Lo bello y lo eterno    

En una réplica convertida en cita (aunque mucho más que eso, sin duda) de El desprecio (Le mépris, 1963), el viejo dinosaurio Lang afirma, refiriéndose al hasta entonces último juguete favorito de Hollywood, el Cinemascope, que solo era bueno para filmar funerales y serpientes de cascabel. ¿Boutade provocadora, simple resistencia al cambio de un cineasta ya entonces septuagenario o desconfianza ante el uso, a menudo irreflexivo, de una herramienta que como cualquier otra no dependía sino de quién y para qué se utilizase? La respuesta tiene miga, sobre todo teniendo en cuenta que la frase en cuestión surgía precisamente en medio de un incumplimiento fehaciente de ella misma, o, lo que es igual, inserta en un ejemplo paradigmático de todo lo que un film panorámico debería de ser

Eso era ayer. Hoy, vivimos en una época en la que “todo vuelve”, por sistema. Y, hoy, es el cine tridimensional el que vuelve. Y lo hace, según creo, con intención de quedarse, aunque eso lo veremos… Primero como panacea frente a una perdida de espectadores generalizada (la ficción televisiva aprieta, Internet propina más envites que las cuadrigas de Ben-Hur; esas serían las causas más evidentes del come back aunque, desde luego, no las únicas), quizás, más adelante, alejado de lo coyuntural, como medio expresivo con derecho propio. Desde luego, subjetivamente, se puede estar a favor o en contra del cine 3D (el propio Herzog lo ha denominado “un truco propio del cine comercial”), se puede disfrutar como espectador más o menos, e, incluso, se puede no tener una opinión formada al respecto, pero, objetivamente, deberíamos plantearnos cuáles son sus bondades más allá de que el precio de las entradas sea más caro y de que, a priori, este procedimiento represente una resistencia algo mayor frente al pirateo. ¿Para qué es bueno, podríamos preguntarnos langianamente, filmar en 3D…? ¿Qué merece la pena ser filmado mediante este procedimiento? Lo digo, porque pienso que, más allá de la novedad (relativa: no se trata más que de reciclar una vieja solución a otros tiempos de crisis), debe de haber un mundo de posibilidades perceptivas, estéticas y conceptuales más allá del ansia vacía y extenuante de que sea la espectacularidad la que devuelva a los espectadores al patio de butacas y no las películas en sí mismas. Eso, evidentemente, son los cineastas quienes deben enseñárnoslo. A la espera del Adieu au langage, al parecer la historia tridimensional de un perro parlanchín —sin duda, Godard conseguirá seguir apr(h)endiendo el cine verbigracia del nuevo formato—, la respuesta a estas preguntas la encuentro en el film de Werner Herzog como todavía no la había visto en ninguna otra película (en 3D). Quizás porque me he perdido algunas; quizás porque, sin llegar al infantilismo de las pelotas de ping-pong o los tomahawks arrojados contra la pantalla de otras épocas, su uso sige resultando en los mayoría de los casos completamente chato y sin relieve.        

Pues bien, hay algo en La cueva de los sueños olvidados (Cave of Forgotten Dreams, 2010) —¡por fin, aquí estamos!— que demanda necesariamente el uso de su formato tridimensional más allá de la búsqueda de una espectacularidad apabullante (como lo sería, por ejemplo, en las películas realizadas para el sistema IMAX), algo que subyace en la propuesta misma que el cineasta nos presenta a través de su film. Werner Herzog es seguramente el último de los grandes documentalistas-viajeros. Un cineasta en busca siempre nuevas experiencias —”Me iría a Marte si fuera necesario para encontrar imágenes puras”, confesaba hace años en Tokyo-Ga (1985)—, testarudo rastreador del último confín de un mundo cada vez más explorado. Según él, una suerte de cruce entre Indiana Jones y Hölderlin o algún otro visionario alemán, las cosas se pueden hacer de dos modos, casi antagónicos: el suyo y/o el de los demás. Herzog sigue siempre su camino, y su método representa una aventura por partida doble: interior y exterior, una de cara al propio cineasta-aventurero (“Su cine produce la impresión de realizarse más por necesidad interna”, citando las palabras de Manuel Alcalá) y otra al espectador que, como si dijéramos, se encarga de recoger su guante, invitado a sus films como una suerte de observador-participante. Desde este último punto de vista, gran parte de su obra (y éste es también el caso de La cueva de los sueños olvidados, desde luego) ha de ser vista como el “simulador” de Bacon: un artefacto construido para reproducir una experiencia vivida previamente. O, si lo preferimos, algo así como una experiencia del mundo visible por persona interpuesta.

“Estoy harto de las imágenes de las revistas, de las tarjetas postales. Estoy harto de entrar a una agencia de viajes y ver un cartel de la PanAm sobre el Gran Cañon: es un desperdicio, son imágenes gastadas. Y, de algún modo, tengo el conocimiento positivo de imágenes nunca antes vistas, como un pedazo de tierra distante en el horizonte; las veo y trato de articularlas, de formularlas, y también intento encontrar nuevas perspectivas para las cosas…” Herzog no pronunció estas palabras en la rueda de prensa de presentación de La cueva de los sueños olvidados, lo hizo algunos años atrás, pero, sin duda, bien podría haberlo hecho ahora. En ellas descansa el motivo último que le ha llevado a rodar su película, y cada una de las precedentes. Por ello resulta fácilmente imaginable su entusiasmo ante la idea de mostrarnos las pinturas rupestres de Chauvet, una cueva que ha permanecido virgen a los ojos del ser humano durante miles de años. En éstas, se entrelazan lo bello y lo eterno. Lo bello, lo pleno en el arte, indescifrable como un misterio. Lo eterno, es decir, lo inextinguible, lo verdadero, en un mundo que sigue los patrones de la tendencia, ese muelle de sofá viejo a punto de saltar al que se refirió Marx.

Si, con Tarkovski, creemos que el hecho de que un artista siga con total fidelidad sus principios, el que jamás pierda de vista “el control sobre su idea y verdad interior” es el síntoma más claro de genialidad, entonces, no hay duda: Herzog es un genio, y su última película, por el momento, no es más que el refrendo de esa genialidad. Si dentro de algunos años, como a Lang, nos cuestionasen, de sopetón, por las bondades del 3D, al menos nos quedaría gracias al autor de Woyzek una certeza: «Es bueno para las pinturas rupestres y las cuevas», podremos afirmar felizmente.