Escurrir el bulto

Cuando vi por primera vez un trailer de El pacto pensé que, probablemente, sus responsables habían cogido la buena idea base de ese bluff del cómic que resultó 100 balas (100 Bullets, Brian Azzarello y Eduardo Risso, 1999-2009, Vertigo/DC) y, con algo de suerte, la habrían despojado de toda la paja y giros improvisados que evidenciaban como Azzarello se había encontrado con un éxito sorpresa sin tener un plan determinado o la capacidad para improvisar un buen desarrollo (exacto, como J.J. Abrams). Sigo pensando que algo de eso hay, especialmente en lo relacionado con las pintas del personaje interpretado por Guy Pearce en la película, posible sobrino del agente Graves de Azzarello y Risso, o en algunas características de la organización justiciera que dirige. Aunque también es pertinente pensar que los guionistas Todd Hickey y Robert Tannen beban de la tradición cinematográfica del ojo por ojo, descafeinando en concreto los aromas de la dura y muy entretenida Vigilante (William Lustig, 1983).

Finalmente, la trama revanchista es la nada exprimida excusa para desplegar una nueva muestra de otro lugar común del cine de Hollywood: el falso culpable. Y en ese terreno el australiano Roger Donaldson ya había dado lo mejor de sí mismo en la notable No hay salida (No Way Out, 1987) o, en cierta medida, en su extraño y tosco debut, la hoy de muy oportuna revisión Perros de presa (Sleeping Dogs, 1977). Realizador todo-terreno y bien solvente, de impersonal puesta en escena, Donaldson tiene sus mejores obras entre aquellas cuyos guiones son más aprovechables. No es el caso de la que nos ocupa, cargada de ideas interesantes pero sin incidencia. Aquí lo que prima no es reflexionar sobre el choque entre el natural instinto de venganza y la cobardía que nos lleva a buscar justicia en manos de terceros, en una especie de sórdido juego del tú la llevas, sino ver a Nicolas Cage haciendo el George Kaplan. Por fortuna, ese oficio que le otorgábamos anteriormente a Donaldson logra que el asunto discurra de forma amena, resolviendo de forma efectiva las secuencias de acción y dotando al conjunto del ritmo adecuado.

Más decepcionante es ver a un Nicolas Cage tan escasamente Nicolas Cage. El protagonista de Corazón salvaje (Wild at Heart, David Lynch, 1990) es un intérprete que funciona a base de exceso, para lo bueno y para lo malo, en sus papeles más serios y en los más delirantes. Aquí parece trabajar con el piloto automático puesto, levantando la sospecha de que haya firmado el contrato pensando sólo en el cheque que le permita seguir a flote. Y hablando de flotar y de los problemas materiales de Cage, la localización de la trama en Nueva Orleans es uno de los pocos apuntes del film que nos acercan a otro de los atractivos de los films protagonizados por el actor con apellido de héroe de alquiler: las inquietudes personales, normalmente puro dislate, que introduce en los guiones. Quizá eso, más la elección del púrpura como color favorito de su personaje y el inicio del clímax en una exhibición de monster trucks, sean la paupérrima aportación de Nic al libreto. Creo que hace unos años lo vi en un cercanías Barcelona-Castelldefels. Si volvemos a coincidir le interrogaré al respecto.