The Boys are Back in Town

Hace un par de años el perro viejo de Sylvester Stallone llevó al cine de acción el concepto de las superbandas del rock. Sus mercenarios serían como los Travelling Wilburys o los Highwaymen del plomo, la hostia y el apuñalamiento. El invento cuajó no tanto por el esperado homenaje a un reciente pasado como por su solvencia en cuanto entrega de acción y aventura. De hecho, en el grupo encabezado por Sly la otra figura pretérita era Dolph Lundgren, mientras Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis se conformaban con un cameo y Eric Roberts y Gary Daniels participaban en unos roles, de archivillano y su esbirro, más corrientes para las viejas glorias. Con la participación de actuales estrellas del género, como Jason Statham, Jet Li, Randy Couture, el dudoso Terry Crews o Steve Austin, se cultivaba en definitiva la tradición del men on a mission, no tan cerca de las angulares Los cañones de Navarone (The Guns of Navarone, J. Lee Thompson, 1961) o Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, Robert Aldrich, 1967) como de muestras menos prestigiosas pero de tanto o mayor poder de fascinación: El último tren a Katanga (The Mercenaries, Jack Cardiff, 1968), Patos salvajes (The Wild Geese, Andrew W. McLaglen, Los perros de la guerra (The Dogs of War, John Irvin, 1980) o Les loups entre eux (José Giovanni, 1985).

En este segundo episodio de las aventuras de los expendables se ajusta finalmente esa loa a la acción ochentera. Arnie y Willis se suman definitivamente al grupo, Jean-Claude Van Damme toma el relevo como villano y Chuck Norris nos ofrece fantasmagóricas e icónicas apariciones que lo colocan a la altura de Elvis, El Duque o Bruce Lee. El concepto de posmodernismo queda desterrado, incluso pese al humor desmitificador y crepuscular que invade el metraje, cuando tenemos a unos tipos que llevan casi cuarenta años haciendo lo que mejor saben. El descuartizamiento por hélice y la lucha con cadenas en ambientes neblinosos son algunas de sus habilidades. Nada como los clásicos.

La película tiene hechuras de spaguetti-western, más reseñables en su devenir argumental que en los guiños directos a Ennio Morricone relacionados con el personaje de Norris, un tipo que protagonizó un spaghetti en plenos años 80: McQuade, el lobo solitario (Lone Wolf McQuade, Steve Carver, 1983). Stallone por su parte incide en uno de sus roles favoritos desde los tiempos de Rocky V (John G. Avildsen, 1990), el de maestro. En esta ocasión, parece retomar lo trabajado en John Rambo (Rambo, Sylvester Stallone, 2008) con el personaje que en aquélla interpretara Matthew Marsden. Y en ese sentido no chirría tanto como en un principio parecía la inclusión del flojeras de Liam Hemsworth en este nuevo film.

Pero Los mercenarios 2 es ante todo una película de acción y el movimiento se demuestra andando. El mejor prólogo visto en años en una sala de cine y un clímax final a la altura, con algún momento de lucimiento personal para Jet Li y, especialmente, para Jason Statham. Su pelea contra el secuaz Scott Adkins es de antología y no llega a superar a la disputada por Sly y Van Damme por la carga épica de esta última. Una obra que se reivindica a si misma en cada disparo, puñetazo, puñalada y frase lapidaria.