Una máscara a su servicio

Cuenta Paul Pope en el prólogo a su Batman en Berlín — incluido en el Batman: Año 100 (Planeta DeAgostini, 2008)— que, en cierta ocasión, Frank Miller le comentó: “Como personaje, Batman es un diamante irrompible. No importa la fuerza con que lo arrojes contra la pared: nunca se hará añicos”. Y es que tras más de 70 años y después de pasar por las más diversas manos —en cuanto a su cantidad y su calidad— en casi todos los formatos imaginables, Batman renace una y otra vez, adaptándose a modas y gustos personales. O, lo que es lo mismo, mimetizándose con el tiempo y la sociedad que en cada momento le toca vivir.

Christopher Nolan no sólo no ha tirado contra la pared a este personaje, sino que ha acometido un proceso de depuración, puliendo aquello que otros habían rallado con su manoseo. Pues quizás como ningún otro Batman —al menos en cuanto al audiovisual se refiere—, el suyo se identifica con todos aquellos aspectos oscuros que contiene su disfraz. Y es que si el hombre-murciélago se define por algo es por su relación con el que es el mejor plantel de villanos de la historia de los superhéroes, siendo su lucha al mismo tiempo una guerra contra ellos como, sin duda, contra sí mismo.

Si el cine de Nolan se reconoce a través de la investigación de los recovecos de la mente —y, más concretamente, de la construcción de la realidad a través de la manipulación de la memoria—, su Batman es el caballero más oscuro de los realizados hasta la fecha. Su trilogía ha dejado claro que, bajo la capucha con orejas puntiagudas, hay un ser atormentado por los recuerdos y el sentimiento de culpa, que se debate entre el bien y el cumplimento de la ley, dos elementos que no siempre van de la mano. Sus métodos expeditivos lo convierten en ese delincuente que muchos creen ver en él —empezando por las autoridades policiales, que lo persiguen como si de un vulgar criminal se tratase—, haciéndole cuestionarse no sólo sus objetivos dentro de la sociedad, sino incluso su propia existencia. El hecho de saber que al ponerse su disfraz hace surgir los aspectos más siniestros de su personalidad nos muestra a las claras que Batman no es el álter ego de Bruce Wayne, sino más bien su doppelgänger: un friki obsesionado con la instauración de un nuevo orden basado en su propio concepto del lema policial “proteger y servir”.

El cartel promocional de la película —seguramente uno de los mejores de los últimos años, dentro de un arte en franca dejadez— así nos lo anuncia: el personaje en pleno debate interno —rostro mirando al suelo, brazos agarrotados por la tensión, puños cerrados en claro síntoma de ira— sobre cuya cabeza se abre una aureola de caos y destrucción, con la icónica forma de aquella silueta que le define. Una representación espectral de su mente, de su locura, de aquella parte de sí mismo que ha acabado adueñándose de toda su personalidad. La dualidad parece haberse evaporado, y ya sólo queda la droga que, en forma de adrenalina, le aporta aquello que habita en lo más profundo de su ser y que no le permite escapar: la ciudad se abate sobre él como una prisión, configurando su propio Arkham Asylum, donde duerma la mona de su grandeza.

Porque el murciélago no sólo es el habitante de la noche, sino que, además, culturalmente está asociado al proceso de vampirización. Como bien apunta Víctor de la Torre, una mitad de Batman asimila aquellos aspectos que definen a sus contrincantes, a quienes se podría considerar como reflejos siniestros de su interior, materializaciones de sus pulsiones más profundas: la locura destructiva del Joker, las emociones congeladas de Mr. Frío, la dualidad de Dos Caras, la enigmática personalidad de Acertijo… En esta El caballero oscuro: La leyenda renace (The Dark Knight Rises, Christopher Nolan, 2012) el antagonista es Bane, un supervillano con el que comparte elementos referenciales: su nombre resulta ser un apócope de Bruce Wayne, las partes del rostro que uno se cubre son las que el otro muestra —forjando a través de la suma dos rostros: uno absolutamente tapado y otro totalmente descubierto—, ambos recluyen sus proyectos en el alcantarillado bajo la ciudad, etc. Lo que llevará a Batman, en un determinado momento, a equivocarse, entendiendo que ambos comparten el mismo traumático origen, la misma incómoda niñez, desarmando al héroe emocionalmente. Su espalda trinchada será la muestra de su espíritu quebradizo, de una voluntad que ha perdido su antaño férreo carácter, abordando a partir de entonces su rol de salvador con la menor cantidad posible de aditamentos. Su victoria no deberá pasar por enfrentarse al malvado con sus propias armas, sino con aquellas que definen la esencia del héroe que él mismo ha forjado: el desprendimiento, el altruismo, la entrega sin matices. En definitiva, el sacrificio personal.

Si hay algo que diferencia a esta entrega de su predecesora —amén de ser francamente inferior, fundamentalmente producto de sus excesos— es, precisamente, la actitud de protagonista y antagonista hacia aquellos que dicen liderar, pues en el tiempo que ha pasado entre ellas —los cuatro años que van del 2008 al 2012— han ocurrido cosas muy serias en el planeta. Si en El caballero oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan) el Joker aplicaba una terapia de terror indiscriminado a unos ciudadanos que despreciaba en su mediocridad —perpetuando la disciplina post-11S, máxima preocupación por aquel entonces—, aquí Bane manipula a los desencantados ciudadanos de un sistema imperfecto y repleto de excesos —corrupción, nepotismo, autoritarismo, sumisión al sistema financiero—, erigiéndose en líder de los descontentos —¿indignados?— como un visionario del apocalipsis. La destructiva venganza surge así como forma de purificación: un juicio sumarísimo a un orden impuesto que se alimenta de las debilidades ajenas.

Hay algo de atractivo en esta teoría política de Bane, en escarmentar al poder con la fuerza del pueblo oprimido. Sin embargo, no deja de ser un falso profeta. No hay relación con los desesperados amotinamientos en los países árabes, y sí mucho que ver con las gamberras revueltas acaecidas en el Londres natal de Nolan. Y es aquí donde Batman aprovecha los resquicios abiertos en el endeble discurso del malvado de turno, ofreciendo altruistamente a su creación, disponiendo su inmolación por el bien general, olvidando el desprecio con el que sus conciudadanos le han tratado.

Decía Enrique Pérez Romero a raíz de su análisis sobre la saga de Harry Potter que estamos necesitados de héroes. Hoy, quizás, más que nunca. Nolan responde a los temores del inconsciente colectivo de este 2012 —llámense éstos crisis económica mundial o profecías varias— a través del concepto del renacimiento y la reinvención. El precipicio se presenta ante nosotros, amenazándonos con la posibilidad de estrellarnos contra su fondo. Como el diamante al que hacía referencia Frank Miller, no sólo Batman parece irrompible, sino que todos y cada uno de nosotros nos deberíamos empezar a vestir con la capucha del superhéroe para salir de este atolladero, armándonos con la dureza necesaria. Sin falsas promesas y con la certeza de que los demás también merecen la pena.