El crujir de la seda de las cortinas rojas

De pequeño era muy miedoso. Recuerdo haber salido corriendo, atemorizado, durante un pase televisivo de En los límites de la realidad (Twilight Zone: The Movie; John Landis, Steven Spielberg, Joe Dante, George Miller, 1983), al ver a Dan Aykroyd, para mí el gordito gracioso de Los cazafantasmas (Ghostbusters; Ivan Reitman, 1984), transformándose en un monstruo. Fueron, sobre todo, tres autores de literatura de terror los que cambiaron mi visión y me empujaron a amar al género, a entender sus mecanismos y a disfrutar de ellos: el inevitable Stephen King, H.P. Lovecraft y, sobre todo y ante todo, Edgar Allan Poe. Mi afición hacia los relatos macabros de Poe me llevó de la mano hacia el cine de Roger Corman, especialmente a partir de Historias de terror (Tales of Terror, 1962), de la misma manera que me acercó a Dario Argento y a George A. Romero con Los ojos del diablo (Due occhi diabolici, 1990) y me hizo ver a Fellini con otros ojos a través de Historias extraordinarias (Histoires extraordinaires, 1968)… Los caminos del terror son inescrutables, y con excepciones, casi siempre disfrutables.

Por alguna razón, dudo que James McTeigue tenga una relación igual de estrecha con la literatura de Poe. Y si la tiene, lo cierto es que la disimula muy, pero que muy bien. No se trata, simplemente, de despreciar su trabajo de dirección en El enigma del cuervo (The Raven, 2012) –que también: cabe preguntarse si los mejores detalles de puesta en escena de sus anteriores trabajos fueron sugerencias de los Hermanos Wachowski–, sino de constatar que ninguna de las imágenes de la película me transmite la atmósfera, el aroma decadente que caracteriza a la obra del escritor estadounidense. Ni siquiera los asesinatos supuestamente inspirados en los relatos de Poe, en teoría los instantes del metraje que más deberían conectar con su espíritu, lo logran: de hecho, sus controladísimas explosiones de gore, más dirigidas al público de multicines que devora palomitas compulsivamente que a los aficionados a la literatura de terror, intentan asemejarse más a Seven (Id.; David Fincher, 1995) y a la saga iniciada por Saw (Id.; James Wan, 2004) que a otra cosa.

Lo que es peor, apenas pude quitarme la sensación de estar viendo un episodio de casi dos horas de duración, y ambientación victoriana, de procedurals inspirados en la figura de Sherlock Holmes como C.S.I. (CSI: Crime Scene Investigation, 2000- ) o El mentalista (The Mentalist, 2008- ). Porque hay que reconocerle a los guionistas de la función, Ben Livingston y Hannah Shakespeare, que han tenido una idea muy divertida al aprovechar la influencia de la trilogía de relatos criminalísticos escrita por Poe, y formada por «Los asesinatos de la calle Morgue», «El misterio de Marie Rogêt» y «La carta robada» —de hecho, el segundo es toda una disertación científica sobre sistemas de investigación— para enmarcar al escritor en una trama de misterio absolutamente delirante, enloquecida, que habría necesitado de un director con más sentido del humor y, sobre todo, mayor instinto hacia lo terrorífico, para convertirla en un proyecto realmente disfrutable. A mí, personalmente, sólo me llevó a plantearme si Simon Baker no habría estado mejor como Poe que John Cusack, que me gusta mucho cuando ejerce de versión contemporánea de Jack Lemmon —hay pocos actores que me resulten tan creíbles como protagonistas de comedias románticas—, pero aquí parece poseído por el peor Jim Carrey.

De alguna manera, El enigma del cuervo me ha servido para confirmar lo que ya había intuido tanto en V de Vendetta (V for Vendetta, 2005) —una de esas películas que sigo preguntándome por qué se ganó tantas defensas en su momento, si no deja de ser una versión muy suavizada, en absoluto atrevida, del mucho más radical cómic de Alan Moore y David Lloyd— como, sobre todo, en Ninja Assassin (Id., 2009): que McTeigue sólo funciona como extensión de los Wachowski —algo así como Franck Khalfoun respecto a Alexandre Aja y Grégory Levasseur—, y que sin su paraguas creativo para refugiarse, salen a relucir todas las limitaciones de un director mediocre, sin ideas propias, incapaz de levantar un proyecto con la (supuesta) fuerza de sus imágenes.