Entretenimiento light 

El argentino Daniel Burman nos sumerge con esta última película, una vez más, en una historia de amor, pero esta vez narrada en un tono más ligero al que nos tiene acostumbrados. Parece que ha querido demostrar que puede adscribirse a la comedia romántica con todos sus ingredientes (incluida la banalidad) y si nos ceñimos al género y analizamos la cinta como lo que es, cumple su cometido: esto es, entretener y dejar un poso de felicidad pasajera en el espectador al final de su visionado. Hasta aquí todo parece estar en la onda del director, pero el tono liviano de esta comedia le hace disentir del resto de su filmografía, de sus películas más serias, en el sentido y finalidad con que las ha realizado, pues ésta resulta ser más un divertimento personal que un filme con intención clara de trascendencia.

Su cine conforma todo un corpus obsesivo fiel al estilo alleniano, en donde la familia, la religión judía y las relaciones amorosas están presentes sin excepción, acompañados por su constante preocupación por la paternidad y el vínculo paterno-filial, ingredientes estos últimos que completan su toque personal. Pero, a diferencia de las sutiles Todas las azafatas van al cielo, El abrazo partido y Derecho de familia (por poner unos ejemplos de su filmografía) en las que preponderan las disquisiciones morales de sus protagonistas, un fino sentido del humor y una puesta en escena intimista, en ésta se decanta más por el desarrollo trivial de la trama que por explorar la complejidad de las relaciones humanas. En Todas las azafatas van al cielo nos presentaba una historia de amor embellecida por una fotografía muy cuidada que potenciaba aún más la soledad de los personajes, como solo puede acontecer en la Patagonia. En El abrazo partido nos mostraba el anhelo de un hijo por encontrar a su padre y el reencuentro tan esperado. Y en El nido vacío Burman nos descubría un drama sobre el miedo a la soledad de la pareja cuando los hijos echan a volar, con un matiz quizás más próximo a la sobriedad de Derecho de Familia.

En esta ocasión, lejos de contar con su habitual Daniel Hendler y su familiar voz en off, se ha decantado por un músico, un cantautor conocido, para mostrarnos a su otro alter ego. Para ello cuenta con la creíble interpretación de una verborrea nerviosa que domina Jorge Drexler, dando vida a Uriel, un divorciado con dos hijos que quiere reiniciar su vida sentimental y dejar a un lado tanto escarceo amoroso que no le lleva a ningún lado. Junto a él, las veteranas Norma Aleandro, siempre perfecta en cualquier papel que interprete, y Valeria Bertuccelli, una mujer decepcionada del amor con la que va a tener una fuerte conexión y con la que va a materializar así la búsqueda de la segunda oportunidad, acompañados de un ingrediente muy especial, la suerte, y su porcentaje en la vida y en el juego, el amor y el sexo. 

Pero, además de esta temática recurrente, podemos constatar ciertos toques de autoría premeditada en sus películas: casi siempre el personaje principal es un hombre (salvo la excepción de Todas las azafatas van al cielo); la profesión de su alter ego entra en íntima relación con su vida y con la trama del filme (aquí un empleado de una financiera es adicto al juego y a la mentira, al contrario que el abogado y profesor Ariel de Derecho de Familia, que es un incondicional de la verdad y las causas perdidas); siempre rueda en lugares conocidos y queridos por el autor (el barrio judío porteño del Once, Rosario, Ushuaia); persiste en aportar alguna anécdota curiosa que haga patente su religión en un intento de no apartarse de su herencia, de sus orígen judíos; y sus finales son siempre felices o en proceso de serlo. Pero esta ofuscación enfermiza por cerrar todos los cabos sueltos de sus películas con un happy-end casi siempre forzado (que en esta ocasión sobrepasa con creces la ilusión de verosimilitud con tanta buena suerte junta, imposible en la vida real), hace que también pierda naturalidad, al saber el espectador de antemano el  desenlace, y es que llega al extremo de acabar con una perfecta armonía entre todos y cada uno de los personajes y sus deseos. Pero, si el destino está en nuestras manos y si el azar juega un papel importante en nuestras vidas, los previsibles cierres de Burman (y este excesivo y edulcorado final aún más) rebajan la calidad y la profundidad de su cine, porque en la vida, como en el amor y en el celuloide, no siempre acaba todo bien, como ya decían los hermanos Coen en la cínica Un tipo serio. Así, esta frívola diversión del autor, resulta, cuando menos, desconcertante. 

A pesar de todo esto tengo que recalcar la jovial distracción que produce su última película. Si prescindimos de la habitual ironía y del halo de profundidad psicoanalítica con las que dotaba su obra previa y nos contentamos con un entretenimiento light típico del género y sin más pretensiones que la de pasar un rato entretenido, lo consigue, que no es poco. Pero si comparamos esta película con el conjunto de su carrera, resulta bastante floja e imperfecta porque, a pesar de tratar los mismos temas que en sus anteriores filmes, aquí están descritos de una manera superficial.