente de Charlie y la fábrica de chocolate (Charlie and the Chocolate Factory, 2005)  o el postalismo tenebrista de la desastrosa Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, 2007), películas bastante menos arriesgadas que la (hay que decirlo) flojísima Sombras tenebrosas.

Distinto es el caso de aquellas publicaciones —como la propia Miradas de cine— que, de aquí a un tiempo, han sabido diagnosticar, a través de una detallada descripción sintomatológica, los males que aquejan al cine de quien fue antaño un auténtico enfant terrible, lúgubre aunque vitalista apóstata de lo diferente en una sociedad que tiende a expulsar a sus márgenes, cuando no a eliminar, al extraño, al Otro. Es complicado no coincidir con lo apuntado en tantas de estas amargas meditaciones acerca del agotamiento creativo de un talentoso artista que ha sido —¿definitivamente?— absorbido por las vastas redes de intereses de la gran industria, pasando a ser un mecanizado ejecutor de las operaciones mercantiles pertinentes. Ciertamente, Tim Burton opera a modo de logotipo, de desganado diseñador de interiores que ha reducido su reconocible impronta estética y moral a la mera ilustración, sustituyendo de una vez por todas la imaginación revulsiva por la fantasía escapista. No obstante, acudiendo a tweets y a textos de longitud diversa en relación a la obra que nos atañe, descubrimos un visible componente de crueldad y sadismo en el ensañamiento con alguien tal vez aburguesado, cansado o, en el peor de los casos, despojado de su talento. Porque sin ser menos mala que sus peores películas, Sombras tenebrosas es la más desconcertante y ambiciosa en cuanto a sus intenciones y a su (caótica) hibridación de tonos y estilos.

La octava colaboración con su amigo Johnny Depp supone una revitalización, en forma de largometraje, del homónimo culebrón sobrenatural de culto Dark Shadows (1966-1971), creado por el mítico Dan Curtis y emitido en la ABC, que había alimentado, al parecer, las gozosas fantasías en la infancia del actor,  ideólogo genesíaco del proyecto. Lo que ofrece el filme es la parodia —de clara filiación posmoderna— de una serie de arquetipos humanos y de tópicos adscritos a la época en que se emitió originalmente la serie —hippies, adolescentes empapados en las consignas contraculturales, fiestas presididas por bolas de espejos—, en clara consonancia con las inquietudes del escritor y guionista Seth Grahame-Smith, que concibe la ficción como una revisitación fantasmagórica a la novelística de Jane Austen —recordemos que se trata del autor de una perversión del clásico austeniano titulada Orgullo y prejuicio y zombies—, indisimuladamente maliciosa en su tratamiento del cronotopo concibiéndolo como un brumoso espacio-tiempo que bascula entre lo abstracto y lo ilusorio. Acaso el breve prólogo desarrollado en pleno siglo XVIII, esforzadamente gótico y romántico, se antoje más tangible y real que esos deliberadamente desdibujados años ’70.

El inmenso problema que echa por tierra tan suculento material es la alarmante disfuncionalidad de la película en cuanto a eficacia narrativa —en los últimos cuarenta minutos, por ejemplo, Burton se limita a activar el piloto automático— y a efectividad cómica se refiere. Por otro lado, hay serias dificultades a la hora de equilibrar la pluralidad de tonos e intenciones o, por decirlo de otra manera, las muchas cosas que quiere ser el filme: ¿una agradable velada para toda la familia —incluyendo un casto e impoluto encuentro sexual—, un subversivo ejercicio morboso y salvaje —con la quinceañera Chloe Moretz tocándose y «gimiendo como una gatita» y el padre de familia abandonando, libre de remordimientos, a su sollozante hijo—, la parodia de una década tan significativa en la Historia del Siglo XX, un lánguido cuento de horror o una desenfadada sátira de género? Los débiles resortes del relato, sumados a la incapacidad de condensar la diversidad en un conjunto funcional hieren de muerte una película que, no obstante, ofrece algunos momentos gratificantes: un breve travelling que efectúa un recorrido por la Historia del retrato pictórico desde el siglo XVIII al XX; el sombrío y elaborado clima en el que tienen lugar algunos acontecimientos auténticamente turbios; una poco inocente revisión del mito del pionero norteamericano, además  elementos de singular potencialidad poética, desaprovechados y dispersos en un conjunto más bien insignificante. Sin embargo, tratándose de una película más marciana que estúpida, más fallida que mala, no termina de extrañar que surjan voces en su defensa —como las de Tonio L. Alarcón y Salvador Llopart—, mientras que otros se toparán con un estupendo punto de partida para todo tipo de inferencias críticas acerca de las derivas biofílmográficas del cineasta, como sucede con la divertida y algo chunga teoría psicoanalítica de nuestro compañero Roberto Morato. En la última década, Burton nunca había manifestado tan evidentes esfuerzos —evocando al patético Asterión borgiano— por encontrar la salida de su laberinto particular, pero como le ocurre al errático Barnabas Collins —interpretado por un Johnny Depp plenamente entregado a su farragoso histrionismo transgenérico— la trayectoria que describe resulta vaga, confusa e inaprensible.