La encrucijada creativa de Pixar

La reputación de Pixar entre crítica y público siempre se ha basado en su sabiduría a la hora de poner la tecnología al servicio de la narración. Así, la mayor virtud de la empresa estadounidense ha residido en su vocación de producir historias atemporales y potenciar sus elementos dramáticos. En este sentido, Pixar alcanzó su cumbre con Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), una secuela que aportaba la que tal vez sea una de las premisas más difíciles de acomodar dentro del ámbito comercial: la sensación del paso del tiempo sobre una franquicia construida alrededor de las primeras etapas de la vida, es decir, la infancia y la adolescencia. Como si se tratase de una panorámica sobre nuestra juventud, Toy Story nos hacía sentir integrantes de una historia que, después de quince años de narración, también formaba parte de nosotros. En su jugada maestra, Pixar consiguió profundizar en el sentimiento más valioso que puede transmitir el cine: ofrecernos la posibilidad de seguir y sentir como familiar una determinada forma de entender el mundo.

Tras el estreno de Cars 2 (John Lasseter y Brad Lewis, 2011), la duda en torno a las decisiones artísticas de la empresa sacudió su estatus —como siempre, exagerado— de cuna del arte ajena a la sobreproducción de secuelas y desinteresada en esa otra veta narrativa más posmoderna e irónica. Sin embargo, la discreta recepción de Cars 2 debería ayudarnos a entender si Pixar ha sucumbido, precisamente, ante aquello que promovió como máxima: la exigencia de un mayor riesgo creativo y de experimentación. Vista en perspectiva, esta continuación del universo de Cars (John Lasseter y Joe Ranft, 2005) cambiaba la singular oda al americana del filme original por una comedia endiabladamente divertida. El drama y el estudio de personajes perdían relieve en favor del hiperdetallismo técnico desarrollado por su animación. Pero, también, de un convencionalismo que parecía asociarla a la titubeante política animada de Disney, con la que mantiene una completa relación creativa y empresarial, en esta primera década del siglo.

A su manera, Pixar se ha posicionado en una aparente encrucijada creativa similar a la que, en algún momento de sus carreras, experimentaron cineastas como Spielberg, Shyamalan o de Palma. Con su legado cinematográfico intacto, sus películas más recientes cuestionan la posibilidad de continuar por esa misma senda mientras apuntan nuevos caminos. Si hasta cierto punto Up (Pete Docter y Bob Peterson, 2009) fue una de sus propuestas más radicales, al hacer de un anciano el eje de su historia, Brave (Mark Andrews y Brenda Chapman, 2012) describe la necesidad de asumir una etapa artística diferente. Tras su asociación con Disney, la empresa capitaneada por John Lasseter ha vivido uno de sus mayores reveses con el fracaso de John Carter, un filme que apostaba por reformular la mitología del blockbuster clásico acudiendo a sus fuentes literarias —aquellas que fueron saqueadas e integradas con mano maestra por el cine espectacular que abrió brecha a finales de los 70’. Sin embargo, el aspecto más interesante de esa asociación, que tiene a Brave en el foco, es si Pixar está asimilando su estilo al de Disney, y no a la inversa. También si Disney está elaborando una línea creativa de futuro o, en cambio, acabará embalsamada en sus titubeos. Dos caminos que manifiestan la incertidumbre y los retos de la animación popular contemporánea.

Brave arranca en un territorio familiar, un pequeño episodio de la infancia de su protagonista, Merida, que planta las bases del relato. Mientras sus padres, Fergus y Elinor, describen con sencillez sus papeles —él, guerrero empeñado en inscribir su leyenda a partir de sus combates; ella, reina vigilante de que las tradiciones se mantengan, porque solidifican nuestra razón de ser—, Merida se pierde bosque adentro persiguiendo la estela azulada de unos fuegos fatuos. Tras los fuegos se esconde la sombra de un oso, Mor’du, cuyo posterior encontronazo con Fergus alimentará esa tradición que poseen los viejos relatos: el padre quedará mutilado, a causa del ataque, pero su gesta alimentará un pequeño mito (el día en que peleé con Mor’du); la madre se encargará de velar por la continuidad de las tradiciones; y una Merida ya adolescente se sentirá atrapada en los conflictos que implica la tradición. Cada vez que queremos ser —y decidir por— nosotros mismos, nos encontramos con unas normas y pautas familiares que obstruyen esa voluntad.

