La divina estupidez de los héroes

I

La franqueza menoscaba el ejercicio de la crítica. Y Acto de Valor es una película muy franca. Por si no quedase claro durante el metraje, los créditos finales recalcan su propósito: honrar a los militares norteamericanos. No solo a los que han dado sus vidas por aquel país en el pasado o el presente. Sobre todo, a quienes lo harán en el futuro. Los adolescentes que, bajo el poderoso influjo de la hormona, han pagado una entrada para ser manipulados.

De acuerdo con predicciones estadísticas de gran exactitud, más de uno se alistará nada más salir del cine. Intervendrá en un par de hazañas bélicas y las colgará en YouTube. Y, sin importar que vuelva a casa ileso, sin extremidades, o traumatizado por diezmar sin querer a su pelotón, verá una y otra vez con nostalgia Acto de Valor junto a sus pequeños, que estirarán ansiosos sus bracitos hacia este escaparate de fusiles, granadas, tanques, drones, helicópteros, submarinos y misiles capaz de emocionar a su padre hasta las lágrimas.

El ciclo de la vida, que diría Simba. Uno de los mandos implicados en el préstamo de material bélico para el rodaje de Acto de Valor, el comandante William McRaven, testimonia con orgullo lo rentable de la estrategia: «¡Yo me alisté después de ver Boinas Verdes!» Cuando Dwight Eisenhower advirtió a sus compatriotas sobre el influjo creciente del «complejo industrial-militar» en el rumbo de la democracia estadounidense, hacía referencia a la alianza de ejército y contratistas. Olvidó incluir en la ecuación a Hollywood.

II

Pero a veces no basta con las loas a Dios, la bandera y la tarta de manzana presentes en cualquier producción comercial. Urge reponer operativos. Predisponer a la opinión pública y el Congreso a favor de una nueva intervención en Oriente Medio. Enviar una última advertencia al presidente antes de dar luz verde al magnicidio. Es hora de auspiciar artefactos como Acto de Valor. Directos. «Auténticos».

Para ello, se idea que soldados reales representen en pantalla, como antaño Audie Murphy, la dualidad elemental que ha parasitado sus mentes: el hogar suburbial, o el caos. Y se les embarca en misiones instantáneas y simultáneas en los cinco continentes. Porque de fronteras no entienden ni El Terror ni la Pax Americana.

El gancho: largas e inmersivas escenas de acción deudoras del Call of Duty y la estética IMAX. Para trasladar la idea de que el combate equivale a pasar la tarde frente a la consola o practicando el surf. Al fin y al cabo, como ha escrito en la novelización de Acto de Valor el inevitable Tom Clancy, «los Navy SEALs son atletas olímpicos que se ganan la vida matando gente».

Las palabras de Clancy transmiten una asepsia considerable. Y es que en Acto de Valor no caben disquisiciones ideológicas entre los bandos enfrentados. Se plantea con naturalidad que una partida de ajedrez solo la juegan peones. Y eso lo dice todo.

Las piezas blancas siguen la estela de la fundacional Black Hawk Derribado (Black Hawk Down. Ridley Scott, 2000). Luchan por sus compañeros y familias. A los peones negros —terroristas islámicos, carteles de la droga, mafiosos ucranianos— también se les concede ardor guerrero y cierto sentido de la camaradería. Más que nada, para que adquiera carta de nobleza su acribillamiento postrero en nombre de La Democracia.

Aunque ni siquiera se dé pábulo a la sed de sangre del espectador. La chiquillería tendría vetada su entrada a la sala.

III

Las películas no son islas. Acto de Valor no se comprende del todo sin atender también a The Grace Card (David G. Evans, 2011), Courageous (Alex Kendrick, 2011) o Soul Surfer (íd. Sean McNamara, 2011). Ola de títulos destinados a esa gran mayoría de estadounidenses cuyos recios valores morales son impermeables a la ética más elemental. Ese Bible Belt que cree señal evidente del Apocalipsis la llegada a la Casa Blanca de un negrata letrado. Las ficciones citadas apuntalan un universo de trabajo duro, oraciones dominicales, coraje cotidiano, racismo y machismo primigenios, respeto ritual y casi morboso por la familia. Un universo de certidumbres sin fisuras. Excluyente. Absolutista.

De atractivo hipnótico. En 1864, Alfred Tennyson conoció a Giuseppe Garibaldi en la Isla de Wright. Al poeta inglés le resultó imposible precisar si era desdén o arrobo lo que sintió por el libertador italiano. «Posee la divina estupidez del héroe», concluyó ambiguamente. Uno ve películas como Acto de Valor, y es presa de la misma indecisión que Tennyson.