Afortunados en el juego, desgraciados en guiones

Como buen matemático, o mejor dicho, como buen aficionado a la matemática (si fuese buen matemático habría tardado algo menos de los ocho años que empleé en finalizar la carrera), siempre me han interesado los juegos de azar desde el punto de vista de la probabilidad y la estadística. Por supuesto, también desde un punto de vista lúdico y, como no, la posibilidad de ganar dinero con este tipo de cosas siempre se le pasa a uno por la cabeza. La idea de buscar un método ganador para cualquier juego de azar es tan antigua como los propios juegos. Pero dar con uno es más difícil que encontrar una aguja en un pajar.

Por eso, la familia García-Pelayo, comandada por Gonzalo, el padre, e Iván, el hijo mayor, siempre ha sido como un grupo de superhéroes para los que somos aficionados a estas cosas. Por encontrar ese método infalible sabiendo de antemano que era imposible. Por descubrir como desbancar casinos, cuando hasta entonces eran empresas que nunca perdían dinero, precisamente dadas las reglas de dichos juegos, basadas en las leyes de la probabilidad y la estadística descubiertas (porque estaban ahí antes que el ser humano) por Andréi N. Kolmogórov, P. Tchebychev y compañía.

Es así que uno llega a esta película con la ilusión que un fan de Marvel lleva a Los vengadores y sale de la sala con una decepción como la que algunos obtienen tras las semifinales de la Champions. Porque no se entiende muy bien el propósito de Eduard Cortés (autor de la interesante La vida de nadie) y su co-guionista Piti Español, pues si bien la dirección es discreta y tampoco especialmente dañina, es efectivamente en el guion donde se encuentran los principales males de este biopic grupal. Si nos atenemos a lo que cuenta La fabulosa historia de los Pelayos (Iván García-Pelayo y Gonzalo García-Pelayo. Plaza y Janés, 2003) nos daremos cuenta de que se han tomado demasiadas licencias (por llamarlo de alguna forma), y el hecho de que no se mencione la etapa de los casinos en Europa y América podemos achacarlo fácilmente a la carencia de presupuesto suficiente (ya se sabe, la crisis, el estado del cine español…), pero eso no es lo más grave, a veces cambiar la historia real puede ser productivo desde el punto de vista artístico, es peor como la incoherencia se apropia del guión en determinados momentos (p.ej. la hija y hermana Vanessa les pone a caer de un burro porque ha perdido su trabajo como daño colateral de las actividades de sus familiares y unas secuencias después sin ningún tipo de transición está metida en el equipo volcando su pasión en las mesas), o la inclusión de algunas historias paralelas sin interés alguno como el romance entre Iván (Daniel Brühl) y Shiu (Huichi Chiu), la novieta china de su padre (Lluis Homar), que podría generar algo de conflicto y sin embargo Gonzalo lo acepta como si tal cosa y todos tan contentos, o las desavenencias matrimoniales de Balón, que se tratan en todo momento (dos, si mal no recuerdo) tangencialmente y sin darle ningún peso al personaje ni ningún aporte de interés a la trama.

¿Será todo producto de problemas en la sala de montaje? Puede ser, quizá solo se preocuparon de que Daniel Brühl saliera guapete con su pinta de Blues Brother (nunca he visto a Iván García-Pelayo de esa guisa) y de que no se quedase fuera la escena de sexo gratuito. O de que los planos finales en la moto (después de que el mismo Iván, el que en la vida real se presentaba el otro día a presidente de la SGAE, deje el juego para viajar por el mundo junto a Shiu, con la que había roto relaciones dos o tres secuencias antes —ahí está el gran poder de las elipsis) saliesen bien fotografiados y con la música a tope, para molar mucho en el festival de Málaga. O que quedase majo el plano de todos los Pelayo en traje corriendo bajo la lluvia con los brazos abiertos, para que salga bien en el tráiler. También podría haberse titulado Jugando bajo la lluvia.

Hay veces en que las interpretaciones pueden salvar parcialmente un despropósito de película, pero no suele ocurrir así cuando se desaprovecha el talento de actores competentes como Eduard Fernández (relegado a unas breves intervenciones como el malvado jefe del casino) o Lluis Homar (cuyo papel era verdaderamente interesante a priori pero también se le quita todo el protagonismo) en favor de los actores más jóvenes, no tan competentes, pero mejor reclamo para el público objetivo, comandados por Daniel Brühl, que al margen de que casi siempre me parezca insoportable (culpa de sus personajes, supongo) no considero especialmente un gran intérprete, secundado por Miguel Ángel Silvestre y Oriol Vila dando el contrapunto cómico, que de gracia tiene más bien poca. Así el siempre eficaz Vicente Romero y las féminas son los únicos que salen indemnes, principalmente Huichi Chiu, cuyo personaje es de las pocas cosas que resultan creíbles en esta película que se anda por las ramas en lugar de coger el toro por los cuernos y dedicarse a contar bien lo que realmente interesaba (el descubrimiento del método, la organización, la ejecución, las continuas adversidades, la expansión), o si no, al menos, haber construido un guion verosímil con cuerpo y corazón, pero sobre todo con cabeza.