Hasta aquí, Brave sigue de cerca los postulados habituales de las producciones Disney. Sin embargo, el filme de Andrews y Chapman parece más interesado en situarse en una óptica cercana a la de la excelente Tiana y el sapo (The Princess and the Frog, Ron Clements y John Musker, 2009). Ambas películas se preocupan por llevar unos pasos más allá el arquetipo de princesas construido por Disney. Así, Tiana y el sapo mostraba a una princesa de clase modesta en la que el cuento de hadas —y, con él, la fantasía— se transformaba en una oportunidad real: alcanzar su sueño de abrir un restaurante. Atrás quedan los palacios de Disney, afectados por la nostalgia del pasado, en los que sus princesas ya no pueden habitar. La fantasía, de repente, se construye sobre la promesa de una realidad en la que ya no es necesaria. En Brave sucede algo parecido: toda la película desarticula el sentido de la fantasía más tradicional. La bruja pierde su rostro siniestro, el oso esconde una patética tragedia humana y, a cada instante, el drama materno-filial absorbe todo el interés del filme.

En esa lucha entre los viejos y los nuevos valores, Brave constituye un interesante punto de encuentro entre Pixar y Disney, tal vez el filme que mejor hibrida la idiosincrasia de ambas compañías. Lo bonito de filme es que, aun con sus defectos —en especial, su temor a profundizar en los elementos más dramáticos de la historia—, representa esa encrucijada creativa en el cuerpo de su protagonista. Las imágenes de los prados escoceses bailan alrededor de Merida, exaltan la necesidad de vivir nuestras propias aventuras, forjar nuestros propios mitos, lejos de la tutela paterna. Pero, al mismo tiempo, dibujan esa ternura maternal —el tapiz bordado que representa el principal mito del relato: la familia—, que todavía albergamos en nuestro interior y dificulta dar ese primer paso en una dirección diferente. Así, Brave podría ser una historia de iniciación a la vida en la que todavía no sabemos cómo despegarnos de la tradición familiar para salir al mundo y encontrar la nuestra. Junto a  Tiana y el sapo y, en una visión más paródica, Enredados, la última producción de Pixar regresa sobre una de sus reflexiones preferidas: cuando el legado, la herencia —los juguetes de Andy en Toy Story, la casa de Carl en Up o el discurso crítico de Anton Ego en Ratatouille (Brad Bird, 2006)— tiene que cambiar de manos y dejar espacio para las experiencias que están por venir. Tal vez por eso, Brave sacrifica los aspectos más complejos (el desenlace de la transformación materna y, en especial, la tétrica historia que rodea a Mor’du) para incidir en la necesidad de que las viejas mitologías cuajen en unas actuales. Por ello, el delicado retrato entre madre e hija, que a ratos contiene algunos de los mejores detalles de Pixar, expresa las dificultades que tenemos para escribir un nuevo capítulo de nuestra historia.

En Free Will Hunting, uno de los mejores episodios de la séptima temporada de Futurama (Matt Groening y David X. Cohen, 1999-), el robot Bender reflexiona, a partir de unas situaciones progresivamente más descacharrantes, sobre la (no) influencia del libre albedrío en su diseño. Esa reflexión es común a Brave, en tanto que su centro de gravedad se halla en la pugna entre madre e hija por mantener o perder de vista definitivamente una serie de pautas y normas que han configurado su manera de ser. Hay algo hermoso en ese conflicto por el que pasamos en algún momento de nuestras vidas. Por un momento, todos nuestros posibles futuros se despliegan como las raíces de un árbol sobre la tierra. Un momento, sí, que se evapora con la misma velocidad que los fuegos fatuos o las vidas posibles de Bender. Pero un momento, también, que inyecta en el filme el deseo salvaje de vivir por uno mismo. Indomable. 

  • Corcholis

    Muy buena visión. Me ha gustado mucho tu crítica, gracias.